"Hay un silencio total sobre el dolor que a veces significa ser madre"
Socorro Venegas explora en 'La memoria donde ardía', un
conjunto de relatos breves de gran poso autobiográfico, la experiencia
del duelo, la enfermedad y el sufrimiento a través de historias de
niñeces y maternidades "incómodas"
La escritora mexicana Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972), durante su visita a Sevilla.
/
José Ángel García
En su primera visita al Museo del Prado, Socorro Venegas
se sintió totalmente imantada por las pinturas negras de Goya.
Jovencísimo como lo era también ella, su marido la acompañaba pero en
aquel instante curioseaba en otras salas. A solas, hechizada ante el Perro semihundido,
aquella mujer que disfrutaba de la feliz ligereza de la vida a los
veintialgo no sabía, no podía saber, que poco después de aquel viaje
ella enviudaría. Veinte años ha tardado Venegas en ser capaz de evocar
–en el relato Pertenencias– aquellos minutos de extraña plenitud e hipnosis frente al enigmático perro goyesco, que para siempre quedó asociado en su memoria a la pérdida del compañero cuando la vida acababa de empezar.
De esta clase de experiencias –o "catástrofes interiores", como ella las llama– se nutre La memoria donde ardía (Páginas de Espuma), un libro macerado durante casi 20 años y de inspiración autobiográfica,
en el que la escritora mexicana aborda en 19 relatos breves cuestiones
"delicadas": la muerte, el duelo, la enfermedad, la maternidad
conflictiva, el vacío que deja el amor cuando se esfuma... A estas
inmersiones a pulmón en las noches oscuras del alma
se entrega Venegas con vocación lírica –"soy una obsesiva lectora de
poesía: busco un lenguaje esencial, imágenes exactas, decir mucho con
poco, no perder intensidad"– y marcada inclinación hacia el
extrañamiento y las atmósferas inquietantes:
"Mis cuentos parten de situaciones realistas, pero a partir de ahí me
gusta que a veces sucedan cosas que no sabe ya si son una metáfora, un
símbolo o algo que de verdad está pasando. Me interesa la incomodidad,
crear ciertos misterios, pero no para resolverlos, sino para
preservarlos".
–¿Trata más este libro sobre el dolor o sobre la supervivencia?
–Cuando terminé el primer borrador, pensando en aquello
que conectaba todas las historias, sentí que era un homenaje a los
sobrevivientes. Es un libro sobre cómo en medio de un dolor muy profundo
también puedes encontrar dentro de ti cierta belleza, la razón por la
cual no saltas por la ventana. Pero también es un libro sobre el dolor,
sobre cómo lo atraviesas y cómo te reconstruyes.
–"¿Estaremos hechos más de lo que olvidamos que
de aquello que recordamos?". Así comienza el relato que da título al
libro, y da la impresión de que esa frase es clave para entender su
manera de concebir la relación con la propia memoria así como el
propósito mismo de todos los cuentos de este libro...
–Sin duda. Todo cuanto olvidamos o decimos que hemos
olvidado nos constituye de la misma manera que lo que sí elegimos traer
al presente, a nuestra vida, aquello que seguimos relatándonos a
nosotros mismos para explicarnos lo que hemos vivido. Eso se elige.
Hacerse esa pregunta es muy importante si hablamos de escritura: en qué
momento puedes sentarte a escribir si quieres hacerlo de algo que te ha
ocurrido. Si se trata de una experiencia dolorosa, pienso que el momento
en el que de verdad puedes escribir de ello es cuando por fin eres
capaz de elegir cómo quieres recordar o cómo quieres contarte a ti mismo
esa experiencia que explica lo que eres ahora. Eso también se decide y
se elige en un momento dado. Y a eso me refiero cuando digo que a mí lo
que me interesa, cuando hablamos de la experiencia del dolor, no es
escribir sobre la herida, sino desde la cicatriz de esa herida.
"Para mí la literatura funciona mejor desde la anomalía, cuando da voz a todo aquello que queda fuera de la norma"
–Todas las historias están protagonizadas por
mujeres y niños. ¿Hay en esta elección algo que va más allá de una mera
decisión narrativa?
–Quería mostrar específicamente la mirada de niños y
mujeres porque a menudo son subestimados. Lo que yo principalmente hago
en estos cuentos es seguir ciertas obsesiones, explorarlas
literariamente, y por supuesto que hay en ellos también una mirada que
con toda la voluntad del mundo quiere ser transgresora. Esto creo que
queda muy claro en las historias sobre maternidades anómalas o
incómodas, que quieren cuestionar eso que siempre nos han contado: que
lo más maravilloso que le puede ocurrir a una mujer es ser madre. En las
sobremesas se habla de a qué escuela llevas a tu niño, hay chats
de padres para organizar fiestas de cumpleaños, pero en cambio hay un
silencio total acerca del dolor que a veces significa ser madre.
–Retrata usted en varios relatos a mujeres, a
madres que no quieren o no pueden aceptar a sus hijos. ¿Hay algún tabú
más definitivo que ése?
–Imagínese, si ya es tabú hablar de depresión post-parto o
de las mujeres que deciden no ser madres, como si no estuvieran
queriendo cumplir con el papel que la naturaleza les asignó. En las
presentaciones del libro muchas lectoras me están contando sus
historias, y no pocas de ellas serían extraordinarios relatos. Hace
poco, una de ellas se acercó, traía a un niño de la mano, de unos 9 o 10
años, y me dijo: Quiero que mi hijo escuche lo que le
voy a decir. Cuando me preguntan cuál es mi máximo logro, digo que mi
máximo logro no es haber sido madre, sino haber terminado mi doctorado.
Ojalá las mujeres pudieran decir lo que piensan verdaderamente y no lo
que socialmente sabemos que hay que decir para no ser juzgadas. Yo me
hago preguntas acerca de todas estas cuestiones partiendo de los
extremos, porque, para mí, la literatura funciona mejor cuando trabaja
desde la anomalía dando voz a cuanto queda fuera de la norma.
–Hay muchas imágenes perturbadoras de esas
madres conflictivas, pero no menos lo son las de sus niños: crueles,
sometidos a grandes sufrimientos, plenamente conscientes de su
mortalidad... ¿Por qué le interesaba explorar la niñez en esa dimensión
tan enormemente dura?
–Suele verse a los niños como personajes menores, como si
sus experiencias fueran menos importantes precisamente por ser más
pequeños, y por eso muchos hablan de ellos con mucha condescendiente. Y
por esta razón también, supongo, los adultos procuran con mucho empeño, y
lo logran, olvidar la infancia, su propia infancia. Pero los niños no
son seres menores, ni la infancia debería ser ese proceso llamado a ser
olvidado y superado cuanto antes. Por eso me interesaba mostrar a los
niños como inesperados y poderosos personajes capaces de ejecutar un
destino. ¿Les pasan cosas durísimas en estos relatos? Sin duda. Pero yo
creo que cuidar a un niño significa comunicarle, transferirle la
complejidad del mundo, no ahorrársela ni subestimarlo pensando que no va
a poder comprenderla. Desgraciadamente algunos niños llegan a esa
comprensión empujados por situaciones vitales terribles, como la
enfermedad, y entonces parecen incluso más maduros que los propios
adultos. Dije antes que este libro es un homenaje a los sobrevivientes, y
es cierto, pero he de decir que Los aposentos del aire, ese cuento
concretamente, es un homenaje a una sola persona, a alguien que no
sobrevivió, a mi hermano, que murió de cáncer con 9 años. Yo pensaba en
cuánto me hubiera gustado que él se hubiera enamorado, que él antes de
morir hubiera sabido o intuido lo hermosa que es esa experiencia, y eso
es lo que exploro en ese cuento. Viví de primera mano toda su
enfermedad, cómo pensaba él, qué sentía, cuánto sabía de lo que le
pasaba pese a que los adultos se esforzaran en fingir que él no sabía...
Por eso planteo en este libro infancias tremendas, siempre con niños
que no son solamente en potencia, sino capaces de. Es decir, este libro
no de esos en los que los niños se cuidan del lobo, aquí los niños son
capaces de ser ellos mismos lobos.
Socorro Venegas en un café de Ciudad de México. Gladys Serrano
En la nueva novela que está armando Socorro Venegas nadie se muere.
Eso, se ríe, es lo más cerca que ha estado nunca de la ficción absoluta,
de una invención plena que no haya atravesado su cuerpo, su alma ni su
mente. “Porque escribir siempre es una autoexploración, no te puedes
alejar nunca de tu propia mirada, de lo contrario la literatura dejaría
de ser auténtica. La autoficción no es más que un artificio, la mera necesidad de hablar de un género nuevo”.
La escritora mexicana (San Luis Potosí, 1972) quiere volver al mundo de
los vivos. Pero estos días anda presentando aún su último libro en la
FIL (viernes, 19.30), en el que la muerte salta de un relato a otro.
Mejor dicho, el principio y el fin de la vida se dan la mano entre las
páginas en una extraña atmósfera que ella define como “la de los
supervivientes”.
En
estos cuentos, es verdad, ya no está el “aullido puro” del dolor pero
sí el estado de ánimo que dejan las cicatrices. Y gran parte de esas
historias han atravesado su cuerpo y su alma en el pasado: el padre
alcohólico, el hermano muerto apenas en el alba de su existencia, un
primer marido también enterrado... Ese es el pasado que aún le quema a
Venegas y que da título, pidiendo un pequeño préstamo a Quevedo, a este
libro editado por Páginas de Espuma: La memoria donde ardía.
Como
buena mexicana, al lado de los que ya moran bajo nuestros pies sitúa a
los que apenas acaban de nacer y los deja compartiendo la misma niebla
que no acaba de despejarse, apenas deshilachada, al final del cuento. La maternidad es recurrente en estas breves historias
impregnadas de experiencia, pero una maternidad tan estudiada como
sentida. Un ejercicio liberador, alejado de los grilletes que impone la
sociedad: maternidades fuera del canon, lejos del umbral de la dicha,
nacimientos no asumidos, convivencias corporales enrarecidas. “Muchas
mujeres sienten todavía ese desacomodo del alma cuando hablan de la
maternidad. Si les preguntan qué fue lo mejor de sus vidas algunas se
ven obligadas a decir que sus hijos, cuando es su trabajo, por ejemplo.
Así me lo han contado. Mostramos esas cautelas porque sabemos que no nos perdonan que no podamos con todo.
Yo misma llegué a un acuerdo con mi pareja para que él llevara al niño
al colegio y todos sabían que yo era la madre, pero si alguna vez me
acerqué a recogerlo me preguntaban: ¿Y tú quién eres, por qué niño
vienes? Era su forma de reprocharme mi supuesta falta de dedicación”.
Los hijos, el trabajo, los cuidados, la felicidad obligada de los roles
femeninos.
¿Es quizá esa falta de tiempo lo que hermana a tantas escritoras con el relato corto?
“Desde luego es una de las razones. Los cuentos no son más fáciles que
las novelas, pero permiten ciertas interrupciones y un ejercicio más a
salto de mata: grabas en el teléfono móvil una imagen o una idea que te
asalta en el metro como el que caza una liebre y puedes dejarlo sin
desarrollarlo mucho más”. Como en una receta de cocina, se deja sazonar y
finalmente se busca que todo se dore por igual, es decir, que los
relatos guarden una relación, que compartan una unidad. Tiempo: “Pueden
pasar años hasta que el libro esté listo”. Dificultad: “La misma que una
novela, pero la novela requiere continuidad, si la abandonas ella puede
abandonarte a ti”. “Escribir cuentos es solo una cuestión de tiempo”,
insiste Venegas.
Ha de admitirse entonces que muchas mujeres no han alcanzado todavía esa habitación propia que mencionaba Virginia Woolf
en la que refugiarse a pensar y completar una novela, un ensayo.
Venegas asiente y lo hace de nuevo cuando se le pregunta si acaso ese
cuarto propio no es, en ocasiones, la propia mente femenina, vagando
entre tantas obligaciones o pasiones. Muchos intereses y deberes
—impuestos o soñados— que no dejan espacio a la concentración que se
necesita para armar una novela. Asiente Venegas. “Escribir sigue siendo
un privilegio”. “Creo que la gran aportación de la editorial Páginas de
Espuma ha sido esta dedicación al cuento, lo han colocado como un género
apetecible, junto con la novela”.
En este pequeño libro para leer aunque no se disponga de mucho
tiempo, deja Venegas su sello en un género no siempre bien valorado.
Quizá leer también se ha convertido en un privilegio en estos días tan
estrechos. Venegas propone caminar junto a la memoria del superviviente
que aún se duele de su miembro amputado. No es autoficción. "Mi única
aspiración, como decía Lowry, es contar algo nuevo sobre el fuego del
infierno".
Socorro
Venegas nació en San Luis Potosí, México, en 1972. Estudió comunicación
social en la UAM-X. Ha colaborado en diversos medios como redactora y
guionista: La Jornada de Morelos; programa de radio La Divina Comedia de
Radio Educación, Mala Vida, Blanco Móvil, El Nacional, El Universal,
Mala Vida, y Tierra Adentro. Fue becaria del FOECA-Morelos, 1995; del
FONCA, 1997 y 1999; del Centro Mexicano de Escritores, 2001; y del
Writers Room de Nueva York 2003.
Con el libro de relatos Todas las
islas logró el Premio Nacional de Poesía y Cuento Benemérito de América
2002. Su primera novela apareció en 2004 con el título de Será negra y
blanca, y obtuvo el Premio Nacional de Novela Ópera Prima Carlos
Fuentes. Le siguió Vestido de novia en 2014.
BILIOGRAFÍA La risa de las azucenas (1997) La muerte más blanca (2000) Todas las islas (2002) Será negra y blanca (2004) Vestido de novia (2014)
PREMIOS Premio Nacional de Novela Ópera Prima Carlos Fuentes 2004 VI Premio Nacional de Poesía y Cuento Benemérito de América 2002
ENLACES https://es-es.facebook.com/socorro.venegas.56 http://www.ficticia.com/cuentos/plenilunio.html.html http://www.vanguardia.com.mx/socorrovenegaseldolorsinvelointelectual-2114911.html http://www.homines.com/palabras/entrevista_socorro_venegas/index.htm https://www.youtube.com/watch?v=oF36wfil9is
Desde los clubes de lectura infantil y juvenil nos sumamos a la iniciativa que lanzó Radio colores, la radio comunitaria de la Universidad Popular de palencia por el 8 de marzo, para poner en valor a distintas mujeres. En nuestro caso, hemos grabado varios audios hablando de escritoras e ilustradoras de literatura infantil y juvenil.
1. tr. Señalar a alguien atribuyéndole la culpa de una
falta, de un delito o de un hecho reprobable.
2. tr. Denunciar, delatar. U. t. c. prnl.
3. tr. Notar, tachar.
4. tr. Reconvenir, censurar, reprender.
5. tr. Manifestar, revelar, descubrir.
6. tr. Avisar, noticiar el recibo de cartas, oficios,
etc.
7. tr. En algunos juegos de naipes, dicho de una
persona: Manifestar en tiempo oportuno que tiene determinadas cartas con que
por ley del juego se gana cierto número de tantos.
8. tr. Reflejar la contundencia y efectos de un golpe
recibido.
9. tr. Dep. Dicho de un atleta o de un jugador:
Mostrar inferioridad o falta de preparación física.
10. tr. Der. Exponer en juicio los cargos contra el
acusado y las pruebas de ellos.
11. prnl. Dicho de una persona: Confesar, declarar sus
culpas.
¿Por qué nos repugnan los chivatos?
Santiago Gerchunoff
@sangerchu15 diciembre, 201613:33
Algunos migrantes intentan escalar la valla de Melilla.
Una de las figuras más repugnantes que nos aporta el
mundo contemporáneo es la del sano ciudadano occidental aficionado a
denunciar (o incluso a cazar) inmigrantes pobres sin papeles. Tanto en la frontera de Estados Unidos con México, como en algunas fronteras del este de Europa (Hungría sobre todo),
hemos visto ejemplos infames de estos rigurosos colaboradores con la
autoridad que se dedican en su tiempo libre a perseguir y delatar a
personas en andrajos que intentan salvar o mejorar su vida. Pero, ¿por
qué nos causan tanto rechazo estos individuos? ¿No están al fin y al
cabo colaborando con la sociedad, haciendo que las leyes se cumplan?
¿Por qué son tan antipáticos?
Estos nuevos delatores de inmigrantes nos evocan toda una tradición que la literatura y el cine ha dejado condenados
En una primera lectura parece claro que lo que nos
repugna es la injusticia evidente de tal situación: el abuso del débil y
la intolerancia con los extranjeros, el racismo detrás de estas
actitudes. Estos nuevos delatores de inmigrantes nos evocan toda una
tradición que la literatura y el cine ha dejado condenados: los
delatores de judíos durante la ocupación alemana de media Europa
occidental a principios de los cuarenta y los delatores de disidentes en
cualquier estado totalitario o dictadura.
Pero creo que hay algo anterior, más pequeño pero
quizás más profundo que nos repugna en estos caza débiles y es que son
la declinación más monstruosa de un personaje menos llamativo, pero
igual de antipático: el vigilante vocacional, el delator por hobby, el
policía amateur, el que nos señala por gusto públicamente al saltarnos
alguna norma (por leve que sea). En España “chivato” sigue siendo un
insulto que cualquiera entiende y sabe usar; y en Argentina hay muchas
palabras para designarlo: “ortiba”, “buchón”, “botón” y más.
Este lunes ha comenzado el desmantelamiento de la Jungla.
Pascal RossignolReuters
¿De
dónde viene el rechazo al delator vocacional? ¿Es universal? ¿Es un
signo de decadencia moral de una sociedad? No es difícil detectar en el
rechazo al chivato un origen sociológico bastante elemental: en países
donde la autoridad pública, el Estado, es normalmente corrupto, represor
o, más en general, poco fiable, es lógico que se forje una cultura de
enfrentamiento más o menos tácito entre “el pueblo” y las autoridades.
La ética popular tiene en esos casos al delator, al que se pone del lado
de la autoridad pública, unánimemente condenado. Así para la posguerra
española o para la dictadura argentina o para cualquier estado muy
corrompido.
Poder ilimitado
A partir de esta lectura sociológica se podría
concluir que en una sociedad próspera, con un Estado fiable y unos
ciudadanos virtuosos, delatar y acusar a los infractores estará bien
visto, será aceptado (o incluso, por qué no, estimulado). Sin embargo,
Benjamin Constant, uno de los grandes del pensamiento liberal, que
sufrió en carne propia los excesos de una autoridad pública ilimitada al
final de la revolución francesa, escribía en 1806:
“Entre los antiguos, la función de acusador era
honorable. Todos los ciudadanos se encargaban de esta función y trataban
de distinguirse acusando y persiguiendo a culpables. Entre nosotros, la
función de acusador es odiosa. Un hombre sería deshonrado si se
encargara de esto sin un mandato legal. Ocurre que, entre los antiguos,
el interés público tenía precedencia sobre la seguridad y la libertad
individual y que, entre nosotros, la seguridad y la libertad individual
tienen precedencia sobre el interés público”.
La posibilidad de que todos los ciudadanos (sin límite) puedan
erigirse en policías es justamente la idea más querida por los estados
totalitarios
Cuando
Constant dice “nosotros”, se refiere a los modernos, a los que nos
organizamos políticamente alrededor de una democracia representativa;
frente a los antiguos que se organizaban en una democracia directa. La
democracia representativa es un dispositivo que privilegia la libertad
individual de los ciudadanos, liberándolos de la función pública, (que
queda delegada en profesionales) y protegiéndolos, a la vez, de una
extensión ilimitada de la autoridad pública. La posibilidad de que todos
los ciudadanos (sin límite) puedan erigirse en policías es justamente
la idea más querida por los estados totalitarios, donde el supuesto
“interés público” está siempre por encima de las libertades individuales
y puede pisotearlas.
MSF ha rescatado a unas 20.000 personas entre abril y noviembre.
MSF
Lo interesante de lo que señala Constant (y que
pocas veces es destacado), es que el acto de “delatar” o de acusar es
también un modo de “acción directa”, de ruptura de la distancia
representativa, y por tanto, en el fondo, de desprecio por la libertad
individual de los demás. El delator vocacional es, propiamente, un
“activista”: un activista del supuesto interés público contra los
individuos (y en esto se puede parecer peligrosamente al “héroe”). Por
eso la antipatía por el delator vocacional es en sí misma una marca de
las democracias modernas y de su central encumbramiento de los derechos
del individuo y su libertad por encima, incluso, de cualquier “interés
público”.
El que se dedica a meterse en nuestra vida o en la
de otros y a sancionar nuestras transgresiones sin ser él mismo policía,
ni fiscal, ni juez, a nosotros, modernos, nos repugna tanto como
alguien que se arrogara el derecho de legislar sin haber sido elegido
diputado o de ejecutar leyes sin haber sido elegido presidente. Por eso
incluso (y quizás más que nunca) en una sociedad próspera con un Estado
fiable, los delatores vocacionales son objetiva y universalmente
deleznables.
Cada vez que leo sobre un caso de acoso escolar pienso lo mismo: ¿fui yo cómplice del acoso a alguno de mis compañeros del colegio?
Lo analizo y creo que no, que no tuve ningún ejemplo cerca. Tampoco
recuerdo comportamientos excesivos, más allá de lo contumazmente tontos
que somos de adolescentes. Sigo creyendo que si los humanos hibernáramos
de los 13 a los 19 años, no pasaría gran cosa.
Pero otras veces
creo que vi a gente pasarse con compañeros míos y que no hice nada. No
podría describir una situación concreta, porque ni tengo buena memoria
ni puede que fuera nada traumático, pero reconozco que quizá vi algunas situaciones que podrían bordear el acoso y me callé.
Cuando analizo que quizá estuve cerca de comportamientos que pudieron
hacer sufrir a algún compañero de la manera, terrible e indefensa, en la
que solo penan las víctimas de acoso escolar, y quizá no hice nada, me
duele.
En España está muy extendida la cultura del no chivarse.
De no dar un paso al frente si la cosa no va con nosotros ni nos afecta.
En Guztiak, el maravilloso libro de Borja Ventura, muchos
testimonios de personas relacionadas con el llamado conflicto vasco
coinciden en que el silencio cómplice de una mayoría ayudó a la
consolidación de la violencia. El español no delata: si alguien nos
ofrece cobrarnos sin IVA, no se nos ocurre denunciar a quien lo ha
hecho. De hecho, mucha gente acepta no pagarlo, como si no estuviera
robando a todos los que tiene alrededor. Escuchamos al que se vanagloria
de hacer truquitos alegales para no pagar una multa, y, además de que
hay quien le ríe las gracias, el que no lo hace, al que le parece mal,
no le afea el comportamiento. No hay que chivarse, no hay que meterse, mejor callar. Esa cultura de la no delación es la que también lleva a los niveles de corrupción moral de los que disfrutamos en España. El chivato es más condenable que el criminal. Callar es de machos, hablar es de débiles.
Creo
que tenemos que empezar un discurso en defensa del delator, desde
niños. No sabría cuál debería ser el límite, pero sí insistir en que
delatar lo incorrecto no es malo per se, sino darle la presunción de heroísmo. Sobre todo a los críos: si ven algo parecido al acoso, si ven sufrir a algún compañero por los abusos de los otros, que lo cuenten.
A sus padres, a los profesores, a quien sea. Pero que no se callen. Que
el daño del que tienen al lado también les afecta. Que el precio que
tendrán que pagar por ser el chivato, porque lo tendrán que pagar, es
mucho más barato que el sufrimiento que quizá logren evitar. Que no
chivarse es ser cómplice.
Cuando
se produce una situación de bullying, solemos centrarnos en quien
ejerce el acoso y en el acosado. Sin duda, son los principales
protagonistas de la escena, ¿pero qué ocurre con los actores
secundarios? Los niños y niñas que observan cómo ocurre el acoso, los
testigos.
Sin darnos cuenta, transmitimos a nuestros hijos e
hijas ciertos mantras que luego ellos asimilan y aplican en sus vidas al
pie de la letra. “A nadie le gustan los chivatos”, “mantente alejado de
los líos”, “no te metas en los asuntos de los demás”… Esto, sumado al
miedo a ser el “siguiente” o ser desplazado del grupo, puede derivar en
el silencio o la complicidad de los observadores.
4 tipos de testigos en situaciones de bullying
Como
nos contaba el psicólogo David Cuadrado en otro artículo, existen
cuatro tipos de observadores cuando se produce una situación de acoso
escolar:
Los asistentes: alumnos que
“ayudan” al acosador aunque no hayan sido ellos quienes comenzaran. El
peligro principal es que se conviertan ellos mismos en acosadores en
corto plazo o que refuercen de tal manera a los primeros que aumenten el
grado y violencia del acoso.
Los reforzadores:
jalean, comentan positivamente, muestran en redes sociales, dan
feedback positivo y de refuerzo a los actos del acosador. Ellos
facilitan, a menudo, la imagen positiva del acosador o la negativa de la
víctima. Son quienes más ayudan a distribuir por redes sociales las
imágenes y frases fomentando el ciberbullying. Corren el riesgo de
convertirse en asistentes.
Los externos pasivos:
no se inmiscuyen. Huyen de la situación. Recogen esa frase que hemos
comentado antes de algunos padres: “no te metas en líos”. En la mayor
parte de los casos llegan a racionalizar lo sucedido teorizando sobre
qué ha hecho la víctima para merecer ese trato.
Los defensores:
toman partido por la víctima. Los apoyan y consuelan. A menudo después
de lo acontecido. Solo pocas veces antes o durante el acoso. Son quienes
se atreven a ponerlo en comunicación a profesores y padres.
El papel de las madres y padres
La
postura que adoptemos y que transmitamos a nuestros hijos e hijas
respecto a estas situaciones va a ser determinante a la hora de
configurar los comportamientos que luego ellos acabarán llevando a cabo.
En una maravillosa ponencia de Carmen Ruiz Repullo sobre la violencia
de género en adolescentes, la socióloga nos instaba a “deserotizar al
chulo y erotizar al friki”. Dejar de idealizar la figura del chulito, el
malote que va por la escuela modo Mario Casas en “Tres metros sobre el
cielo”. Y en esto voy a añadir otra más: tenemos que erotizar y ensalzar
al chivato. El chivato que se convierte en héroe, el que ve una
situación de acoso y se lo dice a sus padres o a sus profesores, el que
acude en busca de ayuda, el valiente que no consiente con su silencio.
Esos son los valores que debemos transmitir a nuestros hijos e hijas, que ante las injusticias no se queden callados.
El
bullying no es algo que afecta solamente a quien lo sufre y a quien lo
ejerce, la sociedad entera tiene que unirse, cada uno desde su posición,
para luchar contra esta lacra que sigue afectando a nuestros jóvenes.
Según el estudio realizado por Gestionando hijos y Totto acerca de la percepción de los españoles sobre el bullying refleja que 1 de cada 5 niños escolarizados sufre bullying y 8 de cada 10 jóvenes han presenciado alguna vez una situación de acoso escolar.
En
definitiva, educar a nuestros hijos en la empatía, en la inteligencia
emocional, entrenar su asertividad y la confianza en sí mismos, reforzar
su autoestima… serán factores INDISPENSABLES para que se conviertan en
personas capaces de vivir en sociedad, que no se dejen pisotear y que
levanten la cabeza ante las injusticias.
Así que sí, yo quiero
que mi hijo sea un chivato. Porque eso significará que ha aprendido los
mejores valores que como madre le podría enseñar, y me hará sentirme
tremendamente orgullosa de haber criado y educado a alguien que no le da
la espalda al bullying.
“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.Nelson Mandela
¿Caminamos hacia una
sociedad de chivatos? ¿O es que nos falta tradición cívica para recriminar al
otro cuando no se comporta conforme a las normas que todos hemos pactado?
“La desconfianza y la
sospecha son letales para la comunidad civil, para las relaciones de
convivencia”, “no hay posible convivencia cívica sin relaciones de confianza”.
“Como te sientes perseguido, persigues, y al final acabas en el manicomio
colectivo” Enrique Gil Calvo, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid
“Instalarnos en la
eterna sospecha da al traste con la confianza, y eso es muy peligroso” Julián
Ríos, profesor de Derecho Penal de la Universidad Pontificia de Comillas
“El deber de denunciar a quien arroja una colilla
en carretera, se salta un stop al volante o defrauda al fisco me parece
indiscutible, denunciar a los que mendigan en un tren sería cruel e
insolidario” Mariano Fernández, catedrático en Sociología de la Universidad
Complutense de Madrid.
“Estamos muy lejos de
ser una sociedad policial y nuestro problema es más bien el opuesto: la idea
generalizada de que buena parte de la ley está hecha para violarla, o de que
obtener ventajas sobre los demás o hacerles cargar con las consecuencias de
nuestros actos es aceptable. Marc
Molins, presidente de la sección de Derecho Penal del Colegio de Abogados de
Barcelona. Con él coincide la asociación en defensa de los consumidores Facua,
que fue acusada también de promover la cultura del chivatazo al crear una web
para denunciar las vulneraciones de la ley antitabaco. “A diferencia de países
de nuestro entorno, no tenemos tradición cívica de llamar la atención a la
gente. Y hacerlo, cuando no cumplen las normas, es hacer valer nuestro derecho.
Falta tradición y educación ciudadana”, defiende su portavoz, Rubén Sánchez.
“El problema del
incivismo no se soluciona denunciando, se soluciona educando”, repite la
abogada Llaneza. “Tenemos que poder hablar con nuestro vecino y decirle que no
compartimos ciertas actitudes, porque una comunidad civil bien ordenada no
debería tener gorrones, ni defraudadores, ni estafadores”, expone el sociólogo
Gil Calvo.
Fuente EL PAÍS
La filosofía y la psicología están de acuerdo:
gritarles a los que no llevan mascarilla no funciona
(…)Para decidir si la indignación es una respuesta
apropiada incluso cuando una persona se niega egoístamente a ponerse la
mascarilla, considera las consecuencias de dicha indignación.
Los seguidores del
filósofo del siglo XIX John Stuart Mill creen que las personas deben actuar
para maximizar lo positivo y minimizar las consecuencias
negativas de sus acciones en beneficio del mayor número de personas.
Pero incluso aquellas
personas que rechazan las ideas de Mill y siguen las de Immanuel Kant creen que
las consecuencias son importantes. Desde el punto de vista de Kant, necesitamos
comprender cómo ayudar a la gente a seguir las leyes morales, puesto que Kant
creía que lo más importante es la buena voluntad o las motivaciones de cada
uno.
(…)La epidemióloga Julia Marcus argumenta que
avergonzar a la gente que no usa mascarillas no
beneficiará a ninguna parte. La gente puede convencer con más éxito
a otras personas para que usen la mascarilla si les explican la
Tal y como argumentaba
Kant, todo el mundo debería tratar a los demás con respeto, independientemente
de la inclinación política de la persona. Todos
compartimos necesidades en cuanto a seguridad, problemas económicos
y salud. Los estudios sugieren que aplicar
la vergüenza puede ser contradictoria a la hora de intentar
promover la motivación
moral.
Por otro lado, si una
persona comparte sus sentimientos y explica con franqueza sus miedos
y aspiraciones a los demás, podría promover un cambio positivo en los demás.
Muestra
empatía
Tratar de entender por
qué la gente se resiste a llevar mascarilla podría ser un buen lugar donde
empezar. Por ejemplo, a algunas personas les puede preocupar que una mascarilla
pueda no permitir
que el oxígeno fluya adecuadamente a los pulmones, aunque tales
preocupaciones sean infundadas. A
algunas personas también les resulta difícil respirar con la mascarilla
puesta si están corriendo o haciendo ejercicio. Se pueden reconocer y
argumentar todo este tipo de preocupaciones.
Del mismo modo, todo
el mundo debería recordar que algunas personas tienen buenos motivos para no
llevar mascarilla. Algunas personas pueden tener
problemas de salud subyacentes como autismo o trastornos de ansiedad que
dificultan el uso de la mascarilla.
Incluso cuando una
persona se niega a usar la mascarilla por motivos
políticos, es importante escuchar por qué le resulta tan importante.
Tal y como argumentaba Kant, es necesario entender los diferentes puntos de
vista.
Centrarse en los
hechos (en las reglas y normativas que los gobiernos, las localidades o las
empresas privadas ponen en práctica para la protección de las personas) en lugar de
echar la culpa a otras personas podría ser una forma más eficaz de
convencerlos.
Tanto las personas que
defienden
el uso de mascarillas como las que se niegan
a usarlas han encontrado motivos para convertir su uso en un tema muy polémico.
Puede que simplemente escuchando
con atención y empatía a los demás podamos entender que estamos
juntos en esto juntos.
Autora: Nicole
Hassoun, doctora de Filosofía por la Binghamton University, State University of
New York.
·¿Qué te
parecen las imágenes
que hemos visto durante el confinamiento de gente gritando desde los balcones a
quienes no llevaban mascarillas?
·¿Sabías
que ha habido personas que han gritado a madres con sus hijos menores de edad
porque estos no llevaban mascarilla o salían a la calle durante el
confinamiento por ser autistas? Esto les ha generado mucho estrés a las
familias, que tuvieron la iniciativa de llevar un distintivo para que la gente entendiera
por qué no llevaban la mascarilla. ¿Sabías que ha habido personas que han
gritado a personal médico por salir de su casa durante el confinamiento cuando
en realidad iban a trabajar?
·¿Estas
acusaciones se pueden generar por nuestro propio temor? ¿son correctas?
·SI
ves a alguien haciendo algo incívico, ¿le dirías algo? Ejemplo: no llevar
mascarilla, tirar papeles al suelo, romper una papelera, escupir en la calle,
pegar a alguien en público…
·Ves
a alguien haciendo algo malo en público y la persona con la que estás paseando
te dice: déjalo, mejor no meterse en líos. ¿Es correcto?
·Si
en una conversación un amigo te dice que está defraudando a haciendo, vanagloriándose,
y a ti te parece mal, ¿dirías algo, o te mantendrías en silencio y sonreirías?
·Ante
un caso de acoso escolar, si tuvieras hijos o hijas, ¿les dirías que si ven
algo mejor no se metan en líos?
·¿por
qué crees que se ve con malos ojos a las personas que denuncian un acto
incorrecto?
·Imagínate
que tienes 12 años y en tu clase han puesto en la pizarra una frase vegatoria
contra una profesora. Tú sabes quién ha sido, ¿lo dirías? ¿lo dirías delante de
todo el mundo? ¿lo dirías en privado? La dirección del colegio ha decidido
castigar a toda la clase, en ese caso, ¿confesarías quién ha sido para que no
se castigue a toda la clase?