martes, 9 de mayo de 2023

Barrio de Maravillas, Rosa Chacel

 Chacel Arimón, Rosa. Valladolid, 3.VI.1898 – Madrid, 27.VII.1994. Novelista, poeta y ensayista.

Representante de la escuela orteguiana e integrante de la Generación del 27.

 

Rosa Chacel. Foto: RTVE

Hija de Francisco Chacel Barbero, empleado de ministerios, y de Rosa Cruz Arimón Pacheco, nacida en Caracas y sobrina-nieta de José Zorrilla; su abuelo paterno, Gervasio Chacel, era militar de carrera, de clase acomodada de Valladolid. Rodeada desde niña de personas adultas, Rosa Chacel vivió en un ambiente familiar con grandes aficiones literarias y artísticas. Las continuas visitas al cementerio con su madre —tras la muerte de su hermano Emilio— le permitieron descubrir en él “sus imágenes solemnes y sus olores acres”. Los asiduos paseos con su padre, componiendo versos que retuvo en su memoria, y las clases que recibía de su madre (maestra de profesión), ayudaron a la niña a aprender a leer a los tres años y a recibir en casa la enseñanza de otras materias. Del mismo modo, dejaron huella en ella las escenificaciones teatrales y las comedias musicales improvisadas por los padres, las lecturas sobre Las mil y una noches o los pequeños cuentos de Calleja.

 

En 1904 ingresó en el colegio de las carmelitas en Valladolid. En 1905, el viaje a Rodilana (Tierra de Campos) le ayudó a ponerse en contacto con la naturaleza, “el Pipaire la playa de un mar de sol”. De igual manera, la fascinación del cine descubierto en el “zotropo”, la asistencia al cinematógrafo del Salón Pradera en Valladolid, la atracción de dibujos modernistas que aparecían en Blanco y Negro y en La Ilustración Iberoamericana, junto a las clases de pintura que recibió en la Academia de Arte (1906-1907), donde contempló la estatua de Apolo —que la llevó al desarrollo de la escultura—, iban forjando en ella la semilla de toda una creatividad literaria, y dejó constancia de ello en su obra autobiográfica sobre los diez primeros años de su vida: Desde el amanecer. Leía a Victor Hugo, Walter Scot, Dumas. Robur, el Conquistador y El castillo de los Cárpatos, de Julio Verne, le servirían de inspiración a su libro de relatos Icada, Nevda, Diada.

 

En 1908 se trasladó a Madrid para instalarse en casa de su abuela materna, en el antiguo barrio de Maravillas; dicho microcosmos le sirvió de inspiración a su novela Barrio de Maravillas. Los paseos por los jardines de la Moncloa le permitieron contemplar el cisne negro del estanque mientras su tío Paco Arimón le hablaba de la desolación del rey Lear, de Shakespeare y Dostoievski, lo que produjo en ella una renovación intelectual junto a las experiencias inolvidables compartidas con su otro tío, el coronel Mariano Galbany, secuencias que dejaban un recuerdo grato en su memoria.

 

A los doce años se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios (1910) y en la Escuela del Hogar y Profesional de la Mujer (1911), ubicada en los Altos del Hipódromo, donde continuó dando clases de dibujo con la prestigiosa pintora Fernanda Francés.

 

Tras el nacimiento de su hermana Blanca en 1914 —inicio de la Primera Guerra Mundial—, la inmersión de Rosa Chacel en la vida cultural española se produjo cuando ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando (1915-1918), para estudiar escultura.

Esos años habían sido decisivos en su formación intelectual, incluso en el ámbito sentimental. Allí coincidió con el hombre que durante la Guerra Civil salvó los fondos del Museo del Prado, Timoteo Pérez Rubio, y que años después fue su marido. Pasado el tiempo, Rosa Chacel le dedicó su biografía: Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín. Recibió clases de Ramón del Valle-Inclán en la asignatura de Estética, del pintor Julio Romero de Torres y del antropólogo José Parada y Satín, cuya figura era evocada en Acrópolis.

 

Posteriormente visitó el Casón, el Museo, se hizo miembro del Ateneo (institución destacada por su actividad intelectual y por el florecimiento y renovación de ideas). Fue la tribuna del Ateneo la que le brindó la posibilidad de pronunciar en 1921 su primera conferencia, La mujer y sus posibilidades, destruida en la quema de fondos del Ateneo durante la guerra. Las lecturas de Nietzsche, Dostoievski, Schopenhauer, Kant, entre otros, le ayudaban a la formación de su pensamiento novelesco. Con el influjo de los ismos, Chacel se interesó por el ultraísmo. En 1922 frecuentó el café de la Granja del Henar —centro de tertulias entre jóvenes intelectuales de la época—, y la botillería de Pombo, aunado con las reuniones mantenidas en torno a Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset.

 

Conoció a Paz González y a Concha de Albornoz, proveniente de la Institución Libre de Enseñanza, de donde floreció una gran amistad que duró toda su vida. Concha de Albornoz y Joaquín Valverde fueron los padrinos de su boda con Timoteo Pérez Rubio en la iglesia de la Concepción (Madrid) en 1922, y después en el bautizo de su hijo Carlos. El mismo año en que Mussolini subió al poder en Italia y Jacinto Benavente recibió el premio Nobel, Timoteo Pérez Rubio ganó las oposiciones a una beca de la Academia de España en Roma. Para que Rosa Chacel pudiera acompañarle se tenía que modificar el reglamento de la Academia por Real Orden y, para ello, el rey “don Alfonso XIII, firmó la ley que autorizaba nuestro matrimonio”.

 

Viajó con Timoteo Pérez Rubio a Roma, Nápoles, Salerno, Ravello, Castelnuevo di Porto, Amalfi, Murano, Florencia y Venecia. Residió en Cortina d’Ampezo (los Alpes), donde Timoteo había dejado constancia de este paisaje en su cuadro titulado Primavera en los Alpes. Cuando en 1923 se produce en España el golpe de Estado de Primo de Rivera y es desterrado Unamuno, Rosa Chacel visita Múnich, París, Londres, Normandía, Le Treport, Innsbruck.

 

En París entró en contacto con el surrealismo de André Bretón y, en Roma, con el futurismo. Aquí había escrito su primera novela, cuyo primer capítulo, “Estación, ida y vuelta” (comienzo de una novela), apareció publicado en la Revista de Occidente que, fundada por Ortega y Gasset, acogió a escritores que unificaban sus esfuerzos publicando nuevas formas de creatividad literaria y científica.

Tres períodos comprenden su producción literaria: los escritos narrativos y poéticos realizados antes del exilio; la producción literaria efectuada durante el destierro; el período que acogió una intensa actividad literaria, que coincidió con el regreso definitivo a España y se prolongó hasta su muerte.

Con Estación. Ida y vuelta, Chacel se consagró dentro de las técnicas de la nueva novela. La Deshumanización del arte (1925) e Ideas sobre la novela (1914), de Ortega y Gasset, constituían un núcleo esencial en su narrativa, ya que asimilaba profundamente las teorías orteguianas que en la “famosa década” estaban en pleno auge. Del mismo modo, influían en ella las teorías de Sigmund Freud y de Jung, la lectura de Ulises, de Joyce, y En busca del tiempo perdido, de Proust, que significaron una renovación dentro de la literatura del momento.

Cuando regresó a España en 1927, conoció a Ortega, por el que sintió una profunda admiración filosófica y, por encargo de éste, escribió Teresa (novela de amor), donde expone las vivencias tumultuosas de Teresa Mancha (amante de Espronceda), para incluirla en Vidas extraordinarias del siglo xix. Colaboró con Revista de Occidente, Meseta, Caballo Verde para la poesía y La Gaceta Literaria. Fijó su residencia en Madrid (1929) y veraneó en San Román de Cándamo (Asturias), en casa de Concha de Albornoz.

Su adhesión a la Segunda República (1931) por afinidades intelectuales fue inminente. En 1933 viajó a Berlín, justo en el momento en que Alemania estaba bajo la incertidumbre de la agitación nazi. En la misma pensión donde residía conoció a Rafael Alberti y a María Teresa León. Rosa Chacel les dedicó dos poemas en su libro A la orilla de un pozo, escrito dentro de las técnicas vanguardistas y publicado por Manuel Altolaguirre. La experiencia berlinesa la transcribió después en La sinrazón y dejó constancia de ello en el Cuaderno de sueños que destruyó treinta años después.

 

En 1936 se producía el acontecimiento político de la Guerra Civil. El general Franco proclamaba el levantamiento frente al régimen republicano.

 

Chacel formó parte junto a otros escritores (Lorca, Cernuda, Alberti, Altolaguirre) del Manifiesto antifranquista ante la detención de Miguel Hernández, y del Manifiesto Fundacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas contra el régimen militar. Partidaria de la República, trabajaba como enfermera en la Cruz Roja de Madrid, mientras Timoteo (nombrado presidente de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional) ponía a salvo las obras artísticas del Museo del Prado.

Ante el bombardeo que sufría la población civil en Madrid, Rosa Chacel, con su hijo Carlos y Trudis —la mujer de Máximo José Kant—, emprendía el éxodo hacia Barcelona, Valencia (donde Rosa colaboró junto a Juan Gil-Albert y Ramón Gaya en los seis primeros números de la revista Hora de España), y París. Kant —ministro de España en Atenas, nombrado por la República— le había enviado dos pasajes para Grecia: uno para Rosa y otro para Concha de Albornoz. Todas las secuencias de su estancia en Grecia quedaban reflejadas en el libro de poemas Versos prohibidos.

 

Conocido el desenlace de la Guerra Civil en marzo de 1939, viajó a El Cairo, Marsella, Ginebra (donde esperaba Timoteo) y Ascona —lugar donde estudiaba su hijo Carlos—, hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Todos ellos decidieron ir a Brasil y, desde allí, a Argentina. Mientras tanto, Chacel seguía escribiendo y envió el primer capítulo de su novela Memorias de Leticia Valle a la revista Sur (Buenos Aires), dirigida por Victoria Ocampo. De nuevo en París, se producía el encuentro con antiguos amigos: Luis Cernuda, Concha de Albornoz, Máximo y Trudis, Ángel Rosenblat, Kazantzaki y Eleni, Mariquiña y Jaime del Valle-Inclán, Manolo Reinoso y Germaine.

Fue en el Flore y en Les Deux Magots, donde Chacel y Timoteo se habían 

entrevistado con Picasso —que había sido nombrado director del Museo del Prado en 1937—, y con Christian Zervos. Más tarde se trasladaron a Burdeos y allí Chacel empezó a escribir su diario: un “Cuaderno Negro”, regalo de Máximo.

 

“Burdeos, jueves, 18 de abril de 1940”. “Mi adiós a París ha sido el primer adiós de mi vida: probablemente porque es mi primer adiós a la vida”.

 

En 1940, Rosa Chacel fijó su residencia en Río de Janeiro. Conoció a Gabriela Mistral, pues los hijos de ambas asistían al Liceo Francés en Buenos Aires y esa coincidencia les permitió entablar una relación amistosa y duradera. En 1941 publicó Teresa y figuró en varias revistas de Buenos Aires y Montevideo. Escribía en el periódico La Nación; colaboró con la revista Sur, Los Anales de Buenos Aires y Realidad. Había traducido a N. Kazantzaki, R. Poggioli, S. Mallarmé, Albert Camus, sor Juana Inés de la Cruz, C. Fry, Walmir Ayala y Las Tragedias de Racine (seleccionadas en 1985 para el Premio Nacional de Traducción). Publicó Memorias de Leticia Valle influida por la lectura de Edgar Allan Poe (en la traducción de Baudelaire) y Sobre el piélago. En 1952, la Sociedad Argentina de Escritores la premió con la Faja de Honor, y en 1958 publicó el ensayo Poesía de la circunstancia. Cómo y por qué de la novela.

A instancias de Concha de Albornoz y con la ayuda ofrecida por el primo de ésta, Severo Ochoa (Premio Nobel) solicitó en 1959 una beca de creación a la John Simon Guggenheim Memorial Foundation de Nueva York. La beca le fue concedida y así pudo acabar su libro de ensayos Saturnal. Diez años tardó en escribir La sinrazón. Publicó Ofrenda a una virgen loca y el filósofo Julián Marías difundió en 1962 el nombre de Rosa Chacel dentro del entorno intelectual español. En París se entrevistó con hispanistas relevantes: Brotherson, Claude Couffon, Marcel Bataillon, Aubrun. De nuevo en Brasil hasta 1970, redactó La confesión (ensayo que investigaba en san Agustín, Kierkegaard, Rousseau y en la confesión de Cervantes, Galdós y Unamuno). En 1974, la Fundación March le concedió una beca de creación y finalizó Barrio de Maravillas. Acabado su exilio —con la muerte del general Franco en 1975—, su incesante actividad literaria y sus colaboraciones en revistas y periódicos quedaron reunidas en Rebañaduras y Los títulos. Viajó a Río de Janeiro, Francia, Roma y París. El 2 de abril de 1976, en la librería Cal y Canto, Juan Pedro Quiñonero presentó su novela Barrio de Maravillas. Al día siguiente, la Agrupación Nacional de Libreros de España falló en Sitges la concesión del Premio de la Crítica a la misma novela. En 1977 su actividad literaria quedó interrumpida por la muerte de su esposo, Timoteo Pérez Rubio. Un año más tarde La Encina le concedió el “Trofeo Librato Fuentes 1978”, y publicó Versos prohibidos. Había sido presentada, en ese mismo año, por Luis Rosales, Antonio Tovar y Julián Marías como candidata para ingresar en la Real Academia Española, sin conseguirlo. Carmen Conde fue la elegida.

 

Bajo la dirección de Miguel Rivas, en 1979, el cine se hizo eco de la novela Memorias de Leticia Valle, cuyo guión había sido preparado por la autora en colaboración con Alberto Porlan; incluso la misma Rosa Chacel apareció en la película caracterizada de marquesa. En Barcelona, Carlos Barral presentaba en 1981 Novelas antes de tiempo y, en 1982, firmó Chacel con otros intelectuales y artistas, el Manifiesto a la candidatura del Petit dels socialistas de Catalunya.

 

El Centro de Estudios y Defensa de los Derechos del Hombre realizaba un coloquio en torno a Rosa Chacel.

Fueron Francisco Ayala, Luis Antonio de Villena y Guillermo Carnero quienes hicieron la presentación en Madrid de los diarios Alcancía. Ida (1940-1966) y Alcancía. Vuelta (1967-1981). En 1984, Jaime Gil de Biedma presentaba en el Club Internacional de Prensa Acrópolis —segundo libro de la trilogía Escuela de Platón—, que en 1985 quedó como finalista al Premio Nacional de Literatura que otorgaba el Ministerio de Cultura. Candidata al Premio Príncipe de Asturias de las Letras en su quinta edición, participó en la novena sesión del seminario “Ortega y la introducción cultural de España en el Siglo xx”, en el que, junto con María Zambrano y Margarita Pedroso, disertó sobre “La mujer y la Revista de Occidente”. En 1987, el Ministerio de Cultura concedió a Rosa Chacel el Premio Nacional de las Letras Españolas.

Después de concederle una renta vitalicia a cambio de entregar al Centro de Estudios Jorge Guillén los fondos documentales de su vida y obra, fue nombrada hija predilecta de Valladolid.

En la Residencia de Estudiantes, Pere Gimferrer presentó Ciencias Naturales —última novela de la trilogía Escuela de Platón—. Se inauguró el monumento a Rosa Chacel situado en el Campo Grande de Valladolid.

 

Fue investida doctora honoris causa en Filología española por la Universidad de la misma ciudad.

Publicó La lectura es secreto y aparecieron los dos primeros tomos de su Obra Completa: La sinrazón y Ensayos y Poesía. Ofreció en Málaga un recital literario organizado por el Centro Cultural Generación del 27. En 1991 le fue otorgado el Premio de Castilla y León de las Letras 1990. En 1992, Televisión Española dedicaba el primer capítulo de la serie Mujeres a la figura biográfica de Rosa Chacel. En ese mismo año reunió el conjunto de su obra poética en el libro Poesía (1931-1991), pero —a pesar de sus incursiones poéticas—, apenas era incluida en el grupo poético de la llamada Generación del 27. Sin embargo, en Rosa Chacel se hallaba la más alta prosa del 27, una prosa de estilo riguroso y clásico que indagó en lo más subjetivo del ser humano y puso en práctica, junto a Francisco Ayala y Benjamín Jarnés, la renovación de la prosa española del 27. En 1993 se celebró en Logroño un congreso en homenaje a Rosa Chacel. La disertación dada por la autora, bajo el título “Presencias”, constituyó un verdadero testimonio de evocación y creación literaria. En ese mismo año se publicaban los volúmenes III y IV de su Obra Completa.

 

Convaleciente en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, recibió la visita de los reyes de España, que le entregaron la Medalla de Oro de Bellas Artes. La Universidad de Lille la nombraba en ese mismo día doctora honoris causa. Quedaba en proyecto un ensayo que había dedicado a la mujer y que llevaba el título Cuidado con la libertad, pues según la propia autora, “la revolución de las mujeres ha sido la única revolución triunfadora de este siglo”.

 

En 1998 salieron a la luz sus diarios póstumos: Alcancía. Estación termini. En ese mismo año, la Fundación Jorge Guillén celebró en Valladolid un congreso internacional para conmemorar el centenario de su nacimiento bajo el título “Rosa Chacel. Una mujer del siglo xxi. 1898-1998”, al que asistieron estudiosos y amigos de la escritora para reivindicar la razón de su memoria. En 1999 se celebró en Algodonales (Cádiz), un homenaje póstumo, al que se adhirieron S.

M. la Reina y diversas personalidades del mundo político e intelectual; fundaciones e instituciones culturales asistían o se adherían al acto. Carlos Pérez Chacel (su hijo) descubrió el busto de la escritora erigido en su memoria en la plaza que lleva su nombre.

 

Fuente: Real Academia de la Historia

 

Letras Las 25 mejores novelas de mujeres

'Barrio de Maravillas', la novela ambientada en la actual Malasaña

Con un tono intimista y autobiográfico, Rosa Chacel retrataba la vida de dos niñas en una casa que perteneció a su abuela materna

7 marzo, 2022 08:49

Publicada en plena transición, en 1976, por la vallisoletana Rosa Chacel, Barrio de Maravillas es la primera novela de una trilogía que tiene como título genérico Escuela de Platón, completada años después con los volúmenes Acrópolis (1984) y Ciencias naturales (1988).

La obra, de marcado carácter autobiográfico, retrata la vida en el Barrio de Maravillas de Madrid, que en la actualidad ha cambiado ese nombre por el de Malasaña. En una casa que perteneció a su abuela materna, y que luce en su fachada una placa conmemorativa, discurrió el devenir vital de Chacel entre 1908 y 1911, un tiempo clave en el que pasó de la infancia a la primera adolescencia.

Barrio de Maravillas cuenta la historia de dos niñas –Isabel y Elena– vista a través de sus ojos y contada desde diversas subjetividades. Se trata de una obra intimista en la que apenas hay intriga, razón por la que se la ha relacionado con el nouveau roman francés, entonces en boga, de un texto que retrata muy bien el trasfondo social y político del Madrid de la época.

Lo hace desde una óptica femenina porque muchos de sus personajes son mujeres cuyo desarrollo vital no ha sido fácil. La autora terminó la escritura de la obra gracias a una beca que le otorgó la Fundación Juan March tras una estancia en Nueva York y con ella consiguió el Premio de la Crítica correspondiente al año de su publicación.

Fuente: El Cultural

 

 

Los Enanos, de Concha Alós

El regreso póstumo de Concha Alós al Castellón de su infancia

LATIDOS

Los restos de la autora que ganó dos veces el premio Planeta serán trasladados del cementerio de Montjuïc al de la ciudad valenciana, que le rendirá homenaje en su centenario

CONCHA ALÓS, PREMIO PLANETA 1962, CON SU NOVELA

Concha Alós en 1962 al recibir el premio Planeta por ‘Los enanos’, al que tuvo que renunciar. 

CARLOS PEREZ DE ROZAS

El próximo jueves la biógrafa Amparo Ayora y el gerente del cementerio de Castellón de la Plana se harán cargo en Montjuïc de los restos mortales de la escritora Concha Alós, que reposan en el nicho 3833 de la Agrupació 7, via Sant Jordi, de este camposanto. 

En Castellón permanecerán en un depósito mientras se finaliza el sepulcro que la ciudad le brinda, como inicio de una serie de homenajes con motivo de su centenario, a la autora nacida en València en 1922, que pasó sus años formativos en Castellón y falleció en el 2011 tras un largo proceso de Alzheimer.

Amparo Ayora, profesora jubilada de la Universidad Jaume I, autora de la biografía Las guerras de Concha Alós (2015), donde profundiza en la relación de la escritora con la localidad valenciana, lleva mucho tiempo estudiando la obra de esta novelista de la generación de los 50, ha ayudado a las investigadoras de su figura (hay tesis doctorales en marcha en Italia, Francia y España) y desde el 2017 promueve este traslado. Convenció a la alcaldesa Amparo Marco para que lo propiciara y también a la cantante Maria del Mar Bonet, titular de la sepultura, para que lo facilitara.

La biógrafa Amparo Ayora cuenta con el apoyo de la alcaldesa de Castellón y de la cantante María del Mar Bonet, titular del nicho

Concha Alós falleció sin que se le conocieran familiares (aunque recientemente Ayora ha localizado a una hermanastra). A su funeral acudieron muy pocas personas, entre ellas el fotógrafo mallorquín Toni Catany, ya fallecido, que con la conocida intérprete y su hermano Joan Ramon Bonet se hicieron cargo de los gastos, contratando el pago del nicho hasta el año 2031. Un acto que les honra, y mucho.

El nicho de Concha Alós en el cementerio de Montjuïc

El nicho de Concha Alós en el cementerio de Montjuïc

AMPARO AYORA

La relación de Alós con Mallorca fue intensa. A la isla se trasladó en 1948 con su marido, el periodista y poeta Eliseo Feijoó, subdirector del diario Baleares, donde ejercía como redactor-jefe el escritor Juan Bonet, padre de Maria del Mar; de ahí la relación entre las familias. 

La cantante recuerda que Concha “era muy amiga de mis padres y venía a menudo por casa; guardo recuerdos de ella desde pequeña. No tenía hijos y era siempre muy cariñosa con nosotros. En Barcelona la seguí tratando y ha sido un honor para mí poder acompañarla hasta el final. Fue una mujer admirable, autora de una obra muy interesante, feminista, que merece el reconocimiento. No podíamos permitir que fuera a un osario. Nos hicimos cargo de la sepultura como muestra de la gran estima que le teníamos, y que no queríamos olvidar. Para mí ha sido un honor poder acompañarla hasta el final. Y estoy muy agradecida a Amparo Ayora y a la alcaldesa por la labor que están realizando; es bonito que Castellón la defienda como merecía”.

En la Mallorca de los años 50 la escritora participó en sus primeros concursos literarios. Allí conoció también a una joven promesa, Baltasar Porcel, quien trabajaba como corrector nocturno del Baleares . "Cuando mi hermano y yo ya éramos más mayores empezó a venir por casa Baltasar, más joven que Concha, también muy amigo de mi padre. Ellos empiezan a verse y surge una amistad que se convierte en algo más serio. Mis padres ayudaron a Concha y Baltasar a estar juntos", rememora Maria del Mar Bonet.

Con su matrimonio con Feijoo ya muy deteriorado, Alós inicia una relación con Porcel que ambos llevan de forma clandestina (el adulterio en 1959 aún está tipificado en el Código Penal). Lo complicado de la situación precipita el traslado de ambos a Barcelona, donde por dos lustros comparten vivienda en Vallvidrera.

Los años 60 son los de consolidación de Concha Alós. Gana dos veces, en 1962 y en 1964, el premio Planeta; al primero tuvo que renunciar al saberse que la novela premiada estaba contratada por otro sello. En una onda de realismo social, títulos como Los enanos, Las hogueras, El caballo rojo o La madama le ganan una reputación. Su ruptura con Porcel en 1970 coincide con la evolución literaria hacia planteamientos de imaginación fantástica. 

"Cuando Baltasar y Concha se separaron, Toni y yo, aunque continuamos teniendo buena relación con Porcel, probablemente quedamos más amigos de ella", explica Maria del Mar Bonet.

Concha Alós recoge el premio Planeta 1962 por 'Los enanos', presentada bajo el título 'El sol y las bestias'. Al hacerse público que la novela estaba ya contratada con la editorial Plaza&Janés, tuvo que renunciar.

Concha Alós recoge el premio Planeta 1962 por 'Los enanos', presentada bajo el título 'El sol y las bestias'. Al hacerse público que la novela estaba ya contratada con la editorial Plaza&Janés, tuvo que renunciar.

CARLOS PÉREZ DE ROZAS

Cuando el arriba firmante trabajaba en el archivo Porcel para un libro sobre la juventud del autor, encontró una carta de Alós a su ya ex-pareja, en un sobre con el rótulo "abrir en caso de muerte", donde exponía el deseo de ser incinerada tras su fallecimiento. Ayora me dice que han valorado cumplir ahora esa voluntad, pero que el paso del tiempo lo ha hecho innecesario, al obrar la reducción de los restos.

Recientemente la editorial La Navaja Suiza ha iniciado la recuperación de la obra narrativa de Concha Alós, con el libro de relatos Rey de gatos y la citada Los enanos. Los responsables del sello madrileño adscriben su producción en la órbita de autoras contemporáneas como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, aunque advirtiendo que "tejió su camino al margen de generaciones, corrientes, de ilustres exiliados en una Barcelona cosmopolita que no era la suya" (esta última una afirmación discutible, ya que Alós vivió muy intensamente la vida literaria barcelonesa).

¿Tiene sentido trasladar a Castellón, importante en su vida pero que no es su ciudad natal (aunque Ayora asegura que fue llevada allá por su madre con pocos meses), los restos de una escritora que desarrolló la parte fundamental de su carrera en Barcelona, donde vivió cincuenta años? No tengo una respuesta a esta pregunta, pero sí creo que merece todo el apoyo una iniciativa seria y valiosa, como la de Amparo Ayora y el ayuntamiento castellonés, de rendir homenaje y devolver a la luz esta figura notable, hoy semiolvidada pero en proceso de recuperación.

fuente: La Vanguardia

 13 rue del Percebe

En un edificio de un barrio de Barcelona hay una pensión, en esas habitaciones viven familias, a veces parejas de recién casados, otra la comparten tres chicas a las que une su juventud y poco más; están la dueña de la pensión y los propietarios de otros pisos. Todos los inquilinos desearían estar ahí el menor tiempo posible, su situación es transitoria (esperan) en esa casa compartida en la que se oye todo, se sospecha de los demás, y hay problemas de convivencia por los turnos de limpieza. Los enanos, de Concha Alós, se publicó en 1962; la historia de su publicación es también historia de la edición española: con ese manuscrito había ganado el Premio Selecciones de la Lengua Española de la editorial Plaza & Janés, que sin embargo no se atrevió a publicar. Alós lo presentó al Planeta con otro título, El sol y las bestias, y al resultar ganadora, Plaza & Janés reclamó los derechos de impresión, que se había reservado durante un año, y la publicó. Dos años después, Alós ganó el Planeta con Las hoguerasLos enanos, que ahora rescata La navaja suiza, son los sesenta en España, es el franquismo, con la miseria y el hambre, con la búsqueda constante de una mejora de la posición social, lo que sea que los aleje de la pobreza: “La gente de la pensión, estos hombres y estas mujeres, que forman una humanidad anhelante de deseos concretísimos y justos: una casa, un hijo, un poco de pan, tiene casi siempre un instinto claro y ama las cosas buenas.” Está Sabina, que ha pensado que para tener casa lo mejor es casarse, y frecuenta a un viudo al que tiene que ayudar a levantarse después de que él intente besarla, aunque entretanto acude a un bar y acepta dinero a cambio de pasar un rato con hombres; pero eso no le sale siempre bien: la miseria nos convierte en pícaros y desconfiados a todos. Sin embargo, no es solo esa galería de personajes a los que podemos ver como una especie de cruce entre 13 rue del Percebe y La vida instrucciones de uso –quizá sería la miseria, instrucciones de uso– quien protagoniza este retrato coral. De entre esos personajes destaca una muchacha, María, que compra un cuaderno en el que escribe sus pensamientos y recuerdos y ahí va contando una triste historia de amor ilegítimo con embarazo no deseado.

Los enanos –“Somos enanos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse. Eres enano tú. Soy enano yo”, escribe Alós y aparece como lema al principio de la novela, casi como una advertencia– es admirable en lo formal: pasa de ese acelerado patio de vecinas donde el entretenimiento, además de la charleta, es mirar las ratas que corretean, a la introspección de María, que podría ser ese jilguero que aparece en la novela y al que se oye cantar. Pasa del barullo al tono confesional, y entretanto ofrece capítulos de las vidas de todos: el judío que se casó con la bailarina de Tánger; la bailarina de Tánger ahora reconvertida en ama de casa sin casa y madre de dos hijos; el matrimonio que cada domingo sale a visitar a otros de su pueblo que se mudaron también y consiguieron casa en Barcelona a ver si saben de algo; Mohatá, al que trajeron del norte de África para hacerle boxeador y siempre anda con la cara partida y nunca ha ganando un combate. La galería podría crecer y crecer –salen unos de una habitación y entran otros con sus angustias y sus circunstancias–, y de hecho lo hace a pocas páginas del final, como si Alós quisiera decir que hay algo inacabable en ese fluir de vidas pequeñas y tristes que acuden a la pensión de la señora Eloísa, que anda con su hijo en brazos apoyado en la cadera. “El recién llegado siempre disfrutaba en la pensión de un derecho que nadie podía arrebatarle: la profunda curiosidad de los otros huéspedes. Que esta curiosidad durara o no, no dependía del recién llegado ni de lo extraordinario de su conducta.” Después de terminar la novela busqué Carmen de Carabanchel, de Cecilia Bartolomé, en internet, con el que Los enanos comparte tema: ¿qué hacían las mujeres para no quedarse embarazadas? ¿Qué pasaba cuando se quedaban? La protagonista de la película de Bartolomé tiene ya familia numerosa.

Alós escribió esta novela en estado de gracia: todo funciona y encaja sin que se note el más mínimo engranaje. Alterna escenas que son el equivalente literario de los planos secuencia berlanguianos con guion de Azcona con desventuras menos corales; va del diálogo al cuaderno de María sin avisar, sin más separación que un espacio y sin más alerta que la del punto y aparte, y todo fluye de manera misteriosa. Incluye también el juicio a Eichmann en Jerusalén a través de la lectura de la crónica en el periódico que hacen los personajes. Va también de un estilo casi naturalista a la búsqueda de la belleza en la expresión y por el camino da con imágenes sugerentes, y en su exploración de las intimidades afeadas por las circunstancias la vida aparece como una mezcla de belleza y suciedad, un poco como cuando María asiste escondida al nacimiento de su hermano trece años menor: “Escondida en una habitación donde no había más que armarios, mirando por el ojo de la cerradura, le vi nacer: rosado, envuelto en tripas y repugnantes trozos de carne oscura… Apoyé las palmas en el suelo y, comprendí, entonces, de golpe, la vida.” Este libro tiene más virtudes: no abusa de los símbolos, aunque los usa porque los sabe poderosos; las ratas y el jilguero, los enanos, están pero sin caer en la simplificación. Alós es una escritora elegante, que nos hace comprender de golpe la vida, como la niña que miraba nacer a su hermano por el ojo de la cerradura. ~

fuente: Letras Libres 

 

La mugre bajo las uñas del franquismo

Alós ganó con 'Los enanos', en 1962, el Planeta. Pero Plaza & Janés, que no se lo quiso publicar, afirmó que tenía los derechos e impidió a la autora recibir el premio. Ahora recupera esta obra La navaja suiza.



Al editor de Plaza & Janés al que Concha Alós presentó esta novela le pareció demasiado socialista como para publicarla, pero cuando ganó con ella el Planeta en 1962 enseguida se le pasaron los escrúpulos, afirmó que tenía los derechos de publicación e impidió a la autora recibir el premio. Dos años después, lo ganaría con Las hogueras, que aún no he leído, pero, si su calidad se acerca a la de Los enanos, puede ser una de las mejores novelas de la lista más que desigual de las galardonadas con este premio hoy tan desprestigiado.

1962. Imaginemos el contexto. Cuando Concha Alós está escribiendo la novela, España es uno de los países más pobres de Europa occidental. La dictadura no solo ha asfixiado políticamente a los españoles, también su economía. Muy poco antes, el régimen ha reconocido –implícitamente, claro está– el fracaso de su política económica y decidido, de muy mala gana, entregar su gestión a tecnócratas. Porque en España aún hay hambre, la situación de millones de familias es desesperada y los ridículos intentos de los ideólogos del régimen de controlar el mercado mediante edictos fracasan uno detrás de otro. Desde 1959 la miseria material comienza a paliarse; la moral tardará mucho más en hacerlo.

La pensión en la que se desarrolla Los enanos es un microcosmos que refleja ese país en ruinas, su pobreza y su violencia. Pero no, yo no diría que es una novela «socialista» porque eso implicaría algún atisbo de esperanza, de apunte de trasformación, pero Alós se limita, que ya es un paso importante, a constatar la catástrofe, todo eso que la dictadura se empeña en ocultar tras propuestas de destinos imperiales y defensas de la fe, con elogios desmedidos de los valores familiares –mientras destruye a las familias con la pobreza y la represión– y de ese pueblo que debe ser el bastión de Occidente contra marxistas y judíos. Solo un año después de la publicación de Los enanos se celebrarán los fastos de los 25 Años de Paz, aquella auto glorificación con la que se disfrazaba con oropeles el emperador desnudo de la dictadura.

Pero Alós no está en ese mundo de fanfarrias e hisopos; a ella le interesan la desnudez y los harapos, la mugre bajo las uñas, las cicatrices y los moratones, las dentaduras arruinadas, las ratas correteando por el patio.

La novela alterna dos narraciones, una coral, que nos permite asistir más a las desventuras que a las venturas de los personajes de la pensión, y otra en primera persona, íntima, de una mujer que escribe en su cuarto de la pensión, una testigo de esas vidas desbaratadas y de la suya propia; de esta descubriremos que se atrevió a lanzarse apasionadamente a una relación que desafiaba la moral  de la época y de la que salió destruida: «No tengo nada. Ni fe ni esperanza. Sin nada, con mi piel y mis ojos, debo seguir viviendo». Y vive, sintiéndose como si se hubiese «escapado de una postal vieja y descolorida y vagara por mi cuenta», a pesar de todo con sensación de culpa, por mucho que quisiera gritar «a todos que yo no soy culpable de nada, que estoy aquí no sé por qué, que he venido como un papel quemado al que el viento más flojo puede arrastrar y llevarse«.

Desde esa mirada sin esperanza se asoma a la vida cotidiana de los habitantes de la pensión. El texto se llena de conversaciones triviales, plagadas de frases trilladas, con las que los inquilinos van amueblando sus precarias existencias. Porque es probable que si intentasen expresar lo que sienten se pondrían a dar aullidos. Sabina, por ejemplo, que sobrevive vendiendo su cuerpo cada vez menos atractivo a cada vez peores postores, sufriendo abusos e insultos, y que se ha endurecido tanto que considera que es de idiotas acostarse con un hombre si no se le saca dinero a cambio. O Cleo, que rememora los buenos tiempos de cuando era bailarina de espectáculos eróticos en Tánger, ese pasado que idealiza y tiene razón en añorarlo, porque incluso aquello era mucho mejor que un presente de deudas que su marido –el judío, el sefardí, el hebreo, como lo llaman– no puede saldar ni siquiera robando. O Mohatá, el joven boxeador que parece encajar todos los golpes y que en cierto momento decide dar a su cuerpo un uso más lucrativo y menos doloroso –por lo menos de inmediato–. Y sobre todos ellos reinan los dueños de la pensión, la señora Eloísa, que ahorra todo lo que puede en comida a costa de los inquilinos, y su marido, el señor Joaquín, orgulloso condecorado con no sé qué cruz y excautivo de los rojos, cómplice más que voluntario de exprimir el poco jugo que le queda a esa gente a la que apenas se puede estrujar más.

Ah, y el hijo de ambos, Francisco, un niño feroz que muerde y golpea y se entusiasma cuando los inquilinos torturan a una rata que acaban de capturar, porque en ese mundo terrible hasta los niños han perdido la inocencia y la piedad; casi tan de vuelta de todo como los adultos, que desconocen la solidaridad, y son racistas, y malpensados, y murmuradores, y envidian a la vecina que ha prosperado un poco contra todo pronóstico, y se alegran de las desgracias de quien se hunde un poco más.

Usa un lenguaje obsceno, soez, se dijo de esta novela, y que se recrea en lo truculento y lo desagradable. Sucede a menudo, que se acusa a una obra de lo que sucede en el mundo que retrata. Y Concha Alós lo retrata sin piedad alguna, pero no se lo inventa. Todo eso estaba ahí. Como estaba cuando lo retrataron Luis Martín-Santos o Camilo José Cela o Jesús Fernández Santos. Quizá se les podría reprochar a casi todos ellos una visión demasiado parcial, recordarles que en el proletariado, también en el lumpen proletariado, hay algo más, no solo miseria moral; pero el realismo nunca fue un instrumento de visión panorámica, sino que sirve más bien de lupa para fijarnos en aspectos concretos de la sociedad. Y quizá en aquella época era necesario ampliar lo que escondía la cosmética del triunfalismo. Y también una forma indirecta de revelar la brutalidad de la dictadura política y económica que era el franquismo.

Concha Alós puede medirse con cualquiera de los autores de su época a la hora de hacerlo y probablemente los supera en el retrato de unas mujeres aplastadas por una moral que exige su pureza mientras la mayoría de los hombres que las rodean lucha por corromperlas para luego abandonarlas. No recuerdo ningún otro libro que exprese tan bien la mezcla de culpa, asco, desesperación y rabia que sienten. Qué bien que editoriales como La navaja suiza o Editores Recalcitrantes hayan recuperado recientemente algunas de las obras de esta autora indispensable.

fuente: La Marea