miércoles, 15 de abril de 2020

Shifu, harías cualquier cosa por divertirte


Mo Yan, en el relato corto

El escritor chino Mo Yan reivindica el relato corto en "Shifu, harías cualquier cosa por divertirte", la publicación en la que Kailas recopila ocho de sus mejores historias breves.

Eva Queralt 27/07/2011

Mo Yan (Shandong, 1955) es uno de los escritores más reconocidos de la China contemporánea, pero si hasta hoy le conocíamos especialmente por sus grandes novelas, Kailas publica ahora por primera vez en español algunos de sus mejores relatos, escogidos por su traductor al inglés con la colaboración del propio autor.

"Shifu, harías cualquier cosa por divertirte" es el relato que encabeza la publicación y le da nombre. Pero esta antología recoge textos que, como pequeñas pinceladas, recorren la variedad de estilos y temas que podemos encontrar en el conjunto de la obra del autor, así como su evolución desde los años '80 hasta el cambio de siglo y de milenio.

Dentro de esta heterogeneidad, sus relatos, igual que sus novelas, tienen en común la crítica social y unas descripciones tan ricas como realistas y crudas que nos transportan a la China rural de personajes humildes.

Con alguna excepción, como en "Jardín Shen", una historia de amor desesperada ambientada en Pekín, Mo Yan centra sus relatos en esta crítica y no disimula su oposición a determinadas políticas del gobierno chino, poniendo de relieve sus consecuencias.

Un claro ejemplo de ello es el relato "Niña abandonada", que cierra el libro, y en el cual pone en voz del protagonista-narrador una dura crítica a la política del hijo único y a una de sus peores secuelas: el abandono de niñas y los abortos selectivos.

O, en el caso de "Shifu...", donde pone de relieve una absurda e injusta política de despidos en el sector industrial; incluso va más allá de esta problemática y a su vez rinde homenaje a la astucia que permite a los desempleados salir adelante.

El cineasta Zhang Yimou, que ya llevó a la gran pantalla la novela de Mo Yan "Sorgo Rojo" (1987), se basó en este relato para realizar su propia versión en la película "Happy times" (2000).

Mo Yan cuenta con más de 80 relatos en su trayectoria y reivindica este género, que considera menospreciado en la China contemporánea, en el prólogo de la publicación. En este texto introductorio, a modo de confesión, también explica qué le llevó a dedicarse a la literatura. Mo Yan, que significa "no hables", tenía desde pequeño una gran necesidad de expresarse, un impulso que tuvo que reprimir para no poner en peligo a sus padres con sus opiniones.

Pero sobre todo, lo que más ansiaba, era conseguir un trabajo que le permitiera comer todos los días. Mo Yan describe en este texto revelador su cruda infancia durante los periodos del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, y cómo el hambre agudizó sus sentidos y los de toda su generación.

En su caso, él traza un claro vínculo entre su infancia famélica y su potente imaginación; una imaginación que le compensa con creces, como él mismo argumenta, su escasa formación teórica sobre literatura.

Para disfrutar plenamente de su obra, podemos encontrar en español su novela más conocida, "Sorgo Rojo" (El Aleph, 2009), así como las publicadas por Kailas: "
Grandes pechos, amplias caderas" (2007), "Las baladas del ajo"(2008), "La vida y la muerte me están desgastando" (2009) y "La república del vino" (2010).

Fuente: asiared.com


Mo Yan y la tradición china


Hasta el siglo XX la novela en China nunca fue un género prestigioso, actitud que sorprende al lector occidental que haya tenido el placer de adentrarse en las grandes, inconmensurables y prácticamente inabarcables novelas chinas del siglo XVIII como El sueño del pabellón rojo (que Borges calificó de “novela infinita”), El erudito de las carcajadas, Viaje al Oeste, (las tres traducidas al español), Historia de los tres reinos, y A orillas del agua (quizá la mejor novela china de todos los tiempos). Sorprenden en estas novelas sus bifurcaciones en torno a un eje central elástico como el bambú, sus cientos de personajes, y la naturalidad caótica con que se va deslizando la narración. Sin olvidar que fue un siglo del que también surgieron narraciones mucho más comedidas y breves como los admirables Relatos de una vida fugitiva de Shen Fou.
En el siglo XIX la narrativa china decae por un efecto de saturación de su propia mecánica inabarcable, que la oponía frontalmente a la poesía, más sintética, más elíptica, más penetrante, más musical y filosófica. La poesía era considerada, desde la época clásica, el género más elevado y venerado por los chinos, y de hecho algunas de sus obras más universales son poemarios.
En el primer cuarto del siglo XX la narrativa china empieza a resucitar mirando a Occidente y modernizándose. El primero que hizo la criba a una forma de narrar fue Lu Xun[1], que fue para China lo mismo que Mishima para Japón: la occidentalización del discurso narrativo, buscando una forma de argumentar más geométrica y racional y evitando las bifurcaciones desmedidas y los discursos infinitos. Digamos que Lu Xun puso tasa a tanto desvarío.
Luego vino el “naturalismo” socialista con novelistas como Mao Dun[2], sin olvidar que la narrativa socialista era ya un occidentalismo. Por raro que parezca, para China fue una manera de entrar en un movimiento internacional que sobrepasaba su milenaria autarquía cultural.
Superado el maoísmo y los excesos de la revolución cultural, apareció una generación puente, que hizo de vínculo entre el realismo socialista y el presente, a la que pertenece Mo Yan.
Se ha dicho hasta la saciedad que en Mo Yan la influencia occidental se hace muy patente. Él mismo lo ha dicho. No lo pongo en duda, pero creo al mismo tiempo que Mo Yan ha sabido aprovechar lo mejor de las grandes novelas chinas (como Murakami ha hecho con la tradición japonesa). En algunas de sus grandes, grandísimas novelas como La república del vino y Grandes tetas, amplias caderas se detectan muchas influencias occidentales, pero también se observa una recuperación de la narrativa tradicional china, y de hecho son obras que por su vastedad, su abundancia de personajes, su invocación al caos y sus bifurcaciones se parecen más a los grandes clásicos del XVIII que a Joyce, a Proust, a Kafka o al realismo mágico del boom.
Hace años conocí en Pekín a Mo Yan, y me pareció un hombre de una ironía ejemplar que sabía sobrellevar con gran paciencia y afabilidad los odios que provocaba entre sus compatriotas, que al igual que los españoles, adoran al dios de la envidia por encima de todas las cosas. Recuerdo que en las dos o tres horas que estuve con él y con otras personas, sus colegas chinos no hicieron más que criticarlo. Prefiero no imaginar lo contentos que deben de estar ahora que le han dado el Nobel. Por descontado que se lo merece. Al fin y al cabo la Academia Sueca no es que haya sido demasiado generosa con los escritores chinos.
Fuente: El País


[1] Lu Xun (Shaoxing, 25 de septiembre de 1881-Shanghái, 19 de octubre de 1936) fue un escritor chino. Representante máximo del Movimiento del Cuatro de Mayo, está considerado el padre de la literatura moderna en China. Formó parte de la Liga de Escritores de Izquierdas, grupo de intelectuales afines al Partido Comunista Chino, y se destacó por sus ataques a la cultura china tradicional y su defensa de la necesidad de acometer reformas profundas en la cultura y la sociedad chinas.
[2] Mao Dun (Tongxiang, China; 4 de julio de 1896 - Pekín; 27 de marzo de 1981) fue un escritor chino contemporáneo, uno de los principales escritores en lengua china del siglo XX. Vinculado desde su fundación al Partido Comunista Chino, se le considera un representante del realismo socialista chino. Su principal obra es la novela Medianoche, historia de estilo naturalista sobre la sociedad capitalista del Shanghái de principios del siglo XX.

Los escribidores de cartas

No, no nos hemos confundido al escribir... el título correcto del último libro que leyó el club de lectura juvenil antes de la cuarentena es: Los escribidores de cartas, de Beatriz Osés García, ilustrado por Kike Ibáñez.

Es un divertido libro en el que tres peques logran solucionar los problemas de los que los adultos no logran salir, y todo, gracias al papel y al boli.

El libro nos divirtió, nos hizo pasar muy buen rato, y entre las cosas que más nos gustaron  destacan: la aparición de un youtuber y que los niños y niñas puedan dar solución a los problemas de las personas mayores.

Recomendamos sin lugar a dudas su lectura, y, desvelamos un secreto. Como de escribir cartas se trataba, redactamos unas de ellas durante nuestra sesión del club, y las metimos en distintos libros de la sección de préstamo de adultos, así que, si cuando vuelvan a abrir la biblioteca te encuentras con una nota en un libro...

1. No la tires
2. Léela con detenimiento.
3. Si te apetece, añade una contestación.

Nos vemos pronto

lunes, 13 de abril de 2020

LA HORA CHANANTE #19 SALMAN RUSHDIE

Para reírnos un poco... que nunca viene mal. Salman Rushdie por Joaquín Reyes

Entrevista a Salman Rushdie

Harún y el mar de las historias


Rushdie publica 'Harún y el mar de historias', un cuento infantil

Ricardo Martínez de Rituerto Londres - 24 sep 1990
 
Salman Rushdie publica esta semana su primera novela desde que tuviera que esconderse al ser condenado a muerte por el ayatolá Jomeini, hace 19 meses. Harún y el mar de historias es el libro que hacía años prometió escribir a su hijo, un cuento de final feliz en el que niño Haroun devuelve la palabra y felicidad a su padre, un cuentista que ha perdido la capacidad de fabular y de contar historias. La alegoría de la situación que atraviesa ahora el autor es inevitable, por más que el relato no degenera en un manifiesto político.
El libro está dedicado a Zafar y es un rico mosaico de aventuras y personajes en línea con la nuevas formas de fabulacion infantil, en las que los clásicas tramas de buenos y malos se desarrollan en un marco de personajes y ambientes complejos. Haroun y su padre, Rashid Khalifa, viven en una ciudad tan triste que ha olvidado su nombre. Rashid es un fabulador e inventor de historias que recorre el país contándolas hasta que su mujer, un alma sin imaginación a la que decepciona la industria de su marido, huye con un vecino que siempre se preguntaba "para qué sirven las historias que ni siquiera son verdad".
Rashid, en quien el lector adulto tendrá dificultades para no ver ocasionalmente al propio Rushdie, se queda sin palabra. Haroun recorrerá mundos fantásticos en busca de la palabra y de la felicidad perdidas, qu e logrará devolver a su padre, junto con su madre, en un cuento con final feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 24 de septiembre de 1990.
Fuente: ELPAÍS

HARÚN Y EL MAR DE LAS HISTORIAS

Por Lola de la Rosa

Con su publicación tras la tormenta mediática (y fanática) provocada por la archiconocida “Versos Satánicos”, nos encontramos con un retorno de Salman Rushdie al fabuloso mundo de los cuentos.
Escrita en un tono liso y amable aunque, en ocasiones, autocomplaciente, la novela cuenta la fantástica aventura en pos de la inspiración perdida a la que se enfrenta Harún, hijo de un cuentacuentos al que literalmente han cortado el suministro del grifo de las historias.
Estableciendo una parábola con su situación personal, el autor relata un viaje desde nuestro mundo, dominado por el espíritu mercantilista en el que todo lo relacionado con la literatura está condenado a desaparecer, hacia el planeta del que surgen las historias, un mundo amenazado por los que promueven el silencio y el fanatismo.
De este modo asistimos a la presentación de coloristas y variopintos personajes característicos del cuento tradicional matizados con algún que otro toque socarrón y posmoderno. Fauna onírica dividida entre los que siguen a la luz y los que adoran la sombra.
A medio camino entre “Alicia En El País De Las Maravillas” y “Los Viajes De Gulliver”, lo que podría haber sido el relato de una dramática guerra fratricida se transforma en una jocosa y satírica batalla en la que la única baja se llama Silencio. De este modo, el autor, en vez de aprovechar su posición privilegiada para avivar las diferencias entre los que amenazan cualquier acto creativo y los que defienden la libertad de expresión, escribe un emotivo, divertido y plausible alegato a favor de la conciliación y el entendimiento.
Fuente: alohacriticon

 


Harún y el mar de las historias, de Salman Rushdie


Los fans de Michael Ende encontrarán en este cuento, que Rushdie escribió como regalo para su hijo, una especie de versión oriental de La Historia Interminable. Hay muchas similitudes: se trata, como en la obra de Ende, de un homenaje a la fantasía y a la literatura como conductora de ella, y también la trama comienza cuando el protagonista, un niño, se ve embarcado en una aventura para salvar el mundo de los cuentos, a punto de desaparecer. El punto novedoso radica en que Harún irá de la mano de su padre, Rashid, y que el objetivo del niño no es tanto rescatar la fantasía como ayudar a su progenitor, un contador de historias al que la imaginación y la capacidad de hablar parecen haber abandonado para siempre.
Hay en el cuento de Rushdie, pues, reivindicación de su trabajo, que en su caso tantos problemas le ha acarreado. Pero termina pesando más la relación entre padre e hijo y la ternura que adivinamos tras las palabras que el autor, aunque también nos hable a nosotros, ha escrito pensando en él. Rashid repite en varios puntos de la obra cómo siempre ha estado seguro de que Harún había nacido para algo grande, y éste lo termina demostrando con creces a lo largo del cuento. Por otro lado, Harún actúa para ayudar a su padre, y sólo cuando ya esté metido de lleno en la aventura, terminará viendo que su hazaña trasciende a Rashid.

Podemos leer este cuento como lo que es, una aventura maravillosa para que un padre ayude a dormir a su niño, enseñándole de paso que nunca le abandonará y que estará con él ayudándole a conseguir todas las empresas de las que le ve capaz. Pero Rushdie esconde algunos otros mensajes en el libro dedicados a ese lector adulto que se deja llevar a veces por la fantasía. El autor destaca la importancia trascendental de la imaginación y de las historias para la sociedad, que, defiende, necesita de ellos para funcionar. También hay un homenaje a las raíces más antiguas de la literatura y un llamamiento a no olvidar la tradición: casi todos los nombres de los personajes de la obra están sacados del Indostánico y muchos de ellos aluden a personajes de leyenda. Y en la sabiduría que esconde la inocencia de Harún se esconden también denuncias del propio Rushdie que remiten a la censura y la persecución sufridas por él y por muchos otros: “¿De qué sirve dar libertad de expresión a una persona si luego le dices que no puede utilizarla?”
No es difícil imaginar que muchas de las escenas de la obra, como esa lucha entre luz y oscuridad, están extraídas de viejos cuentos conocidos por Rushdie y que el suyo, en realidad, es un gran mosaico de antiguas historias, presentado ante su hijo, y ante nosotros, como un gran escaparate que nos sirva para conocer los tesoros ocultos de la más remota tradición literaria. Como el Océano de Historias que nos enseña en la obra, donde los cuentos se mezclan sin cesar para formar otros, Rushdie termina construyendo en el suyo uno nuevo, pero anclado en las raíces de los primeros narradores, a modo de pequeño homenaje a quienes le enseñaron a él la magia de su oficio.

Salman Rushdie

Este mes, el club de lectura de los miércoles tendría que haber comentado Harún y el mar de las historias. 

Aunque sea por el blog, quizá podamos hacerlo, o al menos, saber algo más de quién es este autor. 




SALMAN RUSHDIE
(Bombay, India, 1947) Escritor angloindio en lengua inglesa. Dejó su país natal en 1961 para trasladarse al Reino Unido, donde estudió en la facultad de historia de Cambridge. Regresó con su familia a finales de los años 60 para trabajar en Pakistán en el medio televisivo. Poco después retornó a Gran Bretaña para, al mismo tiempo que actuaba en representaciones teatrales, ocuparse en una agencia de publicidad.

En el año 1964 adquirió la nacionalidad británica.
Debutó como novelista con “Grimus” (1975), un libro de fantasía y ciencia-ficción que ponía de manifiesto su tendencia a ligar realismo con elementos mágicos.
Con su segunda novela, “Hijos De La Medianoche ” (1981), un retrato sociopolítico y religioso sobre la India contemporánea, Rushdie consiguió ser galardonado con el premio Booker. Más tarde publicó “Vergüenza (Shame)” (1984), ambientada en Pakistán, y “Versos Satánicos (The satanic verses)” (1988). Por este último título el escritor fue condenado a muerte por el ayatolá Jomeini al ser considerado por éste blasfemo contra el Corán. Esta condena concedió a Salman Rushdie la celebridad mundial a la par que provocó, entre diferentes asesinatos de editores y traductores, una existencia oculta y errante bajo el temor a ser asesinado.


En el año 1998 la fatwa fue levantada por el gobierno de Irán.
Realismo mágico
El estilo de Rushdie ha sido comparado con el realismo mágico latinoamericano, por la mezcla de ficción, magia y no ficción en sus relatos. La mayor parte de sus obras de ficción están ambientadas en el subcontinente Indio y están influidas por las diversas religiones (musulmana,  hinduista y otras), el ambiente socio-político de la India, Pakistán e Inglaterra, países en los que ha vivido, la mezcla de idiomas urdú e inglés. Rushdie logra fusionar la realidad con la magia de los mitos y leyendas del continente indio con tanta naturalidad que lo mágico termina siendo parte de la cotidianidad.
El problema de la libertad de expresión
Rushdie en sus escritos siempre ha planteado críticas frente a los gobiernos de los países en los que ha vivido y contra el extremismo religioso. "Nunca me consideré un escritor preocupado por la religión, hasta que una religión empezó a perseguirme", afirma en su artículo El problema de la religión, en el que agrega que el problema no reside solo en el integrismo islámico sino también en el fanatismo cristiano encarnado en la figura de Tony Blair, y en el gobierno estadounidense de George W. Bush. Además, se ha mostrado en contra de la ley que prohíba "la incitación al odio religioso", por considerarla extremadamente restrictiva y contraria a la libertad de expresión. Pese a ser votante del laborismo, se ha referido a Blair como un primer ministro autoritario.
Por otra parte, Rushdie ha señalado que una sociedad libre y civilizada debería ser juzgada por su disposición a aceptar la pornografía, y que su situación en la cultura musulmana (censurada y prohibida en varios países) es el resultado de la segregación de sexos y discriminación de las mujeres.
En el año 2007 la Reina de Inglaterra le otorgó la distinción de Sir (Caballero), una distinción que normalmente se le entrega a personalidades notables. Como era de esperarse, esa condecoración reavivó la polémica y provocó que Mohamad Ali Hoseini, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, se manifestara públicamente contra esta distinción a la que consideró como “un acto contra el Islam”.

Su vida sentimental es intensa y complicada, así que mejor no relatarla. Con esta frase queda todo dicho "Crecí besando libros y pan... Desde que besé a una mujer, mis actividades con el pan y los libros perdieron interés", Salman Rushdie.

Obras

Novelas
·         Grimus (1975): Gollancz, Londres
·         Midnight's Children (1981) Jonathan Cape, Londres. En español: Hijos de la medianoche. 457 ediciones entre 1981 y 2018 en 26 idiomas25
·         Shame (1983) Jonathan Cape, Londres.  En español: Vergüenza (1985) Alfaguara, Madrid. 175 ediciones entre 1983 y 2018 en 19 idiomas.
·         The Satanic Verses (1988) Viking, The Penguin Group, Londres. En español: Los versos satánicos (1991) Seis Barral en colaboración con otras diecisiete editoriales y el Ministerio de Cultura, Barcelona. 316 ediciones entre 1988 y 2017 en 20 idiomas.
·         The Moor's Last Sigh (1995) Random House, Londres. En español: El último suspiro del moro (1995) Plaza & Janes, Barcelona. 201 ediciones entre 1995 y 2017 en 17 idiomas.
·         The Ground Beneath Her Feet (1999) Jonathan Cape, Londres. En español:  El suelo bajo sus pies (1999) Plaza & Janes, Barcelona. 115 ediciones entre 1999 y 2004 en 10 idiomas.
·         Fury (2001) Jonathan Cape, Londres. En español: Furia (2002) Plaza & Janes, Barcelona. 125 ediciones entre 1999 y 2014 en 17 idiomas.  
·         Shalimar the Clown (2005) Jonathan Cape, Londres.  En español:  Shalimar el Payaso (2005) Mondadori, Barcela. 128 ediciones entre 2005 y 2016 en 20 idiomas.
·         The enchantress of Florence (2008) Random House, Londres. En español: La encantadora de Florencia (2008) Mondadori, Barcelona. 147 ediciones entre 2008 y 2017 en 22 idiomas.
·         Two Years Eight Months and Twenty-Eight Nights (2015) Random House, Londres. En español:  Dos años, ocho meses y veintiocho noches (2015) Seix Barral, Barcelona.
·         The Golden House (2017) Random House, Londres. En español:  La decadencia de Nerón Golden (2017) Seix Barral, Barcelona.
Literatura infantil y juvenil
  • Haroun and the Sea of Stories (1990) Granta Books, Londres. En español: Harún y el mar de las historias (2011) Mondadori, Barcelona. 167 ediciones entre 1990 y 2016 en 18 idiomas.
  • Luka and the Fire of Life (2010) Random House, Londres. En español:  Luka y el fuego de la vida (2011) Random House, España.
Cuento
·         East, West (1994) Jonathan Cape, Londres. En español:  Oriente, occidente (2011) De Bolsillo, España.
Ensayo y otros textos de no ficción
·         The Jaguar Smile: A Nicaraguan Journey (1987) Picador, Pan Books (en asociación con Jonathan Cape), Londres. En español: La sonrisa del jaguar (1987) Alfaguara, Madrid.
·         Imaginary Homelands: Essays and Criticism, 1981-1991 (1992) Granta Books, Londres
·         Step Across This Line: Collected Non-fiction 1992-2002 (2002) Jonathan Cape, Londres. En español:  Pásate de la raya. Artículos, 1992-2002 (2003) Plaza & Janes, Barcelona.
·         Joseph Anton: A Memoir (2012) Random House, Londres. En español:   Joseph Anton. Memorias del tiempo de la fatua (2012) Mondadori, 2012

Fuente: vida y obras, Wikipedia, poemas del alma, lecturalia
ENTREVISTA | SALMAN RUSHDIE


Madrugada de invierno de un año sin precisar, unos minutos antes del amanecer. Un jumbo de Air India secuestrado por un grupo terrorista islámico estalla en pleno vuelo sobre el Canal de la Mancha. Mientras caen en picado sobre una playa de la costa inglesa, dos pasajeros que han sobrevivido milagrosamente al atentado comentan despreocupadamente la insólita situación en que se encuentran... Así arranca Los versos satánicos, una de las novelas más polémicas de todos los tiempos. El nombre de su autor, Salman Rushdie, adquirió una notoriedad sin precedentes entre millones de personas de Oriente y Occidente que jamás llegarían a abrir el libro. ¿La razón? Que en ciertos pasajes figuran alusiones a una religión que se asemeja al islam, cuyo libro sagrado retoca por su cuenta un escriba imaginario que responde al nombre de Salman. Lo que sucedió tras la publicación de la novela es de sobra conocido: algunos líderes religiosos musulmanes interpretaron literalmente la estratagema novelística de Rushdie, juzgando que su obra constituía una blasfemia contra el islam. El Gobierno iraní presidido por el ayatolá Jomeini promulgó una fetua (condena de muerte) contra el autor, ofreciendo una cuantiosa recompensa a quien ejecutara la sentencia. El libro fue prohibido en numerosos países y quemado en diversos actos de repudia pública, desencadenándose violentos disturbios y manifestaciones que costaron la vida a varias personas en tres continentes.

Siguieron años de dificultad extrema para el autor, que se vio obligado a vivir en rigurosa reclusión, cambiando constantemente de domicilio, rodeado día y noche de una escolta de policías secretos. En 1993 se ratificó la fetua. Tres personas relacionadas con la publicación del libro sufrieron atentados. El traductor de la novela al japonés fue asesinado. El Gobierno iraní suspendió oficialmente la condena en 1998, aunque diversos grupos radicales se negaron a acatar la decisión. Hoy Rushdie recibe ocasionalmente notas que le recuerdan la fatídica sentencia. En 2005 el ayatolá Ali Jamenei declaró que la condena seguía en vigor. En 2007, la reina Isabel II lo nombró Caballero de la Orden del Imperio Británico, gesto que desató una nueva oleada de furia contra Rushdie en amplias zonas del mundo islámico.

Durante todo este tiempo, el autor angloindio ha procurado mantenerse fiel a sus principios éticos y estéticos. Entre 2004 y 2006 ejerció como presidente del PEN American Center, organización que desde su sede neoyorquina vela por la libertad de expresión y la independencia de los escritores de todo el mundo.
Rushdie puede despertar sentimientos encontrados entre sus compañeros de oficio. Dos autores de gran prestigio que han escrito desde perspectivas muy distintas sobre el islam se pronunciaron contundentemente en su día sobre la suerte del escritor. El egipcio Naghib Mafouz, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1988, reaccionó a la fetua dictada contra Rushdie acusando de terrorismo intelectual a Jomeini, para ulteriormente matizar que nadie tiene derecho a ofender las creencias de los demás. La visión de Salman Rushdie es diametralmente opuesta: "Sin el derecho a ofender", observó en una ocasión, "no se puede hablar de libertad de expresión". En otro momento apostilló: "No hay nada más fácil que impedir que un libro nos ofenda. Basta con cerrarlo". Haciendo alarde de su ácido sentido del humor, V. S. Naipaul, premio Nobel de Literatura en 2001 y autor de Viaje al islam, resumió de modo lapidario el affaire Rushdie, sosteniendo que la fetua pronunciada contra él era un caso de crítica literaria llevada a sus extremos.
Tanta humareda nos puede hacer olvidar un dato esencial: Salman Rushdie es uno de los narradores con mayor talento de nuestra época. En opinión de Christopher Hitchens, el controvertido autor de Dios no es bueno, de no haber sido por la fetua, hace tiempo que le habrían concedido el Premio Nobel de Literatura. Ingenioso, inventivo y versátil; caracterizado por un rigor y solidez poco comunes; capaz de saltar entre la realidad y la fantasía con asombrosa agilidad, así como de hibridar tradiciones y géneros aparentemente irreconciliables, el corpus novelístico de Salman Rushdie -cuya última novela, El encanto de Florencia (Mondadori), se publica a finales de febrero en España- sorprende por la brillantez de su lenguaje, por la audacia de sus planteamientos narrativos y por su destreza técnica.

En persona, Salman Rushdie desborda vitalidad. Dotado de un talento inusual para la narración oral, su conversación es tan versátil, amena, ágil, torrencial e imaginativa, como el sinfín de historias que se cruzan vertiginosamente en las páginas de sus libros.

Una de las características más acusadas de toda su obra literaria parece ser su habilidad para desenvolverse con idéntica facilidad en el plano de la realidad y el de la fantasía. De pequeño, devoraba libros de ciencia-ficción. Era la edad de oro del género: Ray Bradbury, Philip K. Dick, Isaac Asimov, Stanislav Lem, aunque muchos de los autores que leía eran francamente malos. Eran los años de la carrera espacial, cuando los rusos lanzaron los primeros Sputniks, a finales de los cincuenta. La ciencia-ficción es un vehículo perfecto para la novela de ideas. Uno de mis relatos favoritos de todos los tiempos es Los 9.000 millones de nombres de Dios, de Arthur C. Clarke. En él se cuenta la historia de dos científicos que por encargo de unos lamas tibetanos construyen un ordenador cuyo fin es programar todas las permutaciones posibles del nombre de Dios. Cuando concluyan la tarea, sobrevendrá el fin del mundo. Es un cuento enigmático y magistral. Pero no todo lo que leía era así. Por lo general, eran libros muy mal escritos. Los personajes no eran creíbles: científicos que llevaban bata y mujeres extraordinariamente atractivas que tenían unos pechos descomunales [risas]. En cuanto a mi interés por la fantasía, me parece importante subrayar algo fundamental, que a veces se nos olvida: la frontera entre la realidad y la imaginación no es algo fijo. El realismo es sólo una forma más de describir el mundo, y no es necesariamente la mejor ni la más interesante. Yo nací en un país donde la fantasía lo envuelve a uno desde el momento de nacer. La mitología india es de una riqueza portentosa, y no me refiero sólo a las leyendas religiosas, sino a la tradición narrativa que tiene su origen en Las mil y una noches, muchas de cuyas historias surgieron en India antes de traducirse al persa y al árabe. Crecer escuchando la historia de Simbad el Marino, de Alí Babá o Aladino deja una impronta imborrable en la imaginación de un futuro escritor. 

El realismo no es más que una convención. Si es necesario, recurro a ella, pero no es el único recurso ni mucho menos.

¿Podría evocar algunos recuerdos de su familia? Tanto mi familia paterna como la materna eran oriundas de Cachemira, aunque las dos ramas llevaban bastante tiempo afincadas en India cuando yo nací. Mi abuelo materno era un hombre muy religioso. Peregrinó a La Meca y a lo largo de toda su vida cumplió escrupulosamente con el precepto de orar cinco veces al día. Sus nietos nos reíamos de él viéndole darse de frentazos contra la alfombra, claro que los niños nunca se han caracterizado por ser muy respetuosos. Mi abuelo no se lo tomaba a mal. Tenía muy buen carácter. Todo lo contrario que mi abuela, una mujer feroz que nos inspiraba un miedo terrible. Vivían en una casa muy grande, en un lugar llamado Nadi Garu, y allí se reunía toda la familia dos o tres veces al año. Mi abuelo fundó una escuela de medicina en Aligarh, en las afueras de Nueva Delhi. Había allí una universidad islámica muy importante. En la escuela de mi abuelo se simultaneaba el estudio de la medicina occidental con la tradicional del Ayurveda. Mi madre llegó a ser una gran experta en hierbas medicinales y cuando caía enfermo me daba una pócima estúpida que tenía un sabor repugnante y no me hacía ningún efecto, mientras que a mis compañeros de clase les daban antibióticos y enseguida se curaban [risas]... Mi familia era muy variada, había de todo. La hermana mayor de mi madre era profesora en la Universidad de Karachi, y la pequeña se casó con un general pakistaní que tenía mucho poder [risas]. Luego estaban mis tíos, uno era un funcionario de alto rango y el otro trabajaba de guionista en Bollywood. Creo que llegó a dirigir alguna película. Su esposa era actriz y bailarina. En mi familia el cine era algo muy importante.

Usted nació en Bombay, ¿cuándo se trasladaron sus padres allí? Mis padres y mis abuelos vivían en Delhi. Mi padre era hijo único. Su padre, mi abuelo, tenía mucho dinero, era propietario de una fábrica de tejidos. Mis padres se casaron en Nueva Delhi en 1946. Era una época muy tensa. La independencia de India era inminente. La idea era dividir el país en dos partes, una hindú, India propiamente dicha, y otra musulmana, Pakistán. Mis padres eran musulmanes, pero no ejercían. Lo más que hacían era abstenerse de comer carne de cerdo, en eso consistía para nosotros el islam [risas]. Tenían clarísimo que no querían vivir en un Estado islámico como Pakistán. Por otra parte, no les hacía ninguna gracia la idea de vivir en Delhi, porque el ambiente que se respiraba era verdaderamente peligroso. Había una tensión insoportable entre hindúes y musulmanes y el conflicto podía estallar en cualquier momento, como efectivamente ocurrió. Mi abuelo paterno murió antes de nacer yo. Mi padre decidió vender la fábrica e irse a vivir con mi madre a Bombay, que gozaba de la reputación de ser una ciudad mucho más cosmopolita y tolerante, mucho menos explosiva. Cuando se fueron de Delhi, mi madre estaba embarazada de lo que resultaría ser yo, de modo que se puede decir que fui a Bombay con ellos [risas]. Yo nací en 1947, ocho semanas antes de la independencia del país.

¿Cómo era el Bombay de su infancia? Bombay era la ciudad más moderna y cosmopolita de India, el gran puerto occidental del país, por el que entraba directamente la influencia del resto del mundo. En Bombay siempre ha habido muchos extranjeros, gente llegada de todos los confines de la tierra. Las demás grandes ciudades de India eran mucho más uniformes. En Nueva Delhi todo el mundo era indio. En Calcuta todo el mundo era bengalí, y en Madrás, sureños, mientras que Bombay era una gran metrópolis que atraía a gente de todos los rincones de India. El ambiente que reinaba en la ciudad era muy cosmopolita y tolerante. El Bombay en que yo crecí era una urbe secularizada y no violenta, lo cual me hizo suponer que el mundo era así. Desde niño me acostumbré a ver cómo convivían entre sí diversas sectas y religiones sin que ello supusiera ningún conflicto. Nos llevábamos bien con los que tenían otras creencias, celebrábamos los festivales de las otras religiones. Sectas muy distintas entre sí vivían en perfecta armonía. Mi infancia en Bombay marcó de manera muy profunda mi modo de percibir el mundo.

¿Qué edad tenía cuando lo enviaron a estudiar a Inglaterra? Trece años y medio. Estuve interno en Rugby, una escuela pública muy prestigiosa. A los 18 me matriculé en el King's College de Cambridge. Estudié historia, en contra de la voluntad de mi padre, que quería que estudiara económicas. De aquellos años me quedó el molde del método que aplican los historiadores en su disciplina, una manera de mirar el mundo buscando el sentido profundo de los hechos, jerarquizándolos conforme a su importancia. Mi verdadera pasión era la literatura, pero jamás la estudié de manera formal. No se me pasó por la cabeza que fuera posible hacer nada semejante. Desde la adolescencia fantaseé con la idea de ser escritor, pero la idea de estudiar literatura no tenía nada que ver con ello. Para mí, leer no podía ser una asignatura, sino una forma de placer. Cuando me metía en una librería, salía cargado con un botín de libros; luego me encerraba a devorarlos como si fueran golosinas.

¿Qué leyó durante los años que pasó en la universidad? Recuerdo que tenía una novia que estaba haciendo una tesis doctoral sobre Finnegans Wake, la endiablada obra final de Joyce. Se titulaba algo así como James Joyce y el nouveau roman francés. Por aquella relación me tocó leer a autores experimentales como Michel Butor y Alain Robbe-Grillet... Me tuve que leer Finnegans Wake dos veces. Fue el precio que tuve que pagar por estar enamorado [risas]. En fin, sí, toda la novela del siglo XVIII, libros como Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, y Tom Jones, de Henry Fielding, me impactaron mucho. También leí mucha literatura americana. Por entonces descubrí a Pynchon.

Otro autor complicado... Ahora ya se me ha pasado, pero cuando lo descubrí de joven sentí veneración absoluta por él. Tiene una novela titulada V. que me pareció sencillamente maravillosa. El resto de su obra me interesó menos, pero V. me pareció fascinante. Las ideas de Pynchon son sumamente interesantes. Tiene un sistema dual en el que por una parte está el concepto de paranoia y por otra el de entropía. Según Pynchon, el mundo tiene un significado, sólo que es inaccesible porque hay ciertas fuerzas que se encargan de mantenerlo oculto. Tan sólo un círculo selecto de gente posee el secreto del significado del mundo, aunque por lo menos se sabe que lo tiene. Por otra parte, está la idea de la muerte del universo, que es algo que acaece lentamente... Para Pynchon la vida es como una fiesta que se va apagando poco a poco [risas] y su sentido final se nos escapa, de modo que libertad y ausencia de significado son equivalentes.
En 1981 publica 'Hijos de la medianoche', considerada su obra más importante. Lo empecé a escribir sin saber muy bien dónde iba a parar. Cuando pienso en el lío en que se metió el joven que era yo entonces me asusto. Hay que ser muy joven y muy estúpido para atreverse a escribir un libro tan arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta que mi primera novela no había ido lo que se dice precisamente bien. Al principio sólo quería escribir una novela sobre la infancia. Luego se me ocurrió la idea de los 1.001 niños dotados de poderes mágicos y tuve que aceptar las consecuencias de tal decisión. Los poderes mágicos de los niños se derivan del hecho de que su nacimiento coincide con el de India como nación independiente. En aquel momento comprendí que tenía que escribir un libro de una escala mucho mayor, por haber añadido una dimensión histórica a la narración.

¿Le resultó difícil escribir 'Vergüenza', tras un éxito tan fulminante? El destino de ese libro fue de lo más curioso. Pasó inadvertido, aplastado entre el éxito de Hijos de la medianoche y el escándalo que se desató en torno a la publicación de Los versos satánicos. Han tenido que pasar muchos años para que la gente se fijara en él. Hoy día, de todos mis libros, seguramente es el que más atención recibe en cursos universitarios, debido a la actualidad de los temas que aborda: el poder militar, el fanatismo religioso, el choque de civilizaciones. En cierto modo fue un libro premonitorio, ya que esos temas son hoy mucho más urgentes y relevantes que cuando lo escribí.

A estas alturas supongo que aborrecerá que le pregunten por 'Los versos satánicos'. Podemos hablar del libro desde el punto de vista literario, para variar [risas]. Todo el mundo tiene una opinión muy contundente sobre esa novela sin haberla leído.

Casi se podría decir lo mismo de usted. El mártir ha eclipsado al escritor. La fetua arrasó con todo lo demás.

¿Qué le llevó a escribir un libro así? Es una novela sobre gente que emigra a Occidente desde el sureste asiático: India, Pakistán y Bangladesh. Ése es un aspecto importante: el tema de la inmigración y sus consecuencias. Por otra están las múltiples historias que se entrecruzan en el libro, vertebradas por la figura del Arcángel Gabriel. Veo el libro como una serie de instantáneas que permiten seguir la carrera del Arcángel Gabriel [risas], una especie de biografía que no respeta el orden cronológico. Me pareció una idea divertida. Aún no había descubierto que tener ideas divertidas puede costarte caro: corres el riesgo de que se te acuse de blasfemo. Los ataques contra el libro fueron tan virulentos que nadie se percató de sus aspectos humorísticos. Los versos satánicos es esencialmente una novela cómica. Todos los procedimientos que utilizo son cómicos, aunque el efecto acumulativo final no lo sea. Es algo que aprendí de Kafka. El Castillo es una sucesión de escenas cómicas, aunque el efecto de conjunto no sea cómico. Mi mayor frustración fue ver que nadie pensaba en Los versos satánicos como libro. La gente veía en él un alegato, un eslogan, un panfleto. Se decían cosas de la novela que me dejaban estupefacto. La obra de que hablaban simplemente no existía. Decían cosas que no figuraban en ninguna parte. Yo no me cansaba de repetir: "¿Dónde está el libro del que dicen todo eso? Por favor, que alguien me enseñe las páginas donde aparecen las cosas que se dicen". Era rarísimo, y conmigo ocurría algo parecido. El Salman Rushdie del que hablaba la gente no tenía nada que ver con mi persona. De modo que toda la animadversión y la violencia extrema que exhibía la gente iban dirigidas contra algo que no existía. Ahora que han pasado 20 años desde que se publicó, es un alivio ver que por fin se habla del libro que escribí, no de una entelequia. Siento que he recuperado la novela. La gente lee un libro real, y reacciona como se reacciona normalmente ante un libro: hay gente a la que le gusta mucho y gente a la que no le gusta nada, y entre uno y otro extremo, todos los matices intermedios. Ése es el destino común de todos los libros.

¿Le cogió por sorpresa la reacción que se desató tras su publicación? Totalmente. Es decir... todos mis libros habían sido mal vistos por quienes sustentan opiniones religiosas ortodoxas islámicas. Hijos de la medianoche no les gustó, Vergüenza no les gustó, así que cuando publiqué Los versos satánicos di por hecho que tampoco les gustaría. Lo que no me esperaba era una reacción tan virulenta. De no haber intervenido Jomeini, decretando mi condena a muerte, el libro hubiera tenido una trayectoria normal.

¿Le resultó muy difícil mantenerse fiel a sus principios como escritor y tratar de seguir adelante después de la 'fetua'? Mucho, sobre todo al principio. Hubo un momento, unos meses después del ataque, en que creí que no sería capaz de seguir adelante. Estaba molesto, herido, a punto de perder el equilibrio. Me salvó pensar que no era ni mucho menos el primer escritor que padecía una persecución así. La historia de la literatura está plagada de episodios trágicos, como el Gulag. Dostoievski llegó a estar frente a un pelotón de fusilamiento... Ovidio murió en el exilio, Jean Genet escribió gran parte de su obra en la cárcel. La lista es muy larga. Me dije que si ellos habían tenido la entereza de resistir frente a las dificultades, yo estaba obligado a hacer otro tanto. Quizá le parezca una afirmación grandilocuente, pero tengo un concepto muy elevado de la literatura, y si quería ser un digno representante del arte literario, tenía la obligación de no desmoronarme. Así que tomé la firme determinación de ser fiel a mí mismo y aguantar con la dignidad que tantos escritores habían sabido tener en circunstancias iguales o peores que las que padecía yo.

¿Los años de reclusión afectaron de manera íntima al proceso creativo? Lo primero que escribí fue un libro para niños, Harún y el mar de las historias. Es un libro extraño, una especie de cápsula de tiempo que flota entre el silencio y el lenguaje. La imagen embrionaria es muy poderosa: raptan a una princesa con intención de coserle la boca. La imagen procede de un relato muy breve, que había escrito hacía años, y no sabía qué uso darle. Tenía algunos otros relatos y decidí construir con ellos un libro para que lo leyera mi hijo, que entonces tenía 11 años. Me sentí como quien mete un mensaje en una botella, sabiendo que nadie lo leerá hasta dentro de mucho tiempo. Quería que después de haberlo disfrutarlo de niño, mi hijo lo volviera a leer siendo adulto, porque entonces descubriría un libro totalmente diferente.

'El último suspiro del moro' es un proyecto muy distinto. Me dio miedo escribirlo, porque era el primer libro para adultos que publicaba tras Los versos satánicos y puse mucho empeño en el esfuerzo. En él regreso a mi ciudad natal, sólo que es un Bombay que no tiene nada que ver con el de Hijos de la medianoche. El Bombay de El último suspiro del moro es una ciudad tenebrosa, que ha perdido las cualidades de las que hablé antes. La tolerancia, la capacidad de abrirse a los demás, se habían perdido o dañado. Se puede ver como la continuación de Hijos de la medianoche. Es la misma ciudad sólo que vista a través de los ojos de un adulto, no de un niño de diez años. Ese libro marca el comienzo de lo que se ha convertido en mi mayor preocupación: mostrar elementos comunes a distintas culturas. Hijos de la medianoche y Vergüenza dan cuenta de lo que ocurre en el subcontinente indio. Incluso Harún y el mar de las historias es así. Con El último suspiro del moro intenté transmitir otro mensaje: No podemos vivir aislados, cada uno en su parcela del tiempo o del espacio. Lo que nos pasa a nosotros le ha pasado antes a otra gente. Muchas veces he pensado que el detonante de la llegada de Occidente a las Indias Meridionales, la razón que motivó la llegada de Vasco de Gama a Oriente, que es un momento crucial de la historia, no obedeció a un prurito de conquista ni a un afán de dominación. La razón por la que Oriente y Occidente acabaron por encontrarse fue la sed de dar con algo tan precioso como las especias. Cuando caí en la cuenta, me pareció fascinante. Pensé que si toda la historia de Oriente y Occidente se basa en el deseo de pimienta [risas], entonces tenía que poner pimienta en el centro del libro, de modo que toda la novela tenía que crecer a partir de un grano de pimienta, y así fue como surgió.

Hablemos de su última novela, 'El encanto de Florencia', que Mondadori editará en España en febrero. La crítica ha dicho que supone el regreso de Rushdie a sus orígenes, un poco como si se hubiera restaurado el equilibrio anterior a todo lo que sucedió con motivo de su 'fetua'. Al principio de la conversación hablábamos de las historias que logran alcanzar el blanco de la verdad sirviéndose de medios fantásticos, historias en las que la narración pura se constituye en un objetivo por sí mismo. Eso es lo que me propuse con este libro: recrear al desnudo el placer de narrar. El libro supone un despojamiento de cuanto es superfluo para descender a la esencia pura y rutilante del arte de contar historias, sin más. Puse mucho cuidado en evitar que el libro fuera demasiado largo. El mundo que se describe en El encanto de Florencia es de tal riqueza y complejidad que si lo hubiera escrito como si se tratara de una novela histórica convencional habría necesitado, qué sé yo, 1.200 páginas. Pero no era ésa la clase de libro que quería escribir.

Hay también una celebración de la palabra primigenia, un canto al lenguaje en cuanto tal. Si hay algo que he aprendido a lo largo de mis años como escritor es a sentirme cada vez más cerca de los lectores. Intento ponerme en su lugar y tratar de comprender cómo se acercan al texto. El encanto de Florencia es una novela ambientada en una época en la que los referentes literarios son nada menos que Ariosto, Cervantes y Shakespeare. Así que me dije que podía darme permiso para imprimirle al lenguaje una riqueza de la que carece el lenguaje del siglo XXI. Me propuse escribir la clase de libro que les hubiera gustado leer a los personajes de mi novela. Si se fija, la manera de narrar la historia no es muy distinta a la forma de ficción narrativa que se cultivaba en India y la Europa de aquel tiempo. Otra cosa que quería conseguir es dotar al libro de un sentimiento de plenitud, la idea de que la vida es muchas cosas a la vez. No hay por qué elegir entre ser realista o visionario. No es necesario elegir entre el sueño y la vigilia, la vida es algo más complejo y más completo, no hay que segmentarla en sus componentes. Y la literatura de aquella época -no nos olvidemos de que estamos hablando de los contemporáneos de Shakespeare y Cervantes- corresponde a un momento de máxima plenitud histórica. Todo estalló a la vez.

¿Se puede hablar de un adiós a la política? En el sentido de que me cansé de que la gente me viera como a una figura pública. Por supuesto que hay política en la novela, en parte el libro versa sobre el poder. Hay personajes como Maquiavelo y el Emperador Akbar, dos figuras históricas fascinantes, una que representa a Occidente y otra a Oriente. Hay mucho que decir acerca de los dos. Me interesaba reivindicar a Maquiavelo, que ha sido objeto de muchos malentendidos... Pero sí, hay un intento deliberado por alejarme de los temas que aparecen a diario en los periódicos. Es como si me hubieran dado la posibilidad de presentarme al mundo por primera vez y mi respuesta hubiera sido: Salman Rushdie es un contador de historias, todo lo demás da igual.
ADRIANA LÓPEZ SANFELIU
* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 25 de enero de 2009.

Fuente: ELPAÍS