miércoles, 15 de marzo de 2023

Basura, Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince 


BIOGRAFÍA 

Héctor Joaquín Abad Faciolince nació en Medellín, Antioquia, Colombia, en 1958. Inició estudios de medicina, filosofía y periodismo en su ciudad natal, ninguno concluido. Finalmente estudió lenguas y literaturas modernas en la Universidad de Turín. Fue director de la Revista Universidad de Antioquia de 1993 a 1997.  Trabajó como columnista de la revista Semana, hasta abril de 2008, Ha sido columnista de las revistas Cromos, Cambio, El Malpensante, y de los periódicos El Espectador y El Colombiano y de El Nacional de Caracas, un periódico venezolano. Ha publicado ensayos de tipo académico en reconocidas revistas de Colombia, España, México, Italia y Gran Bretaña.

Entre sus obras destacan Malos Pensamientos (1991); Asuntos de un hidalgo disoluto (1994); Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996); Fragmentos de amor furtivo (1998); Palabras sueltas (2002); Oriente empieza en El Cairo (2002); El olvido que seremos (2005); El amanecer de un marido (2008) y su último libro Traiciones de la memoria (2009).

Ha sido incluido en la denominada «generación mutante» compuesta de los autores: Julio César Londoño, Rigoberto Gil Montoya, Santiago Gamboa, Octavio Escobar Giraldo, Philip Potdevin, Héctor Abad Faciolince y Jorge Franco Ramos, que se caracterizaría por la remitologización de temáticas universales, la revisitación del pasado, la hibridación de la cultura popular y lo urbano, el escepticismo ideológico e ironía crítica, la literatura sin pretensiones regionales, nacionales o universales, la muerte del autor y la relación de la literatura y el hombre con las tecnologías virtuales.

Reside en Bogotá donde se desempeña como columnista del periódico El Espectador y comentarista de Blu Radio.

BIBLIOGRAFÍA
    Malos Pensamientos, 1991.
    Asuntos de un hidalgo disoluto, 1994.
    Tratado de culinaria para mujeres tristes 1996.
     Fragmentos de amor furtivo, 1998.
     Basura, 2000.
    Palabras sueltas 2002.
    Oriente empieza en El Cairo 2002.
    Angosta, 2004.
    El Olvido que seremos, 2005.
    El amanecer de un marido, 2008.
    Traiciones de la memoria, 2009

 


 PREMIOS
Premio Nacional de Cuento 1981
Premio Simón Bolívar de Periodismo de Opinión 1998 y 2006
Premio Casa de América de Narrativa Innovadora 2000
Premio a la mejor novela extranjera del año por Angosta 2005
Casa de América Latina de Portugal 2010
Premio Wola-Duke en Derechos Humanos.

fuente: escritores.org

 

HÉCTOR ABAD AFIRMA QUE ESCRIBIÓ SU NOVELA 'BASURA' EN UNA CRISIS DE FE

Madrid - 29 MAR 2000

Casa de América premió Basura, titulo de la tercera novela del colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), con el I Premio Casa de América a la Narrativa Americana Innovadora, que convoca a escritores que rompan con el conservadurismo a que tiende la novela actual, según dijo ayer el novelista y presidente del jurado, Enrique Vila-Matas, durante la entrega del premio. Los miembros del jurado -formado por Cristina Peri Rossi, Íñigo Ramírez de Haro, Roberto Bolaño, Eduardo Becerra y José Huerta- coincidieron en que Basura es la novela que tiene los ingredientes que busca el premio, al replantear la relación entre el escritor, sus escritos y el lector de manera original y crítica.

Con voz trémula, Abad Faciolince hizo una apología de los escritores "muertos de hambre", aquellos que viven "medio borrachos y tienen en la cabeza algunas obras maestras e ideas geniales", y degradó a esos escritores, editores y críticos literarios a los que llamó "pavos reales", que se pavonean por el mundo con discursos grandilocuentes y convirtiendo en complejos conceptos ideas elementales.

Bernardo Davanzati, protagonista de la novela, es un escritor que escribe textos sin destinatario, que lee y arroja a la basura. No imagina que alguien, el vecino de abajo, que a la vez narra esta novela, recoge, uno a uno, los escritos que él considera un desperdicio y reconstruye la vida del escritor, que ha sido mafioso, corrector de pruebas, crítico benévolo y, alguna vez, amante loco y desesperado.

Los libros no valen nada

Esta novela, editada por Lengua de Trapo, surgió de una crisis de fe en la que Abad Faciolince dijo sentirse como un cura, que luego de haber dedicado toda su vida a la religión se da cuenta de que Dios no existe. Después de 25 años de lectura permanente, 15 de escritura constante, talleres, mesas redondas o congresos, "me doy cuenta de la pedantería que gira alrededor de la literatura", afirmó el autor. "Que todo es, más o menos, una farsa". Al protagonista de su novela le ocurre algo así. Cree que lo que escribe no vale nada, pero le gusta escribir. Lo que no le interesa es publicar, lo que para él carece de todo sentido.

Al leer Basura, Peri Rossi sintió un "pálpito" e intuyó que sería la novela ganadora ya que, además de tener dotes literarias, es atrevida y crítica, lo que le impulsó a apostar por ella. La escritora descalificó aquellos premios dados antes de escribir la novela, que la hacen un best seller gracias al constante bombardeo publicitario en la maquinaria de los medios.

Héctor Abad Faciolince, que pensaba que mandar los textos a concursos era como tirarlos a la basura, agradeció, -además del millón de pesetas que acompañan al premio- que, contrario a lo que pensó, su novela no está pudriéndose en algún basurero de Casa de América, "llena de cucarachas". Parece, por un momento, haber recuperado la fe.

 

Valeria Correa Fiz, Hubo un jardín


 

lunes, 6 de febrero de 2023

Jueves literarios: Averno Verano

Este jueves 9 de enero, Jueves literarios, escriben mujeres, con Bárbara Espinosa presentando su libro Averno verano, a las 19h en la Sala de Audiciones de la biblioteca.

Escrita en capítulos con el nombre de cada personaje, Espinosa va trenzando las cinco vidas aparentemente tan dispares con los encuentros en el pasado, va haciendo aflorar una trama oscura en un opresivo verano madrileño. «Quería darle una lectura ágil, por eso esa estructura ligera», cuenta la editora del sello La navaja suiza. Termina, pero no cierra los acontecimientos. «Es un tópico, pero es verdad que los personajes acaban decidiendo por mí. Quizá alguno tenga una vida mas allá de este primer libro. La vida da muchas vueltas y quizá alguno me llame de nuevo». El Norte de Castilla



lunes, 16 de enero de 2023

Trafalgar, de Benito Pérez Galdós

 

Entreclásicos por Rafael Narbona

Trafalgar: la España de Galdós

5 octubre, 2016 13:12

Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) comparte con Antonio Machado la consideración de escritor nacional, pero en ambos casos se trata de una distinción incompleta, pues los dos representan a esa España liberal, progresista, laica y republicana que nunca ha llegado a plasmarse en nuestro devenir histórico. Ambos simbolizan ese anhelo de modernidad que ha suscitado el encono y la hostilidad de los sectores más reaccionarios de la sociedad, particularmente la Iglesia Católica y la alta burguesía, apegada a la tradición y a los privilegios. Aunque no logren movilizar la simpatía de todos, se puede decir –no obstante- que Pérez Galdós y Machado encarnan el ideal de una nación libre, secularizada, cosmopolita, regulada por el Derecho y educada por una pedagogía flexible, tolerante y creativa, inspirada por el reformismo de raíz krausista. Aunque es un ideal ligado a una época, podemos aventurar que esboza un futuro necesario para crear una conciencia colectiva sin espacio para anatemas, odios cainitas ni exclusiones. Es un proyecto integrador, no un programa unilateral y partidista. Dentro de ese proyecto, destacan los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, un ambicioso fresco que abarca el período de nuestra historia comprendido entre 1805 y 1912. Galdós no se limita a novelar acontecimientos relevantes. Su intención no es ilustrar, sino comprender y sintetizar. No encadena los hechos con hitos, sino con vivencias. Vivencias a veces antagónicas que se disputan la verdad, pero que finalmente se complementan, conectando lo individual con lo colectivo, lo personal con lo universal. Esa forma de proceder permite reunir la experiencia del hombre común con la de los grandes protagonistas de la historia, sorteando el riesgo del prosaísmo y la retórica de lo épico y huero.

Galdós sabe engarzar la vida privada con los eventos públicos. De esta forma, lo grande se humaniza y lo pequeño adquiere la resonancia de lo perdurable. Esta fórmula permite situar a los personajes ficticios en escenarios históricos, sin provocar sensación de inverosimilitud. Al mismo tiempo, los personajes históricos se acomodan sin estridencias en la ficción, respetando sus exigencias formales y estéticas. Aunque Galdós suscribe la tesis predominante de la historiografía de su tiempo, según la cual las grandes personalidades actúan como fuerza motriz de los acontecimientos, el carácter tibio y desdibujado de Gabriel Araceli, primer narrador de la serie, desplaza el protagonismo al pueblo español, apostando por un patriotismo que se moviliza por intereses genuinos y no por ambiciones de clase. Trafalgar, la primera novela de los Episodios Nacionales, ya contiene los grandes aciertos de Galdós en un subgénero que siempre ha gozado del fervor popular, pero que suele soportar mal el paso del tiempo, pues carece de la perspectiva que sólo puede alumbrar un cambio de época, algo que no puede recriminarse al autor canario, con una preclara intuición del porvenir. Galdós caracteriza minuciosamente a sus personajes, no escatimando detalles físicos ni psicológicos. Sin embargo, Gabriel es un protagonista hueco, un muchacho de origen humilde que prosperará gracias a su valor e integridad. Experimentará la tentación de la picaresca, pero la buena fortuna lo acabará convirtiendo en un caballero de mentalidad burguesa y arrebatos quijotescos. Se olvida muchas veces que el narrador de Trafalgar no es un  paje de catorce años, sino el provecto caballero que evoca sus peripecias juveniles. “No me exija el lector –advierte- una exactitud que tengo por imposible, tratándose de sucesos ocurridos en la primera edad y narrados en el ocaso de la existencia, cuando cercano a mi fin, después de una larga vida, siento que el hielo de la senectud entorpece mi mano al manejar la pluma”. Galdós refiere la niñez de Gabriel en la gaditana playa de la Caleta, donde sólo era un muchacho más del arrabal, aficionado a robar frutar y a enzarzarse en reyertas. Su existencia discurría entre la vagancia y la miseria hasta que Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán retirado de navío, y su esposa, doña Francisca, lo acogen en su hogar, proporcionándole algo de instrucción y puliendo sus modales. Enamorado de Rosita, la hija de sus protectores, Gabriel alienta el deseo de subir en la escala social, pero no es Julián Sorel, sino un joven tímido y discreto, que ha asimilado los valores de los viejos hidalgos y sueña con hacer méritos.

A pesar de su edad, don Alonso decide embarcarse en la flota franco-española reunida para luchar contra los ingleses cerca del cabo de Trafalgar. Animado por su amigo Marcial, otro viejo lobo de mar al que llaman “Medio hombre” por sus heridas de guerra, logra subirse al Santísima Trinidad, un gigantesco buque con la solemnidad de una catedral. Con el paso de los años, la analogía se consolidará en la mente de Gabriel. Desde su punto de vista, los buques modernos, con su casco de acero y su diseño minimalista, carecen de la poesía de los viejos galeones. El narrador deja volar su sensibilidad para establecer que los barcos modernos son armas de guerra, mientras que los antiguos eran verdaderos guerreros, con el suave misterio de una catedral gótica: “Sus formas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneas verticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo de histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación de líneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han determinado esta asociación extravagante, que yo me explico por la huella del romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la niñez”. Las líneas anteriores desmienten las acusaciones de torpeza estilística, revelando que Galdós, además de prolífico, era un maestro del idioma. Así lo demuestra otro párrafo sobre la Santísima Trinidad: “A medida que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso de costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi tres filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo”.

Rafael Malespina, oficial de Artillería y prometido de doña Rosita, también participa en una expedición condenada al fracaso desde el principio. La expectativa de una derrota previsible imprime una nota de fatalismo romántico a los preparativos bélicos. “Es preciso que confesemos con dolor la superioridad de la Marina inglesa –reconoce gallardamente Cosme Damián Churruca, brigadier de la Real Armada-, por la perfección del armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la unidad con que operan sus escuadras”. Galdós no pretende usurpar el acta de historiador, pero se muestra respetuoso con los hechos, mezclando las vicisitudes de cada personaje literario con el papel desempeñado por figuras como Alcalá Galiano, Churruca o Nelson. Los tres perderán la vida, derrochando valor y dignidad. Con la pierna casi seccionada por la bala de un cañón, Churruca expira “con la tranquilidad de los héroes y la entereza de los justos”. Alcalá Galiano muere en el acto cuando una bala de mediano calibre le acierta en la cabeza, pero hasta entonces se mantiene entero y beligerante, menospreciando las heridas que le manchan de sangre el uniforme y las manos. El almirante Nelson se desploma cuando una bala de mosquete entra por el brazo izquierdo, atraviesa el pulmón y, finalmente, se aloja en una vértebra. Sus últimas palabras reflejan su estricto sentido del honor: “Gracias a Dios, he cumplido con mi deber”. Galdós homenajea la memoria de los héroes, pero su admiración no contempla la exaltación de la guerra. De hecho, nunca desperdicia la oportunidad de manifestar su espíritu antibelicista. Poco antes del combate naval, los marineros arrojan arena sobre la cubierta. Gabriel se pregunta cuál es el objeto de esa medida. Un grumete le contesta con irritación: “¡Para la sangre!”. Sangre que correrá en abundancia durante la batalla, segando vidas de soldados profesionales y de leva, que serán arrojados al mar envueltos en una bandera y con una bala de cañón atada a los pies. Cuando el Trinidad se hunde y los ingleses rescatan a los supervivientes, no se aprecia odio ni rencor entre los marinos que han luchado ferozmente: “Yo observaba en sus semblantes las mismas señales de terror o de esperanza, y, sobre todo, la expresión propia del santo sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos y otros”. Al igual que Tolstoi en Guerra y Paz, Galdós deplora la crueldad e inutilidad de la guerra, señalando que las naciones se masacran entre sí por falsas querellas alentadas por reyes ambiciosos y políticos sin escrúpulos. Convertido en un filósofo de catorce años, Gabriel, “Gabrielillo”, se pregunta si la violencia es algo innato o adquirido, concluyendo que los pueblos se lanzan a la guerra porque les empujan sus gobernantes, con pretextos fraudulentos.

Galdós no es un novelista ingenuo, sino un creador que conoce el poder del lenguaje para recrear lo real, anticipando o alterando los hechos. El escritor se parece a José María Malespina, el coronel de artillería retirado que fabula, inventa y falsifica. Padre de Rafael Malespina, novio de Rosita, José María es un mitómano incurable, pero también un visionario. Sostiene que en el futuro los barcos de guerra serán monstruos de hierro que vomiten humo. Todos se burlan de su profecía, sin sospechar que algún día se hará realidad. Medio siglo más tarde, Gabriel recuerda los augurios de José María Malespina: “Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del tiempo”. Descubrir este fenómeno hará que conceda crédito a cualquier utopía y perciba a los embusteros como “hombres de genio”. Aunque Gabriel es el narrador, su punto de vista no es el único. Los relatos de marineros de los buques Bahama, Santa Ana y Nepomuceno amplían la narración, evidenciando que la perspectiva omnisciente siempre es una perspectiva insuficiente. Entre el realismo y el romanticismo, la prosa de Galdós avanza con fluidez y elegancia, sin descartar momentos de lirismo. La importancia de los Episodios Nacionales parece fuera de toda duda, pero Galdós ha pasado una larga temporada en el infierno, con su arte literario cuestionado y vituperado. En la edición de Aguilar de 1950, el crítico Federico Sainz de Robles finalizaba su larga introducción pidiendo un juicio más indulgente hacia una de las figuras más emblemáticas de nuestras letras. Afortunadamente, corren otros aires y sólo un insensato minimiza la importancia de Galdós, aún por descubrir fuera de nuestras fronteras, pues escasean las traducciones en otros idiomas. En un artículo publicado en El Globo (13 de agosto de 1891) sobre la novela Ángel Guerra, Valle-Inclán –que apreciaba a Galdós más que su personaje Dorio de Gádex, responsable de la injusta ocurrencia que asimila el estilo del canario con las chapuzas de un “garbancero”– elogia el talento de Galdós para la caracterización psicológica y la descripción de los ambientes más opuestos y diversos. Valle-Inclán subraya “la prodigiosa facilidad que para novelar posee”. “Un novelista que ve tan hondo, que ha adivinado toda una época, como sucede en los Episodios Nacionales”, sólo puede suscitar admiración. Su obra brota del “abuso de sus facultades creadoras”.

Azorín escribió una semblanza de Galdós poco después de su muerte, protestando contra las voces que rebajaban el mérito artístico de su obra. Escribe el pequeño filósofo: “Este hombre, vejado injustamente, ha revelado España a los ojos de los españoles que la desconocían; este hombre ha hecho que la palabra España no sea una abstracción, algo seco y sin vida, sino una realidad. […] En suma, ha contribuido a crear una conciencia nacional: ha hecho vivir a España con sus ciudades, sus pueblos, sus monumentos, sus paisajes”. Al igual que Antonio Machado, Galdós representa la posibilidad de aglutinar la diversidad de lo español en una idea capaz de sintetizar la diversidad, sin mutilar u omitir nada esencial. La España de Galdós no ha perdido vigencia, pues encarna un ideal con dos pilares atemporales: la tolerancia y la libertad. La citada edición de Aguilar se distingue por su belleza formal, con su cubierta en piel y su papel biblia pintado en los cantos, pero nos ofrecen una versión poco rigurosa de los manuscritos originales. La Biblioteca Castro ha realizado una labor de depuración y clarificación que nos acerca mucho más a lo que sería una edición canónica, si bien ha descartado la posibilidad de llevar a cabo una edición crítica, de acuerdo con su criterio habitual. Leopoldo Alas, “Clarín”, afirmó en una semblanza de Galdós que en rigor, “ser artista… es seguir jugando”. Trafalgar corrobora esa interpretación, pues –sin restar dramatismo a los hechos- nos sitúa en el escenario que evoca las fantasías infantiles de un tiempo donde el mar, las espadas y la pólvora simbolizaban el afán de aventura y el anhelo de lo extraordinario.

fuente: El Cultural

Benito Pérez Galdós

 

Apunte biobibliográfico de Benito Pérez Galdós

Retrato de Benito Pérez Galdós.Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, hijo de Sebastián Pérez, teniente coronel del Ejército y de Dolores Galdós. Desde niño (Infancia en las Palmas) fue aficionado a la música, al dibujo y a la literatura. Es en opinión general, el mayor novelista español después de Cervantes.

A los diecinueve años se traslada a Madrid (en Retrato familiar y social: Galdós, ciudadano de Madrid; Huellas del Madrid Galdosiano; el Madrid Galdosiano). Allí conocería a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien le alentó a escribir y le orientó hacia el krausismo. Durante los primeros años de su estancia en la corte frecuentó redacciones y teatros. Escribió en La Nación y en El Debate.

Mapa de Madrid, 1857.La Fontana de Oro (1870), La sombra (1871) y El audaz (1871) fueron los títulos de sus primeras novelas, que revelan todavía una influencia del Romanticismo. Publicó artículos (en La obra: Fronteras entre novela y artículo periodístico; Galdós periodista) políticos en la Revista de España y algo de ellos, así como el ataque al régimen anterior a la Revolución de 1868 y el inmovilismo de la tradición, se plasma en sus obras de tesis de la misma época: Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), La familia de León Roch (1878) y Marianela (1878).

Abre el camino al Naturalismo con La desheredada (1881), la primera de sus novelas contemporáneas a la que le seguirán El doctor centeno (1883), Tormento (1884) y La de Bringas (1884). El amigo manso (1882) es una de las creaciones más originales de Galdós. Lo prohibido (1884-85) es la novela galdosiana más impregnada de Naturalismo. Fortunata y Jacinta de 1886-7 es un vasto mural donde la historia, la sociedad y el perfil urbano de Madrid sirven de fondo a un argumento que presenta a dos jóvenes enamoradas del mismo hombre.

De su vida íntima sabemos que tuvo una hija ilegítima y amoríos con Emilia Pardo Bazán (en Epistolario: Cartas con Emilia Pardo Bazán). Nunca se casó pero plasmó su tipo ideal de compañera en una mujer ya mayor: Teodosia Gandarias (en Epistolario: Cartas a Teo; Cartas a Teodosia Gandarias), en el drama Pedro Minio (1908). Constantemente predicó un tipo de amor más libre, que veríamos en Realidad y Tristana, aunque se opuso a las costumbres demasiado licenciosas.

En 1873 aparecieron las dos primeras series de los Episodios nacionales. Leyó a Balzac (en Retrato familiar y social: Galdós y sus contemporáneos europeos), a los novelistas rusos y a Dickens de quien tradujo Pickwick papers. Aprovechó las rápidas apreciaciones e indicaciones sobre sus países. Acusó a los escritores contemporáneos de incapaces de describir la vida de su tiempo. Sólo excluyó de sus ataques a Fernán Caballero y a José María Pereda. Urgió a los otros escritores a tomar las grandes conclusiones de los problemas sexuales y espirituales de la clase media urbana de su época como principal fuente de inspiración. Sus últimos escritos teóricos añaden poco a estas ideas. Merecen citarse el prólogo a El sabor de la tierruca de Pereda, un memorial dirigido a la Real Academia Española y el prólogo a la tercera edición de La Regenta, de Clarín.

Al final de la década de los 80 y a comienzos de la siguiente publica Miau (1888), La incógnita (1889), Torquemada en la hoguera (1889), Realidad también en 1889 y Ángel Guerra de 1891, en donde experimenta una nueva manera de novelar. Los problemas éticos aparecen en Tristana (1892), Nazarín (1895), Halma (1895) y Misericordia (1897). Frecuentemente (como en Nazarín o Misericordia), sus novelas parecen recordar a Dostoievski. Su penetración psicológica ha sido igualada pocas veces. Entre sus características más definidas se cuentan un estilo personal vigoroso y muy marcado; un gran conocimiento de la locura y la esquizofrenia (no hay que olvidar su interés por Don Quijote) raramente preciso; un efectivo y sistemático manejo del simbolismo (evocador de su propia desilusión por la debilidad de España) y una conmovedora lástima por la gente que pretende elevarse de la bondad a la santidad.

Crítica sobre el estreno de «Electra» en el Teatro Español.Las obras dramáticas de Galdós (en La obra: El teatro de Galdós, representaciones en blanco y negro) fueron frecuentemente críticas por tener un carácter esencialmente novelesco. Ciertamente, adaptó para el teatro sus propias novelas Realidad en 1892, La loca de la casa en 1893, Doña Perfecta en 1896, El abuelo en 1904 y otras, que fueron acogidas con éxito por el público y por la crítica. Electra, por motivos políticos o, en todo caso, extraliterarios, constituyó un acontecimiento nacional. El autor nunca había sido tan serio, tan cuidadoso y preocupado como en estos dramas. Hemos de indicar que estas cualidades se hallaban en el teatro español de aquel tiempo. Su influencia para la escena posterior fue benigna. En sus últimos años la oposición creciente se vio patente en la candidatura rechazada y poco después aceptada de la Real Academia. Le dolió que la generación del 98 no le considerara su mentor. La concesión del premio Nobel de literatura a Echegaray (autor muy inferior y de escasa valía) lo consideró un mazazo a la mejor literatura española de su tiempo. En 1912 quedó ciego (en Los últimos años: La ceguera), aunque no por ello sufrió menos la insolvencia en sus últimos años. Por entonces escribió una tercera, cuarta y, finalmente, quinta serie de Episodios nacionales entre 1898 y 1912; de la última serie únicamente aparecieron seis volúmenes, quedando así incompleta.

Portada de <em>Vida socialista</em>, núm. 22 (29 de mayo de 1910).En cuanto a su vida política fue elegido diputado a Cortes por Guayama en 1886. En 1907 encabezó la lista a la candidatura de la Conjunción Republicano-Socialista por Madrid.

La labor de Benito Pérez Galdós fue la de transformar el panorama novelesco español de aquella época. Dejó al lado el romanticismo y avivó el realismo español, dotando tanto de una gran expresividad a la narrativa como de nuevas formas aptas para el entendimiento del mundo y de la obra.

 

fuente: Cervantes Virtual