No es la primera vez que Hustvedt pisa Asturias. Ni siquiera es la
primera vez que vive la vorágine de estos Premios. En 2006 acompañó al
marido anteriormente mencionado, el escritor
Paul Auster,
a recibir el suyo. Y a pesar de los ojillos que le ponen el público y
la prensa, Auster se mantiene en esta visita no en un discreto segundo
plano, sino en un tercero o cuarto. “Es el momento de Siri”, ha
declarado. Y ella ha dejado finalmente de ser definida como la “consorte
de”. Todo el mundo le pregunta por su opinión sobre ello. Y se encoge
de hombros, con una sonrisa, asumiendo que nadie ha entendido nada. “A
lo largo de nuestro matrimonio”, confesaba ante los clubes de lectura,
“siempre nos hemos visto como seres iguales. Ha sido el mundo exterior
quien nos ha catalogado de acuerdo a términos más convencionales”.
Su familia de convencional no tiene nada. El tercer miembro en discordia,
Sophie Auster,
cantante y actriz, da un concierto dentro de la Semana de los Premios
en honor al galardón de su madre, y ha escrito en un artículo que ella
es “su luchadora favorita”.
Resulta que al mismo Dickens al que debe su vocación literaria le
debe también su voluntad científica, una faceta tan suya como la
obsesión por la literatura: “Cuando estaba escribiendo mi tesis sobre
Dickens descubrí a un personaje que nunca usa el pronombre de primera
persona. Leí que en afasia lo primero que pierden los pacientes es el
'yo'", me cuenta ahora. "Y empecé a pensar: ¿Cuál es la relación entre
el lenguaje y el ser? ¿Qué papel juega la carne en cómo nos
identificamos con nosotros mismos? Me empecé a interesar mucho por la
neurobiología. Conocí a algunos científicos, incluyendo a
Mark Solms,
y me invitó a unirme a su grupo, que se reunía en Nueva York una vez al
mes. Me convertí en el miembro no-científico de este grupo, y estuve
con ellos al menos un par de años”.