lunes, 16 de enero de 2023

Los Desorientados, Amin Maalouf

Amin Maalouf: «En el mundo árabe ha faltado un siglo de las luces» 

No vengo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy el hijo del camino... todas las lenguas y todas las oraciones me pertenecen. Pero no pertenezco a ninguno de ellos

Amin Maalouf

 

Amin Maalouf, (Beirut, 25 de febrero de 1949): escritor libanés de lengua francesa, cuya trayectoria como narrador y ensayista ha sido reconocida con numerosos premios. Entre ellos el Príncipe de Asturias de las letras en 2010, el premio Maison de Presse por su novela Samarcanda, y el premio Goncourt por La roca de Tanios en 1993.

 

Aunque nació en Beirut, en el seno de una familia árabe católica, los primeros años de su infancia los pasó en Egipto, país donde vivía su abuelo materno. Su padre fue un periodista conocido en Líbano, además de poeta y pintor.

 

Amin Maalouf estudió primaria en su ciudad natal en un colegio francés de jesuitas (su madre era católica y francófona).

 

Cuando estudiaba sociología y economía política en la universidad, Amin Maalouf conoció a Andrée, con quien se casaría en 1971. Poco después comenzó a trabajar como periodista (siguiendo la tradición familiar) para el principal diario libanés, An Nahar, como corresponsal internacional. Fue enviado especial en zonas problemáticas como Vietnam y Etiopía, y también estuvo en Bangladesh, India, Somalia, Kenya, Yemen y Argelia. Al estallar la guerra civil en Líbano en 1975,  Maalouf decidió abandonar su patria, y exiliarse a Francia, donde vive actualmente.

 

En 1985 se comenzó a dedicar plenamente a la literatura. Sus libros han sido traducidos a numerosos idiomas. Su narrativa, con el telón de fondo del Mediterráneo, constituye una exaltación de la diversidad, una reflexión constante sobre la condición extranjera de todos los seres humanos, y un intento por recuperar el maltrecho diálogo entre Oriente y Occidente,  mezcla la realidad histórica con la ficción, y aspectos de dos culturas diversas como la occidental y la oriental. 

 

En 2004, publicó un notable libro de memorias: Orígenes.

 

Además de novela y ensayo, Maalouf ha escrito libretos de ópera, especialmente con la compositora finlandesa Kaija Saariaho, con quien ha obtenido gran éxito tanto de crítica como de público.

 

El 23 de junio de 2011 fue elegido miembro de la Academia Francesa en la silla 29, que antes ocupó, hasta su muerte en 2009, Claude Lévi-Strauss.

 

 

 "Es interesante contar la historia desde el lado de los perdedores"

 

MARTES, 19 DE AGOSTO DE 2014  Javier Albisu EFE / Diario Sirio-Libanés

Amin Maalouf, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, es un "optimista inquieto" al que le interesa "contar la historia desde el lado de los perdedores" con el convencimiento de que la realidad no es inmutable y de que basta con imaginar el mundo de otra manera para reinventarlo.

 

"Intento comprender la realidad sinceramente, sin ponerme orejeras para escuchar sólo lo que quiero oír. Una vez que hago el diagnóstico me digo que la realidad no es inmutable y que hay que transformarla, imaginar el mundo de otra manera y eventualmente reinventarlo", explica el literato en una entrevista con EFE.

 

Es el optimismo de un artista marcado por la guerra, que le llevó a cambiar su Beirut natal (1949) por París, ciudad en la que se instaló en 1976 y donde trabajó como corresponsal para la prensa árabe hasta que el periodista fue dejando paso al escritor en el que se ha convertido.

 

"Para mí trabajar es escribir, desde que era niño. Vengo de un entorno en el que se escribía", dice Maalouf en el salón de su casa, en un clásico apartamento de un barrio residencial parisino, impregnado de olor a incienso y alfombras árabes, un soñador, que nunca para de "construir historias".

 

"A veces es incluso peligroso porque cuando empecé a conducir, podía perderme tanto en mis pensamientos que provocaba accidentes", recuerda Maalouf, autor de "León, el africano" o "Samarkanda".

 

Con el tiempo ha aprendido a contenerse. Si le surge una idea al volante, la vuelca en la pequeña libreta que lleva en el bolsillo y luego la transcribe con su computadora.

 

Escribe temprano, cuando se siente más lúcido. A veces en su despacho, donde duerme enroscado un enorme gato al que Maalouf llama su "mejor asistente literario". Otras veces, encerrado en la casa que tiene en una pequeña isla al oeste de Francia, se levanta al amanecer y teclea hasta el mediodía. Luego pasea o se entretiene en lecturas que no tengan nada que ver con su proceso creativo. En su cabeza siempre está presente el convulso mundo en el que vive y que le lleva a centrarse en sus textos para buscar soluciones, dice un artista influenciado Leon Tolstoi, Thomas Mann, Stefan Zweig, Cicerón o Mark Twain.

 

Reflexivo y buen conversador, cree que "si hubiera mucha gente de buena voluntad, que intentase hablarse y comprenderse y no permanecer encerrados en una visión estrecha, las cosas irían mejor". La literatura "puede ser una herramienta de paz porque puede imaginar un mundo diferente. Tenemos que reinventar el mundo. La literatura tiene la obligación de hacerlo, en todas las lenguas", asegura alguien que cree plenamente en que conocer la cultura y la literatura de otros pueblos allana el camino para la convivencia.

 

"Podemos imaginar perfectamente una solución donde todos los pueblos de la región, los israelíes, los palestinos y los de alrededor sean ganadores. Todo el mundo puede ser ganador, tener paz, prosperidad, seguridad...mucha gente cree en ello", asegura.

 

Así se expresa alguien que entiende que el mundo se "ha ido envenenando" en décadas de un conflicto que exacerba la tensión en el mundo, pero que cree que la paz es posible.

 

"Si me hubiera hecho esa pregunta hace dos años, le habría dicho que no. Si me pregunta dentro de dos años, quizá le diga que tampoco. Hoy tengo el sentimiento de que hay una perspectiva. No me atrevo a decir cuál es el porcentaje de posibilidades que le daría a la paz, pero es posible", afirma.

 

"Vivimos en un mundo en el que la gente se acuchilla sin conocerse. Necesitamos conocernos mucho más. Cuando conocemos la literatura de otros, no podemos seguir mirando a ese pueblo de la misma manera", reflexiona un escritor que creció en un entorno árabe-musulmán y que se educó en un colegio jesuita donde aprendió francés, el idioma en el que escribe.

 

Habla la voz de la experiencia de un apasionado por la historia que viene de una región "que ha conocido grandes momentos de gloria pero que actualmente atraviesa momentos difíciles".

 

La historia "nos da a la vez ejemplos de tolerancia y de intolerancia. Podemos encontrar ejemplos que nos muestran que la gente no puede vivir conjuntamente. Pero podemos encontrar ejemplos de lo contrario", analiza Maalouf, un pensador que en el diagnóstico intenta ser realista, pero optimista en la práctica.

 

"Cuando se trata de buscar soluciones, intento ser imaginativo", asegura.

 

MAALOUF Y LA NOSTALGIA DEL PORVENIR

 El escritor regresa a la ficción con la novela 'Los desorientados' Habla del creciente sectarismo en el mundo árabe Disecciona los males de un tiempo en el que el futuro parece cosa del pasado

 JAVIER VALENZUELA  Madrid - 23 OCT 2012  Europapress

 Amin Maalouf, que está en Madrid presentando Los desorientados (Editorial Alianza), su última novela, sigue con preocupación las noticias de Líbano, su país natal. “¿Qué es lo último?”, pregunta nada más estrecharnos la mano en un despacho de la Casa Árabe. “Parece que se multiplican los llamamientos a la calma, que ninguna de las partes quiere lanzarse a un conflicto incontrolable”, le respondo. Y añado: “Por el momento”. Maalouf carraspea —anda acatarrado— y dice: “Sí, cada vez va a resultar más difícil aislar a Líbano del conflicto sirio, los riesgos de extensión son enormes y crecientes”.

 El escritor está manifiestamente entristecido. Por lo que ahora ocurre en Líbano y por lo que ocurre en los últimos años en Europa y en todo el mundo. Y eso también se nota en Los desorientados. Maalouf cuenta en esa novela una historia que podría ser la suya: la del regreso a su país natal de Adam, alguien que lleva cinco lustros fuera, la del reencuentro de Adam con sus amigos de juventud y la evocación común de todas las cosas que se han perdido y todas las traiciones que se han cometido, la de la constatación de que todas las existencias solo son un exilio.

Estoy en contra del multiculturalismo en el que cada cual vive en su gueto

 Al final de la novela se dice que la vida de Adam está “en suspensión, como su país, como este planeta, como todos nosotros”. Sí, el mundo está en suspensión y se extiende el sentimiento de que va a terminar cayendo del lado malo. Por primera vez en su existencia, la generación de Maalouf, la que nació en mitad del siglo XX, tiene la impresión de que podría vivir los horrores que padecieron sus padres.

 “Me acuerdo con frecuencia de Stefan Zweig, que, dada la evolución de la Europa de su tiempo, llegó a la conclusión de que aquel mundo ya no era el suyo”, dice Maalouf. “Sentía que ya no había ninguna escapatoria, así que terminó suicidándose tras un acontecimiento que hoy nos parece muy secundario: la caída de Singapur, en 1942. Ahora muchos compartimos el sentimiento de que no hay luz al final del túnel, pero la hay, aunque no la veamos. Ahora bien, ¿es posible que tengamos que vivir años de locura y de violencia antes de llegar a la sabiduría? Es posible. Hizo falta el horror de los años treinta y la II Guerra Mundial para que Europa dijera ‘basta’. Puede que el destino de la humanidad sea tener que estrellarse contra el muro para sentir así su dureza y buscar otra salida”.

 En 2010 Amin Maalouf firmó una petición para que el Príncipe de Asturias de la Concordia les fuera concedido a los moriscos expulsados de su tierra en los siglos<TH>XVI y XVII. No lo consiguió, pero él recibió ese año el Príncipe de Asturias de las Letras. Nacido en Beirut en 1949, instalado en Francia para escapar de las guerras que desangraron Líbano en los años setenta y ochenta, escritor en la lengua de Molière, ganador del Goncourt en 1993 y miembro de la Academia Francesa desde el pasado verano, sus ensayos y novelas siempre han sido coherentes en la defensa del mestizaje en democracia, de la asunción de las muchas identidades con las que cargamos la mayoría.

 Su primer gran éxito, la novela León el Africano, versa sobre un granadino, Hasan ben Muhamad al Wazzan, que tuvo que abandonar su ciudad porque allí se imponía a sangre y fuego la voluntad uniformadora de los Reyes Católicos y su Inquisición. Cinco siglos después, las cosas no son tan diferentes. Resurgen aquí y allá los fundamentalismos religiosos y nacionales, y se desvanecen las esperanzas en que el mundo acepte a individuos como Maalouf, a la vez libanés y francófono, de origen grecocatólico y defensor de los valores laicos y democráticos, árabe y europeísta, mediterráneo y ciudadano del mundo.

 “Vivir juntos es cada vez más difícil”, suspira. “En el mundo árabe, la situación de las minorías es cada vez más precaria y hay una polarización comunitaria, como la que opone a chiíes y suníes, que no se conocía desde hace siglos. Y en Europa aumenta la impaciencia respecto a los musulmanes. Lo vemos incluso en sociedades con una gran tradición de apertura como Dinamarca y Holanda, que se están convirtiendo en tensas y desconfiadas. Esos dos movimientos se alimentan mutuamente, y la gente como yo se siente cada vez más inquieta, por no decir desesperada”.

 Respira hondo y prosigue: “Pero no me rindo. Vivir juntos es algo muy complicado, que necesita ser gestionado con sutileza, lucidez y perseverancia. No es algo que se produzca espontáneamente, ni algo que quede solucionado de una vez por todas. Pero es indispensable para evitar esa pesadilla hacia la que nos dirigimos”.

 —Quizá ya estemos ahí, en esa pesadilla —le digo—. Además del ascenso del espíritu de tribu, sufrimos la ley de la jungla en las relaciones económicas y sociales.

—Sí, las sociedades europeas viven una profunda crisis ligada al retroceso de los valores de solidaridad y bien común. Gestionar la coexistencia de gente que viene de culturas diferentes, es explosivo. Pero debemos hacerlo.

—¿Cómo?

—Lo primero es saber en qué condiciones vivimos juntos, qué es lo permisible y qué no lo es. El hecho de aceptar los otros no quiere decir aceptar cualquier cosa. Yo no estoy a favor del multiculturalismo entendido como que cada cual viva en su gueto y a su manera, estoy a favor de la integración. A favor del respeto de la dignidad del ser humano y del progreso social, no del respeto de las tradiciones. Europa debe dirigirse a los ciudadanos, no organizar las relaciones entre las tribus.

 En Los desorientados, hay un momento en el que alguien dice: “El país del que tengo nostalgia no es el pasado, es el porvenir”. Maalouf cree que su generación tiene razones para la nostalgia. “Se es nostálgico de todos los sueños que se han tenido y no se han realizado”, dice. “Y hay ideales indispensables que nosotros hemos tenido y ahora son rechazados: los de solidaridad y de igualdad.

 Estamos en un mundo donde la desigualdad es promocionada como una forma de modernidad. Aún estamos en la resaca de la debacle del comunismo: se continúa considerando que todos los valores que fueron predicados, y luego travestidos, por la experiencia comunista deben ser invertidos. Esa es una receta para la destrucción del tejido social. Haría falta que el péndulo volviera al centro: ha ido de un extremo a otro y debería volver al centro”.

  


 

martes, 8 de noviembre de 2022

Una Historia Ridícula, Luis Landero

 

'Una historia ridícula': relato quijotesco del fracaso

Luis Landero se lanza en su nueva novela a tumba abierta por la pendiente de contar un lance tan raro que resulta estrafalario

26 marzo, 2022 03:45

Luis Landero (Alburquerque, 1948) ha forjado desde los inicios de su obra un tipo de personaje del todo suyo, alguien que afronta la vida impulsado por un "afán" quimérico. En sus fábulas, una cervantina mirada de piedad emocional y moral redime el fracaso del protagonista. Dio, sin embargo, un fuerte giro a esa postura en su última novela, Lluvia fina, que se saldaba con una visión del mundo sombría. Ese apurar el fondo negativo de nuestra naturaleza debió de dejarle fatigado y se tomó unas vacaciones en su siguiente libro, El huerto de Emerson, aunque esta mezcla de recuerdos y reflexiones literarias tenga el interés esperable en un escritor siempre valioso. Digo, emulando a Umbral, lo de vacaciones porque tras este reposo del guerrero vuelve con brío a su mundo de seres atribulados en Una historia ridícula. Aquí, sin reparar en medios para cromar con humor la tragedia, se lanza a tumba abierta por la pendiente de contar un lance tan raro que resulta estrafalario.

En su núcleo fundamental, Una historia ridícula refiere una historia de amor imposible por las diferencias entre los amantes, personas muy desiguales. Él, Marcial, encarna a un farsante, simple matarife aupado a jefe de planta en un matadero industrial, que presume de autodidacta y se envanece de sus cualidades (originales ideas filosóficas, oratoria virtuosa y riqueza léxica). Ella, Pepita, pertenece a una clase superior y se mueve en un medio refinado. Marcial despliega las artes de la seducción y los engañosos vínculos establecidos con Pepita desembocan en la dramática mascarada previsible.

La escueta y esperpéntica peripecia sentimental se enmarca en un informe que Marcial envía a quien se lo ha exigido, un doctor Gómez, equivalente obvio al "vuesa merced" del Lazarillo, y con el que también interpela a los lectores del libro. El recurso clásico permite que varios asuntos se enhebren en el principal y la estrafalaria aventura se amplía para cobijar otros motivos. De forma destacada dos, la etiología del odio y la venganza. La mente trastornada del personaje justifica las opiniones extremas que sostiene acerca de estos impulsos –por ejemplo, que producen placer supremo–, pero debajo late una inquietante reflexión sobre nuestra naturaleza. La tendencia a las digresiones de Marcial facilita más observaciones, literarias y sociales, que conforman una madeja de propuestas bien controlada por un narrador que saca partido al juego de ir y venir entre los diversos sucesos de su patética confesión.

Avanza la historia con un nutrido arsenal de "filosofías" y mantiene viva la atención del lector con insistentes anuncios que añaden suspense acerca de un acontecimiento catastrófico. Todo ello se va mostrando de manera inseparable de una permanente cualidad de Landero, su gusto por contar historias, sin temor a referir desvaríos y tensar la cuerda de la verosimilitud ni a que su relato resulte un intencionado engendro. Pero siempre se vuelve a la realidad corriente. El difícil equilibrio entre lo común y el disparate tiene correspondencia simétrica en el juego de pensamientos sabios y estrambóticos de Marcial.

La peripecia concluye en una escena por entero quijotesca. Marcial diserta ante el auditorio expectante no de una venta o un palacio sino de una sofisticada tertulia familiar. La confrontación con los malintencionados oyentes finaliza en tragedia grotesca. Héroe alucinado, asume el fracaso de su impostura. Pero Landero no lo zahiere del todo. Escritor moral, invita a la compasión en esta turbadora historia con la cual añade un nuevo jalón a su peculiar cartografía de desazones del alma.

fuente: El Cultural

 

Luis Landero: "Cuando no te aman de pequeño difícilmente aprendes a amar de mayor"

El libro del día

El escritor publica 'Una historia ridícula', una novela repleta de humor e ironía con un protagonista matarife, filósofo y poeta que narra su historia en primera persona

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El escritor Luis Landero en su casa de Madrid 

Dani Duch / Propias

"No creo pecar de orgullo, como demostraré a lo largo de mi exposición, si comienzo diciendo que soy un hombre con ciertas cualidades. Quizá no resulte especialmente apuesto y llamativo, pero sí educado, discreto, concienzudo, culto y buen conversador. Todos cuantos me conocen saben, o deberían saber, de mi honradez y rectitud. En otros tiempos tuve un buen puesto de trabajo y un piso en propiedad. ¿Mi visión del mundo y de la vida? Trágica y trascendente. ¿Mi historia? De amor, de odio, de venganzas, de burlas y de ofensas. Me llamo Marcial Pérez Armel, resido en Madrid, y tengo en muy alta estima el viejo concepto del honor".

Así arranca Una historia ridícula (Tusquets), la nueva novela de Luis Landero (Alburquerque, 1948), el autor de la celebrada y premiada Juegos de la edad tardía. Una novela en primera persona repleta de ironía y humor incluso en la tragedia protagonizada por un hombre  "sin estudios superiores", aunque, como él diría, "sobre este asunto de los estudios, habría mucho que hablar" y que, cuenta, "antes que letras o ciencias, opté por la formación profesional", y tiene también "en estos tiempos ridículos que vivimos, mi propia filosofía de la vida y del mundo".

El protagonista se hace entrevistas a sí mismo y siente que ha sufrido más ofensas que casi todo el mundo

Un hombre que, afirma, "nunca hablo en vano", que a veces hace "disertaciones sobre un tema cualquiera, solo por el gusto de oírme disertar, o me hago entrevistas a mí mismo, como si fuese famoso, un filósofo, un científico, un explorador, un deportista o incluso un asesino a sueldo, y sé responder con prontitud y hondura a todas mis preguntas, por enrevesadas o maliciosas que sean". Y que siente que ha sufrido "más ofensas que casi todo el mundo" y no las olvida, y que añade que "también he odiado mucho, pero siempre en silencio y muy de puertas para adentro: ¿Quién no ha afilado su cuchillo en las sombras?".

Un  hombre que cree que tiene un poder destructivo sobrenatural, que se define como matarife, filósofo y poeta -trabaja en un gran matadero industrial, donde llegó a jefe de planta- y al que el doctor Gómez, "ahora que está tan de moda la narración confesional", anima a contar en este libro nada menos que "la historia de mi vida a la vez que un ensayo sobre mí mismo". Y es sobre todo una historia de amor, la de su enamoramiento de Pepita, una mujer de clase muy superior, antes de la cual tenía "una vida desencantada y feliz". Todo narrado a partir de su única mirada en una historia delirante hasta el fin.

"Marcial es el que ha escrito esta novela, es el autor, y lo digo en serio, me he dejado llevar por su voz y su manera de ser"

"Una vez que escribí la novela pensé que parecía un personaje cómico de Thomas Bernhard", sonríe Landero, que explica que para él "Marcial es un resentido, un tío que viene de la infancia fuerte, porque tiene un nombre que está por encima de él. Le han puteado mucho en la infancia y llega a la edad adulta ya chamuscado y con ganas de ajustar cuentas y sin fiarse de nadie. Y sin saber amar porque cuando no te aman de pequeño difícilmente aprendes a amar de mayor. Es un resentido con causa". Y luego, asegura Landero, "para mí Marcial es el que ha escrito esta novela, es el autor, y lo digo en serio, me he dejado llevar por su voz y su manera de ser, que no tiene nada que ver con la mía".

"Me he puesto a su servicio, he sido un amanuense, ha sido la sensación que he tenido escribiendo esta novela", remarca Landero. ¿Una posesión? "No, más bien es un guiñol, ha sido la fuerza de su voz y su manera de ser, esta manera un poco engolada de hablar, un poco importanciosa, pero a la vez un poco ridícula. Extravagante pero a la vez un poco sabio. He conocido a muchos, gente a medio formar", aclara el escritor extremeño, que comenzó como guitarrista flamenco antes de lanzarse a la filología y, pasados los cuarenta, a la escritura, arrasando entre el público y la crítica.

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Y razona que Marcial "es también un desclasado social y cultural y está fascinado con un mundo que es como para el gran Gatsby era el mundo de Daisy, el mundo de la elegancia, la distinción, la belleza, la cultura. De esa especie de aristocracia de espíritu, que es lo que él ve en Pepita, que no se llama Pepita sino Marisé o Marijó y a él le ofrecen las migajas del nombre, como un mendigo le tiran el nombre de Pepita. Es un hombre herido en su dignidad que intenta sobrevivir y un desclasado que intenta ascender y conquistar una mujer que no es para él y entrar en un mundo que le está vedado". 

"Kafka nos ha enseñado hasta qué punto las minucias cotidianas pueden convertirse en pesadillas y marcar nuestra condición existencial"

Pero sobre todo, asegura, "para mí Una historia ridícula es un libro gracioso, cómico, me he reído mucho escribiéndolo, aparte de lo que pueda haber en él de trágico, dramático. Porque en Marcial hay un desnivel enorme entre su forma de hablar, habla desde las alturas, y lo que él hace: todo acaba al servicio de actos ridículos, pequeños, como los actores cómicos de cine mudo que iban a llevar una flor a la amada y de repente resbalaban con la cáscara de un plátano, se caían, se enredaban en las minucias de la realidad a pesar de que intentaban transcender".

Y, recuerda, "el maestro de todo eso es Kafka, el que nos ha enseñado a todos hasta qué punto las minucias cotidianas pueden convertirse en pesadillas y marcar nuestra condición existencial, hasta qué punto somos ridículos. Kafka ha sido para mí muy importante, no es que esté mucho en este libro, pero en el fondo sí está".

"No me he planteado la psicología de este personaje, ni sabría hacerlo, me he limitado a contar su historia, a hacerlo hablar"

Paradójicamente, Landero apunta que su protagonista "lo que menos soporta en la vida es quedar en ridículo, hay en él un afán de reivindicarse, piensa que se burlan de él, que incluso los lectores del libro que escribe se van a burlar de él, y también el doctor Gómez. Entra en conflicto con los lectores, con todo el mundo". Pero, remarca Landero, "hablo intuitivamente porque no me he planteado la psicología de este personaje, ni sabría hacerlo, me he limitado a contar su historia,  a hacerlo hablar, él habla y le voy  dando cuerda, pero conozco al personaje como lo puede conocer usted, ni mejor ni peor. Es un personaje que he visto en la distancia, y de la distancia nace el humor".

Un personaje que cree que por ejemplo que tiene superpoderes y puede causar el mal a los demás si lo desea. "¿Tú no has tenido nunca esa impresión? Porque todos de pequeños hemos pensado alguna vez...", sonríe Landero. Pero, ¿no es Marcial algo paranoico? "Yo eso no lo sé, eso el doctor Gómez. Tampoco me parece tan raro. A la vista del género humano, de los especímenes que tenemos a la vista, me parece que si Marcial es un paranoico, el mundo está lleno de paranoicos. Y conozco a varios, los veo en la televisión todos los días".

fuente: La Vanguardia

 

La Sonrisa Etrusca, de José Luis Sampedro

 

Muere el escritor y economista José Luis Sampedro

El humanista, símbolo del compromiso intelectual y ciudadano y referente del movimiento indignado, fallece a los 96 años en su casa de Madrid

De la asamblea del 15-M de Chamberí (su barrio madrileño), al Ministerio de Cultura (que en 2011 le concedió el Premio Nacional de las Letras); de los vecinos anónimos de Mijas (donde pasaba parte del invierno) a sus ilustres colegas de la Real Academia Española (que en 1991 le vieron ocupar el sillón F), pocas veces un intelectual español habrá sido tan llorado en sitios tan distintos como José Luis Sampedro. Novelista y economista, referente para los críticos del capitalismo salvaje y profesor de varios ex ministros de Hacienda, el autor de Octubre, octubre y Realidad económica y análisis estructural murió en su casa de Madrid el domingo pasado, pero la noticia solo se ha conocido hoy, cuando sus restos ya habían sido incinerados.

Sampedro tenía 96 años y ninguna gana de protagonizar “el circo mediático en torno a la muerte de los famosos”, según explicó Olga Lucas, su viuda y colaboradora en los últimos años y en los últimos libros —de Escribir es vivir a Cuarteto para un solista, su despedida de la ficción, publicada en 2011—, la mujer que, decía el escritor, hizo que su moribundez fuera “muy satisfactoria”. “Nos dijo que quería beberse un Campari”, contó Lucas sobre los últimos momentos del escritor, “así que le hicimos un granizado de Campari. Me miró y me dijo: ‘Ahora empiezo a sentirme mejor. Muchas gracias a todos’. Se durmió y al cabo de un rato se murió”.

En 1991, durante su discurso de ingreso en la RAE, José Luis Sampedro afirmó que su dios era Jano —“el de un rostro a cada lado”—, y su vida tuvo siempre más de una cara. Nacido en Barcelona el 1 de febrero de 1917, el escritor vivió hasta los 13 años en Tánger, “un mundo que debería ser la tierra entera”, decía. “Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones”. Así describía su infancia en ese discurso que le sirvió tanto para subrayar su calidad de “escritor furtivo” como para reconocer que el hecho de haberse dedicado a la literatura en las horas que le dejaba libres su oficio de economista había favorecido que, en su caso, marginalidad y autenticidad fueran más que una rima.

Cuando se estrenó como novelista con Congreso en Estocolmo (1951) Sampedro había escrito ya dos novelas que tardarían 40 años en ver la luz. También una obra de teatro. No en vano, el hombre que en 1977 entró en el Senado por designación real, pasó parte de la posguerra escribiendo con pseudónimo para espectáculos de revista protagonizadas por actrices que dormían en las butacas del teatro. Necesitaba el dinero, pero tuvo que dejarlo cuando le amonestaron en el ministerio de Comercio. Sampedro había llegado a Madrid en 1940 para estudiar económicas. Pensaba que la Economía sería útil para un funcionario de Hacienda y él lo era como “aduanero por oposición”. Había sacado la plaza siendo “un niño” después de dejar Tánger por Soria —”casi antes de la electricidad”— y Aranjuez —”un paraíso” con ventanas al jardín del Príncipe— para recalar en Santander poco antes de que estallara la Guerra Civil. Movilizado en el bando republicano, con la toma de la ciudad por los sublevados en agosto de 1937, el precoz funcionario fue reclutado por los franquistas. “No cambié de bando, me cambiaron”, decía. Por tradición familiar estaba más cerca de las posiciones conservadoras, pero pronto descubrió que la guerra no la habían gando los suyos.

José Luis Sampedro siempre dijo recordar la nobleza de los anarquistas con los que compartío batallón fugazmente, y durante toda su vida mantuvo una actitud lateral respecto al mundo literario y crítica respecto al financiero. Cuando miles de lectores se rindieron en los años ochenta y noventa del pasado siglo a obras como La sonrisa etrusca (1985), La vieja sirena (1990) o Real sitio (1993), su favorita, muchos descubrieron que el autor era un reputado Catedrático de Estructura Económica por cuyas clases habían pasado alumnos con apellidos como Boyer, Sochaga o Solbes.

“Solo los ingenuos y algún premio Nobel de economía llegan a creer que nuestro mercado encarna la libertad de elegir, olvidando algo tan obvio como que sin dinero no es posible elegir nada”, afirmó también en su ingreso académico alguien que reconocía que al capitalismo “le debemos el gran progreso que nos trajo desde las monarquías absolutas hasta las democracias surgidas de la Revolución francesa” pero que deploraba que la libertad no hubiera ido acompañada de la igualdad ni la fraternidad.

Fue su malestar con un tiempo cuyo libro sagrado, decía, es “el Evangelio según san Lucro” lo que acercó a Sampedro al movimiento del 15-M. En los últimos años, ni las cataratas ni la sordera consiguieron aislarlo del mundo. Ya nonagenario recordaba los versos de un poema que había escrito con 14 años y los puestos aduaneros de Hanoi y de Chile, que recitaba con la música de La casta Susana (versión de Marujita Díaz). Su lucidez estuvo siempre a la altura de su memoria. Cuando el periodista Jordi Évole le preguntó en su programa de televisión si antes de la crisis los españoles habían vivido por encima de sus posibilidades, José Luis Sampedro negó rotundo: también el crédito es una posibilidad, dijo. Si como economista sabía deslindar valor y precio, como escritor sabía desactivar con una sola frase cualquier lugar común.

OBRAS ECONÓMICAS

Principios prácticos de localización industrial (1957)

Realidad económica y análisis estructural (1959)

Las fuerzas económicas de nuestro tiempo (1967)

Conciencia del subdesarrollo (1973)

Inflación: una versión completa (1976)

El mercado y la globalización (2002)

Los mongoles en Bagdad (2003)

Sobre política, mercado y convivencia (2006)

Economía humanista. Algo más que cifras (2009)

El mercado y nosotros

NOVELA

La estatua de Adolfo Espejo (1939) -no publicada hasta 1994-

La sombra de los días (1947) -no publicada hasta 1994-

Congreso en Estocolmo (1952)

El río que nos lleva (1961)

El caballo desnudo (1970)

Octubre, octubre (1981)

La sonrisa etrusca (1985)

La vieja sirena (1990)

Real Sitio (1993)

El amante lesbiano (2000)

La senda del drago (2006)

Cuarteto para un solista (2011) -escrita en colaboración con Olga Lucas-

CUENTO

Mar al fondo (1992)

Mientras la tierra gira (1993)

OTRAS OBRAS

Escribir es vivir (2005) -libro autobiográfico escrito en colaboración con Olga Lucas-

La escritura necesaria (2006) -ensayo-diálogo sobre su obra novelística y su vida. Edición y diálogo: Gloria palacios. Ed.Siruela.

La ciencia y la vida (2008) -diálogo junto al cardiólogo Valentín Fuster ordenado por Olga Lucas-

Reacciona (2011)

fuente: El País


José Luis Sampedro busca la sencillez en 'La sonrisa etrusca'

El escritor de 'Octubre, octubre' publica la historia de un campesino que descubre a su nieto en la ciudad

Se conmueve cuando se le dice que su nuevo libro, La sonrisa etrusca, parece escrito con vocación de sencillez y fuerza. "Escribo con una pasión enorme", dice José Luis Sampedro. "La pasión de expresarme. En el libro no hay trucos literarios. Está escrito con la máxima sencillez que he podido alcanzar". La novela de este hombre descomplicado y entusiasta, que se tiene por un buen constructor de historias, trata de un viejo partisano calabrés que viaja a Milán para ver al médico y descubre a su nieto, y a través de él vuelve a vivir. José María Caballero Bonald y Luis Carandell presentarán La sonrisa etrusca esta tarde en la Sociedad General de Autores de España.

Vive a cien pasos de la Gran Vía, en un ático grande y luminoso lleno de silencio, con una terraza algo silvestre, y entre sus cuadros figura un retrato suyo hecho por Mompou en 1957 en el que aparece con un sombrero de paja comprado en el Rastro por dos pesetas un día de calor exagerado, y el gancho del arrastre de barcas de El río que nos lleva.Cuando en 1983 terminó, al fin, Octubre, octubre, después de 19 años de esfuerzo, Sampedro eligió entre sus múltiples ideas la de contar La sonrisa etrusca: la historia de un viejo campesino calabrés que viaja a Milán para que un médico le confirme lo que intuye. El ahogo que la ciudad produce en ese hombre libre quedará compensado por el descubrimiento de su nieto, Bruno, que inspira los fragmentos más cristalinos de un relato ya de por sí transparente como fue el propósito: escribir algo como La historia de la Orden de San Jerónimo, de José de Sigüenza, de la que oyó hablar en páginas de Miguel de Unamuno. Ahí aparece un manantial que el escritor retuvo en la memoria durante 40 años y que le ha guiado para el tono del libro. "No hay trucos literarios. Está escrito con la máxima sencillez que he podido alcanzar. A lo que juego es a que haya toda la ternura posible con toda la transparencia posible".

Historias

"Hay muchas historias en la novela", reconoce, "pero en la vida siempre hay muchas historias". Todas ellas tienen un precedente en la vida real. La pasión por la naturaleza, representada en ese viejo anarquista que Sampedro retrata cálidamente viene de aquel año que pasó cuando tenía 9 ó 10 en casa de su tío el médico en un pueblecito de Soria, y de la guerra de España; mejor dicho, de sus recorridos por los campos, soldado sucesivo en los dos ejércitos enfrentados, y de su contacto con sus colegas campesinos. En la guerra llegó como máximo a cabo. "Ya entonces no me gustaba mandar", dice. De aquel recuerdo nació también El río que nos lleva y, posteriormente, su nombramiento de Ganchero Mayor del Reino con el que lo condecoró el ayuntamiento conquense de Peralejos de las Truchas.La historia del abuelo y el niño: "Hombre, claro", reconoce Sampedro, "ése es el gran tema". En su despacho, en un rincón, un triciclo. Reconoce más cosas: el niño es su nieto, Miguel, de cuatro años, que vive en Aravaca, Madrid, y con quien va a jugar muchas tardes, y reconoce que los pasajes que al niño atañen son verdaderos como pocos. "Toda novela a la que uno se entrega podrá ser mala, pero es autobiográfica".

Salvatore, el viejo, no teme la muerte agazapatada tras el dolor que a veces le roe las tripas, pero le obsesiona morir después de Cantanotte, el viejo fascista semiparalítico de su pueblo con quien mantiene un viejo enfrentamiento. " ¡Yo no le doy a ese cabrón el gustazo de ir a mi funeral!", dice el antiguo partisano. "También soy eso", dice Sampedro; "Cantanotte tiene sus razones. Todo ser humano tiene su razón. No la razón, pero sí su razón".

¿Por qué en Italia? "En el fondo se podría contar igual con la historia de un extremeño en Madrid, por ejemplo, pero al público le cuesta más identificarse con el personaje de un mundo que él ya conoce y no se entrega tanto al personaje".

Llama la atención la intensidad con que escribe Sampedro. De hecho, llama la atención la intensidad que pone para cualquier cosa. Escribió Congreso en Estocolmo -una de sus siete novelas, aunque ha publicado cinco- en el verano de 1951, a veces en un tren de cercanías, con una máquina portátil en las rodillas. Aquel verano sufría un trabajo que no le satisfacía y escapó con la escritura. Un día, un señor le protestó en el tren: "Con el calor que hace aquí, y usted escribiendo; nos da más calor". La rapidez de Congreso... fue excepción: El río... le llevó 11 años, y Octubre..., 19.

No se siente desbordado por la importancia de Octubre..., reconocida con bastante unanimidad tras su publicación. "Cada obra es distinta". En ella, siempre supo que su ambición de crear un mundo era desmesurada. "Sobre 100, conseguí digamos 70. En La sonrisa... me he acercado más".

Galdós y Victor Hugo dibujaban sus personajes. Sampedro consigue fotos de ellos, y particularmente de los femeninos, más difíciles. La cara de Ágata, en Octubre..., es la de un paje que aparece en un cuadro renacentista italiano hallado en una revista tras años de búsqueda. "Recorté la imagen y la llevé en la cartera durante ocho o diez años como si fuera una novia". La formidable documentación que se encuentra tras toda novela de Sampedro tiene un sólo objetivo: "Que yo me crea mi historia. Si no me la creo yo, ¿cómo voy a a convencer a los demás?". Sampedro puede mostrar los mapas de Madrid, desde el año 1600, que usó para Octubre..., o las minuciosas planillas en las que sigue la vida de sus personajes.

Aventuras

El escritor se considera a sí mismo más un anarquista que otra cosa. No soy un anarquista de poner bombas, como no lo son los anarquistas de verdad. Soy un anarquista un poco barojiano. Me gusta ir gratis a los institutos de la periferia de Madrid y esas cosas". Esas cosas son, por ejemplo, sus paseos por Madrid, "que es donde están las grandes aventuras. Lo bonito de Madrid es, todavía, la tremenda facilidad de hablar con cualquiera". Aventura es para este joven de 68 años encontrar una peluquería donde, bajo el perfil de una mujer años veinte, aparece la leyenda "Se arregla el pelo a señoritas", o poder aprender los nombres de pasteles en el escaparate de la confitería de la esquina. La sonrisa etrusca está impresa Sampedro ya acaricia la idea de escribir la historia de la vieja sirena: una sirena que envejece, un ser inmortal que envejece. "¡Un tema fabuloso!", se entusiasma, y por una vez se pone abstracto: "La voluptuosidad de la sombra de la muerte cerca de la vida".

fuente: EL PAÍS