Benito
Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) comparte
con Antonio Machado la consideración de escritor nacional, pero en ambos
casos se trata de una distinción incompleta, pues los dos representan a
esa España liberal, progresista, laica y republicana que nunca ha
llegado a plasmarse en nuestro devenir histórico. Ambos simbolizan ese
anhelo de modernidad que ha suscitado el encono y la hostilidad de los
sectores más reaccionarios de la sociedad, particularmente la Iglesia
Católica y la alta burguesía, apegada a la tradición y a los
privilegios. Aunque no logren movilizar la simpatía de todos, se puede
decir –no obstante- que Pérez Galdós y Machado encarnan el ideal
de una nación libre, secularizada, cosmopolita, regulada por el Derecho
y educada por una pedagogía flexible, tolerante y creativa,
inspirada por el reformismo de raíz krausista. Aunque es un ideal ligado
a una época, podemos aventurar que esboza un futuro necesario para
crear una conciencia colectiva sin espacio para anatemas, odios cainitas
ni exclusiones. Es un proyecto integrador, no un programa unilateral y
partidista. Dentro de ese proyecto, destacan los Episodios Nacionales
de Pérez Galdós, un ambicioso fresco que abarca el período de nuestra
historia comprendido entre 1805 y 1912. Galdós no se limita a novelar
acontecimientos relevantes. Su intención no es ilustrar, sino comprender y sintetizar. No encadena los hechos con hitos, sino con vivencias.
Vivencias a veces antagónicas que se disputan la verdad, pero que
finalmente se complementan, conectando lo individual con lo colectivo,
lo personal con lo universal. Esa forma de proceder permite reunir la
experiencia del hombre común con la de los grandes protagonistas de la
historia, sorteando el riesgo del prosaísmo y la retórica de lo épico y
huero.
Galdós sabe
engarzar la vida privada con los eventos públicos. De esta forma, lo
grande se humaniza y lo pequeño adquiere la resonancia de lo perdurable.
Esta fórmula permite situar a los personajes ficticios en escenarios
históricos, sin provocar sensación de inverosimilitud. Al mismo tiempo,
los personajes históricos se acomodan sin estridencias en la ficción,
respetando sus exigencias formales y estéticas. Aunque Galdós suscribe
la tesis predominante de la historiografía de su tiempo, según la cual
las grandes personalidades actúan como fuerza motriz de los
acontecimientos, el carácter tibio y desdibujado de Gabriel Araceli,
primer narrador de la serie, desplaza el protagonismo al pueblo español,
apostando por un patriotismo que se moviliza por intereses genuinos y
no por ambiciones de clase. Trafalgar, la primera novela de los Episodios Nacionales, ya contiene los grandes aciertos de Galdós en un subgénero que siempre ha gozado del fervor popular,
pero que suele soportar mal el paso del tiempo, pues carece de la
perspectiva que sólo puede alumbrar un cambio de época, algo que no
puede recriminarse al autor canario, con una preclara intuición del
porvenir. Galdós caracteriza minuciosamente a sus personajes, no
escatimando detalles físicos ni psicológicos. Sin embargo, Gabriel es un
protagonista hueco, un muchacho de origen humilde que prosperará
gracias a su valor e integridad. Experimentará la tentación de la
picaresca, pero la buena fortuna lo acabará convirtiendo en un caballero
de mentalidad burguesa y arrebatos quijotescos. Se olvida muchas veces
que el narrador de Trafalgar no es un paje de catorce años, sino el provecto caballero que evoca sus peripecias juveniles. “No
me exija el lector –advierte- una exactitud que tengo por imposible,
tratándose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en el
ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, después de una larga
vida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar la
pluma”. Galdós refiere la niñez de Gabriel en la gaditana
playa de la Caleta, donde sólo era un muchacho más del arrabal,
aficionado a robar frutar y a enzarzarse en reyertas. Su existencia
discurría entre la vagancia y la miseria hasta que Alonso Gutiérrez de
Cisniega, capitán retirado de navío, y su esposa, doña Francisca, lo
acogen en su hogar, proporcionándole algo de instrucción y puliendo sus
modales. Enamorado de Rosita, la hija de sus protectores, Gabriel
alienta el deseo de subir en la escala social, pero no es Julián Sorel,
sino un joven tímido y discreto, que ha asimilado los valores de los
viejos hidalgos y sueña con hacer méritos.
A pesar de
su edad, don Alonso decide embarcarse en la flota franco-española
reunida para luchar contra los ingleses cerca del cabo de Trafalgar.
Animado por su amigo Marcial, otro viejo lobo de mar al que llaman
“Medio hombre” por sus heridas de guerra, logra subirse al Santísima
Trinidad, un gigantesco buque con la solemnidad de una catedral. Con el
paso de los años, la analogía se consolidará en la mente de Gabriel. Desde
su punto de vista, los buques modernos, con su casco de acero y su
diseño minimalista, carecen de la poesía de los viejos galeones.
El narrador deja volar su sensibilidad para establecer que los barcos
modernos son armas de guerra, mientras que los antiguos eran verdaderos
guerreros, con el suave misterio de una catedral gótica: “Sus formas,
que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneas verticales
sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo de histórico
y religioso a la vez, mezclado con la complicación de líneas y el juego
de colores que combina a su capricho el sol, han determinado esta
asociación extravagante, que yo me explico por la huella del
romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la niñez”. Las
líneas anteriores desmienten las acusaciones de torpeza estilística,
revelando que Galdós, además de prolífico, era un maestro del idioma.
Así lo demuestra otro párrafo sobre la Santísima Trinidad: “A medida
que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y
cuando la lancha se puso de costado, confundida en el espacio de mar
donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, la sombra del
navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría
que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi tres
filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi
entusiasmo se trocó en miedo”.
Rafael
Malespina, oficial de Artillería y prometido de doña Rosita, también
participa en una expedición condenada al fracaso desde el principio. La
expectativa de una derrota previsible imprime una nota de fatalismo
romántico a los preparativos bélicos. “Es preciso que confesemos con
dolor la superioridad de la Marina inglesa –reconoce gallardamente Cosme
Damián Churruca, brigadier de la Real Armada-, por la perfección del
armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la
unidad con que operan sus escuadras”. Galdós no pretende
usurpar el acta de historiador, pero se muestra respetuoso con los
hechos, mezclando las vicisitudes de cada personaje literario con el
papel desempeñado por figuras como Alcalá Galiano, Churruca o Nelson.
Los tres perderán la vida, derrochando valor y dignidad. Con la pierna
casi seccionada por la bala de un cañón, Churruca expira “con la
tranquilidad de los héroes y la entereza de los justos”. Alcalá Galiano
muere en el acto cuando una bala de mediano calibre le acierta en la
cabeza, pero hasta entonces se mantiene entero y beligerante,
menospreciando las heridas que le manchan de sangre el uniforme y las
manos. El almirante Nelson se desploma cuando una bala de mosquete entra
por el brazo izquierdo, atraviesa el pulmón y, finalmente, se aloja en
una vértebra. Sus últimas palabras reflejan su estricto sentido del
honor: “Gracias a Dios, he cumplido con mi deber”. Galdós homenajea la
memoria de los héroes, pero su admiración no contempla la exaltación de
la guerra. De hecho, nunca desperdicia la oportunidad de manifestar su
espíritu antibelicista. Poco antes del combate naval, los marineros
arrojan arena sobre la cubierta. Gabriel se pregunta cuál es el objeto
de esa medida. Un grumete le contesta con irritación: “¡Para la
sangre!”. Sangre que correrá en abundancia durante la batalla, segando
vidas de soldados profesionales y de leva, que serán arrojados al mar
envueltos en una bandera y con una bala de cañón atada a los pies.
Cuando el Trinidad se hunde y los ingleses rescatan a los
supervivientes, no se aprecia odio ni rencor entre los marinos que han
luchado ferozmente: “Yo observaba en sus semblantes las mismas señales
de terror o de esperanza, y, sobre todo, la expresión propia del santo
sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos y otros”. Al igual que Tolstoi en Guerra y Paz,
Galdós deplora la crueldad e inutilidad de la guerra, señalando que las
naciones se masacran entre sí por falsas querellas alentadas por reyes
ambiciosos y políticos sin escrúpulos. Convertido en un
filósofo de catorce años, Gabriel, “Gabrielillo”, se pregunta si la
violencia es algo innato o adquirido, concluyendo que los pueblos se
lanzan a la guerra porque les empujan sus gobernantes, con pretextos
fraudulentos.
Galdós no es
un novelista ingenuo, sino un creador que conoce el poder del lenguaje
para recrear lo real, anticipando o alterando los hechos. El escritor se
parece a José María Malespina, el coronel de artillería retirado que
fabula, inventa y falsifica. Padre de Rafael Malespina, novio de Rosita,
José María es un mitómano incurable, pero también un visionario.
Sostiene que en el futuro los barcos de guerra serán monstruos de hierro
que vomiten humo. Todos se burlan de su profecía, sin sospechar que
algún día se hará realidad. Medio siglo más tarde, Gabriel recuerda los
augurios de José María Malespina: “Parece mentira que las
extravagancias ideadas por un loco o un embustero lleguen a ser
realidades maravillosas con el transcurso del tiempo”.
Descubrir este fenómeno hará que conceda crédito a cualquier utopía y
perciba a los embusteros como “hombres de genio”. Aunque Gabriel es el
narrador, su punto de vista no es el único. Los relatos de marineros de
los buques Bahama, Santa Ana y Nepomuceno amplían la narración,
evidenciando que la perspectiva omnisciente siempre es una perspectiva
insuficiente. Entre el realismo y el romanticismo, la prosa de Galdós
avanza con fluidez y elegancia, sin descartar momentos de lirismo. La
importancia de los Episodios Nacionales parece fuera de toda duda, pero
Galdós ha pasado una larga temporada en el infierno, con su arte
literario cuestionado y vituperado. En la edición de Aguilar de 1950, el
crítico Federico Sainz de Robles finalizaba su larga introducción
pidiendo un juicio más indulgente hacia una de las figuras más
emblemáticas de nuestras letras. Afortunadamente, corren otros
aires y sólo un insensato minimiza la importancia de Galdós, aún por
descubrir fuera de nuestras fronteras, pues escasean las traducciones en
otros idiomas. En un artículo publicado en El Globo (13 de agosto de 1891) sobre la novela Ángel Guerra,
Valle-Inclán –que apreciaba a Galdós más que su personaje Dorio de
Gádex, responsable de la injusta ocurrencia que asimila el estilo del
canario con las chapuzas de un “garbancero”– elogia el talento de Galdós
para la caracterización psicológica y la descripción de los ambientes
más opuestos y diversos. Valle-Inclán subraya “la prodigiosa facilidad
que para novelar posee”. “Un novelista que ve tan hondo, que ha
adivinado toda una época, como sucede en los Episodios Nacionales”, sólo puede suscitar admiración. Su obra brota del “abuso de sus facultades creadoras”.
Azorín
escribió una semblanza de Galdós poco después de su muerte, protestando
contra las voces que rebajaban el mérito artístico de su obra. Escribe
el pequeño filósofo: “Este hombre, vejado injustamente, ha revelado
España a los ojos de los españoles que la desconocían; este hombre ha
hecho que la palabra España no sea una abstracción, algo seco y sin
vida, sino una realidad. […] En suma, ha contribuido a crear una
conciencia nacional: ha hecho vivir a España con sus ciudades, sus
pueblos, sus monumentos, sus paisajes”. Al igual que Antonio
Machado, Galdós representa la posibilidad de aglutinar la diversidad de
lo español en una idea capaz de sintetizar la diversidad, sin mutilar u
omitir nada esencial. La España de Galdós no ha perdido
vigencia, pues encarna un ideal con dos pilares atemporales: la
tolerancia y la libertad. La citada edición de Aguilar se distingue por
su belleza formal, con su cubierta en piel y su papel biblia pintado en
los cantos, pero nos ofrecen una versión poco rigurosa de los
manuscritos originales. La Biblioteca Castro ha realizado una labor de
depuración y clarificación que nos acerca mucho más a lo que sería una
edición canónica, si bien ha descartado la posibilidad de llevar a cabo
una edición crítica, de acuerdo con su criterio habitual. Leopoldo Alas,
“Clarín”, afirmó en una semblanza de Galdós que en rigor, “ser artista…
es seguir jugando”. Trafalgar corrobora esa interpretación,
pues –sin restar dramatismo a los hechos- nos sitúa en el escenario que
evoca las fantasías infantiles de un tiempo donde el mar, las espadas y
la pólvora simbolizaban el afán de aventura y el anhelo de lo
extraordinario.
fuente: El Cultural