
Martin Amis
vive en Cobble Hill, un pequeño barrio del Brooklyn bonito y caro. Su
casa tiene tres plantas: el estudio en el sótano, la vida en la planta
baja, la biblioteca y la intimidad en el primer piso. Se puede vivir
bien si eres uno de los mejores escritores vivos en lengua inglesa. Muy
bien. La sala de estar no tiene televisor, y se respira una quietud
lujosa. Señala una mesa redonda de mármol sin pulir, rosada, como de café europeo: «Esta es la mesa de las entrevistas». Pasará toda la entrevista prácticamente en la misma postura, mirándome fijamente, fumando un cigarrillo electrónico. «He dejado de fumar y de beber». No contesta a mi «¿por qué?».
Todo lo demás lo responde enseguida, pero sin prisa, desplegándose, de
memoria. No para de citar, de recitar, y cuando termina, ha abierto
siete temas nuevos y no ha terminado de responder exactamente a lo que
yo le preguntaba. Da igual. Quizás no sea el pensador más profundo a
este lado del Mississippi, pero escucharle es un placer transatlántico.
Se le nota, eso sí, que es británico: habla desde las ruinas del imperio
tanto como desde la seguridad de pertenecer a la más poderosa de las culturas de nuestro siglo. Su macarrismo, creo, también es un lujo.
Su relación con la prensa no es muy buena. Especialmente con la prensa británica.
No lo es, no.
¿A qué se debe? ¿Por qué le profesan ese… no lo llamaría odio, pero al menos algo de…?
[Ríe] Bueno, sí, odio es una buena palabra.
¿Lo es? De acuerdo, entonces: odio.
Tiene
algo de accidente histórico. Aunque hay quien dice que no, yo creo que
tiene que ver con mi padre. Viví la aparición de lo que se diría un
antielitismo, que no existía para nada cuando publiqué mi primera novela
en 1973. Todo el mundo estaba muy contento de que yo fuera hijo de un
escritor, y vertieron en mí toda su empatía: «¡Oh! ¡Debe ser tan duro ser hijo de un escritor...!».
Pero no lo era.
No,
no lo era, pero ahora sé que tiene que ver con empezar muy pronto. Si
lo dejas hasta los veintilargos, creo que es muy difícil escribir a la
sombra de un padre que se ha hecho un nombre en la literatura. Tienes
que ser joven, valiente, y estúpido para empezar. Tienes que lanzarte de
cabeza. Cuando te acercas a los treinta, le das demasiadas vueltas a
todo, te vuelves demasiado autoconsciente: cómo va a sonar esta frase,
qué objeciones se le pueden hacer. No puedes ser así; como escritor,
tienes que escribir y punto.
De
todas maneras, algo hay ahí: existen muy, muy pocos ejemplos de dos
generaciones de escritores en una misma familia, en cualquier idioma.
Los escritores vienen de ninguna parte, y eso es bueno. Tienen que venir
de ninguna parte, de ahí que se sientan nuevos cuando llegan. Piensas: ¿y este
quién coño es? Sus padres fueron maestros, o conductores de autobús, o
lo que sea. Y es una experiencia nueva. Pero yo vengo de una familia
literaria, y durante mucho tiempo no es que hubiera un novelista en
casa, sino que había dos. Mi madrastra era escritora también.
Elizabeth Jane Howard.
Sí. O sea que durante una temporada fuimos tres novelistas bajo un mismo techo.
En
sus memorias cuenta una escena preciosa: su padre corrigiendo una
colección de relatos cortos escritos por su madrastra, y cómo esas
correcciones estaban cargadas del momento sentimental que su padre y
ella vivían en aquellos días.
Sí, exacto. Ese era el ambiente, todo mezclado.
Es
cierto que su padre y usted no estaban de acuerdo en cuestiones
políticas, pero si uno lee las cartas que usted le mandaba desde la
escuela se aprecia que tenían una relación tierna, profunda, alentadora.
Me hizo pensar en una especie de acumulación de capital, de capital
literario, que usted heredó e hizo crecer.
Teníamos una relación fantástica. Era una relación padre-hijo muy buena. Christopher Hitchens
decía que era la mejor que había visto nunca. Pero además era una
amistad literaria. Y aunque teníamos opiniones diferentes sobre
literatura moderna, estábamos de acuerdo en los principios básicos. O
sea que no, no me puedo quejar.
Incluso
memorizó algunos poemas de su padre cuando era adolescente. En sus
cartas de la época del instituto le dice «este poema es de puta madre y
me lo tengo que aprender de memoria».
Claro.
Nunca tuve ningún problema en entender que yo formaba parte de una
tradición, que es básicamente la de la novela cómica británica. Me
sentía totalmente en casa en ese género. Sin embargo, también sentí que
yo quería hacer cosas con la novela que no había visto hacer, pequeñas
innovaciones.
¿Por ejemplo?
Creo
que conseguí unir la novela americana y la británica. En términos de
ficción, solía haber una tensión ridícula entre Inglaterra y Estados
Unidos. Cuando publiqué Money,
en 1984, creo que fui el primer escritor inglés en enviar a un
británico a Nueva York y dejarlo impresionado de verdad, no burlándose
de todo o quejándose de los americanos. El protagonista cree en serio
que este es un sitio con clase [ríe]. A la prensa británica le caigo mal también por eso.
O sea que piensa que es cosa de nacionalismo.
Sí, algo de eso hay. Pero no es tan importante como la cuestión hereditaria. He dicho alguna vez que soy como el príncipe Carlos.
Hace dos generaciones se lo habrían tomado muy en serio, el heredero
del trono y todo el rollo. Ahora nadie le toma en serio en lo más
mínimo. He coincidido con el príncipe Carlos varias veces y es buen tío,
pero empieza una de cada dos frases diciendo. «Siento tener que
decirlo, pero es mi parecer que…». Ex cátedra, desde el púlpito.
¿Basándose en qué, exactamente?
Por lo menos se disculpa…
¿Se disculpa?
No lo sé. Acaba de decir que empieza una frase sí y otra no diciendo «Siento tener que decirlo».
Sí, pero en realidad no le sabe mal. No lo siente ni un poco [ríe].
En cualquier caso, ahora el antielitismo, que todavía corre por ahí,
cada vez parece más ridículo y te deja en evidencia. A mí me gusta
preguntar a la gente: ¿eres muy antielitista cuando vas al médico?
¿Quieres que tu médico sea un tipo como cualquier otro? No. ¿Eres
antielitista cuando te subes a un avión? ¿Verdad que no? Quieres que el
piloto sea un experto en lo suyo. Hay algunos sectores donde el
antielitismo nunca sale a relucir, porque todo el mundo entiende que es
cuestión de ciencia. Pero la literatura es muy vulnerable a ese
fenómeno.

Sin
embargo, he leído una cita suya que dice: «Los novelistas siempre
asumen que lo que sienten es universal. Es la gran apuesta del
novelista. Un escritor debe ser cada hombre (every man)».
Every man,
con E mayúscula. Eso es lo que tienes que ser, y tienes que ser una
persona que ame la literatura. Ambas cosas. También puedes hacerlo todo
por instinto. Algunos escritores muy buenos hacen eso.
Como su madrastra.
Sí,
ciertamente más que mi padre, que estaba muy anclado en la literatura
inglesa y los poetas británicos. Lo que le importaba era la poesía, no
le interesaba la ficción, y desde luego no le interesaba la alta
literatura. Odiaba ese término. Le gustaban los thrillers, la ciencia ficción, cosas así.
Incluso Terminator II, dice usted.
Oh, sí. ¿A ti no te gusta Terminator II?
Me encanta. Estoy de acuerdo con su padre: es una obra maestra.
Pues
cuando me acostumbré a esa idea dejó de importarme que a mi padre no le
gustara demasiado mi literatura, y que no le gustara ni uno solo de mis
contemporáneos.
Usted ha explicado que su padre dejó de leer su novela Money
justo cuando su personaje, el personaje llamado Martin Amis, aparece.
Me imagino que tiene que ver con ese factor posmoderno: la aparición del
autor. Pero, la verdad, sus novelas no son tan posmodernas.
Sí,
y además el posmodernismo resultó ser un paso en falso. O sea, estuvo
bien probarlo, pero resultó ser un callejón sin salida. Por otra parte,
tuvo un increíble poder de predicción en la política. La política hoy es
totalmente posmoderna. Los políticos no intentan colártela, te cuentan
lo que están haciendo. Tienen que actuar para cierto público y todo el
mundo lo entiende. La política actualmente es un formato mediado. Y la
ficción estaba muy en esa línea.
El historiador marxista Eric Hobsbawm
dice que los expertos en moda son uno de los grandes misterios de
nuestro tiempo: pueden predecir el futuro. Son de una estirpe
notoriamente irreflexiva. No se sientan a discutir sobre el futuro. Van,
y lo hacen: predicen qué va a pasar dentro de seis meses o un año. Si
hay algo de verdad en eso, y creo que debe haberlo, entonces es posible
que el novelista también tenga esa capacidad subliminal de ver hacia
dónde van las cosas.
En
sus memorias (2001) habla de hacia dónde van las cosas, y apuesta por
las novelas sobre ciencia. «Ahí es hacia donde se dirige la novela, para
llenar el vacío creado, tal vez, por el fracaso de su disciplina
hermana, la filosofía de la ciencia, y por la indiferencia y desprecio
con que los científicos la tratan».
Y
va a continuar así hasta que los novelistas dejen de hacerlo, si es que
dejan de hacerlo algún día. Lo de la filosofía de la ciencia es muy
real: Einstein solía leer mucha filosofía de la
ciencia. Hacía grandes descubrimientos, pero también quería saber qué
haría la filosofía con ellos. Se preguntaba: ¿de qué tipo de
conocimiento trata? Cosas que tú y yo apenas entenderíamos. Hoy casi
nadie lee filosofía de la ciencia. Tú y yo, por ejemplo, no la
leeríamos.
¿Existe un cisma entre los científicos y el sentido? ¿Son incapaces de ir más allá del experimento concreto?
Es
la especialización. Y como resultado hay un vacío. Pero no es que
alguien dijera: «¡Oh! ¡La filosofía de la ciencia está en declive!
¡Escribamos novelas sobre ello!». Es solo que los novelistas son
conscientes de que la ciencia juega un papel más central en sus vidas, e
intentan entenderlo. Escritores como Jonathan Franzen son muy buenos asimiladores de ciencia, como lo era Updike con los ordenadores: un tipo increíblemente avanzado. La versión de Roger es muy impresionante. Updike podía leer y comprender cosas hasta niveles de doctorado en poco tiempo. Ian McEwan,
como siempre, está muy interesado en el conflicto entre la ciencia y la
religión, o la superstición, o todo tipo de creencias.
Usted también, en cierto modo.
Un poco, sí. Antes leía mucha cosmología. Salman Rushdie
dice que siente un agujero en forma de Dios en su interior, donde la
creencia no aparece. Hay en él un vacío que Dios ocupaba para su padre y
su abuelo. A mí no me pasa: yo siempre he sido «irreligioso», excepto
por unos breves seis meses cuando tenía ocho años. Hasta coleccionaba
Biblias. Pero siempre supe que vivía en una casa sin Dios. Así que una
vez que estaba rellenando un formulario para el colegio, me encontré con
una pregunta que me hizo pensar: ¡A tomar por culo!, ¿por qué metéis
las narices donde no os llaman? La pregunta era: «¿De qué religión
eres?». No tenía ni idea, así que grité: «¡Mamá! ¿De qué religión
somos?». Hubo un largo silencio. Y luego más silencio. Y entonces mi
madre dijo: «De la Iglesia anglicana». Y yo respondí: «¡Gracias a Dios!»
[ríe]. La Iglesia de Inglaterra no te exige nada [ríe].
Se considera agnóstico, ha dicho, pero no ateo, porque el ateísmo es una forma de creencia.
No
es tanto eso como que siento que estamos en una posición de ignorancia
sobre el cosmos tan… Resulta risible, embarazoso, lo poco que sabemos
sobre la formación de galaxias, y sobre otras cuestiones básicas: la
materia oscura, por ejemplo. Hace unos años todavía la llamaban
«material». No tenían ni idea de lo que era. Ahora creen que se trata de
una especie de átomos muy jodidos que de algún modo nunca llegaron a… [ríe],
una suerte de… átomos deformes. Así que creen tener una idea aproximada
de lo que es. Decir que no existe una inteligencia superior en el
universo cuando de hecho el universo es en sí mismo una inteligencia
superior a nosotros… A mí me suena como a prueba de algo, o ciertamente a
una hipótesis robusta de que existe una inteligencia superior.
Bueno, podría ser solo una proyección. Proyecta un significado en el universo que usted llama inteligencia.
Sí,
solo inteligencia. Eso es todo. Pienso en ese cuento sobre un planeta.
Empieza con una descripción. No podría ser menos hospitalario: química
sin agua, aire tóxico, todo mal. Arthur C. Clarke
escribe que es «adverso a la vida, pero no adverso a la inteligencia»,
porque hay mucha actividad eléctrica. La idea de que una inteligencia
pudiera desarrollarse de manera del todo independiente es sin duda una
idea maravillosa. Así que soy partidario de mantener una posición de
humildad. Si tuviéramos aquí a un creyente, un agnóstico y un ateo, yo
estaría entre el agnóstico y el ateo, basculando hacia el ateísmo, pero
todavía necesito que haya muchas más cosas verificadas por seres humanos
sobre el universo para ser ateo.
En
sus novelas lo divino está ausente. Ni siquiera existe esa vieja
sensación: el asombro. Incluso la presencia del cosmos es apocalíptica.
Hay un momento, en Campos de Londres en
que Sam (el narrador de la novela) habla sobre otro personaje: «Así que
a su modo Guy Glinch confrontaba la pregunta central de su tiempo, una
pregunta que veías en todas partes, en cada titular y en cada corte de
pelo: si en cualquier momento puede que nada importe, ¿quién puede decir
que algo importa todavía?».
Correcto.
El contexto es la doctrina de la destrucción mutua asegurada (la guerra
fría, la era nuclear). Fue un momento particular. Quizás todavía
tengamos que vivirlo de nuevo, con Putin aparentemente
imparable, con esa especie de ambición infinita para el Estado ruso
—todo basado en una terrible inseguridad—. Ciertamente no es un buen
cóctel.

¿Es Putin el villano de hoy?
El
menor de mis hijos trabaja en la Foreign Office. Dice que la escalada
militar de la que Rusia es capaz en su frontera occidental les permite
hacer de un día para otro lo que a nosotros nos costaría un año
preparar. Ese viejo miedo, el Ejército Rojo invadiendo y tú con armas
nucleares como única disuasión, no es muy tranquilizador.
Otra cita suya: «A los hijos de la era nuclear se les debilitó la capacidad de amar».
Es
la presencia de la muerte. El amor tiene dos enemigos, dos antónimos:
el odio y la muerte. Recuerdo decirles a mis hijos, los chicos, antes de
que la niñas nacieran, justo después del colapso de la Unión Soviética:
«Estoy tan agradecido de que no tengáis que crecer como yo crecí» en lo
que Hobsbawn llamó «una competición de pesadillas».
La guerra fría se luchó en las pesadillas.
Solo
la luchamos en nuestros sueños, en ningún otro lugar. Quizás en las
películas, en las novelas, eso es todo. Y continué diciéndolo: «Estoy
muy contento, estoy agradecido». Entonces, el 10 de septiembre del 2001,
les decía: «Sois tan afortunados». [Ríe] Y al día siguiente: ¡zas!
¿Es una licencia o es biográfico? ¿El 10 de septiembre les dijo eso?
Oh,
probablemente lo repetí; lo repetía como un borracho. Cuando me quejaba
de la proliferación nuclear y la doctrina de la destrucción mutua
asegurada, mi padre solía decirme: «Siempre hay algo». Ya había
fallecido para entonces, pero mi padre hubiera mirado a Osama Bin Laden y hubiera dicho: «Ya viene otro, volvemos a lo mismo». Ahora no es Osama, ahora es Al-Baghdadi
en el Estado Islámico: volvemos a lo mismo. Y debo decir que siento que
puedo entender bastante bien qué motivaba a Osama, pero no tengo ni
idea de lo que motiva al EI. Sé lo que ellos creen que están haciendo,
pero no entiendo por qué la gente se les une. Conozco todas la razones
que se dan, pero ¿por qué hay chicas jóvenes que se van con ellos?
Cuando ves lo que hacen, ¿de veras quieres acercarte a ellos en lugar de
alejarte lo más posible?
También pienso, ¿qué hay de todos esos intelectuales que no asistieron a la cena del PEN en honor a Charlie Hebdo? Escritores famosos como Peter Carey, Joyce Carol Oates, o Russell Banks:
una lista larguísima. Su fracaso es equivalente a la indulgencia que se
le prestó al comunismo bien entrados los años cincuenta y sesenta; de
hecho, hasta la publicación de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn,
en 1973. Fue una ceguera voluntaria, y esa vieja cosa: «no hay enemigo a
la izquierda», «cualquier cosa que sea antiamericana tiene que ser una
buena idea».
Es
un fracaso intelectual rotundo no poder identificar algo como EI, tan
adverso a todo lo que amas. Y a pesar de todo, hay quien se une a ellos y
quien dice: «No quiero parecer islamófobo». Islamófobo… cualquiera que
dedique cinco minutos a esa palabra pasará a la historia como el mayor
despilfarrador de tiempo que jamás se haya visto. Por supuesto que no
eres islamófobo: tú lo que eres es islamisto-fóbico. ¿A quién le importa
una mierda si alguien es musulmán? Eso te da igual. Lo que te importa
es que alguien quiera matarte. Una fobia es un miedo irracional, y esto
no es un miedo irracional. Lo que hay en Palmira no es miedo irracional.
En 2006, cuando volvió al Reino Unido después de vivir en Uruguay durante un par de años, dijo en una entrevista en The Guardian:
«Algo extraño ha ocurrido, me parece a mí, en mi ausencia. No sentí que
me estuviera volviendo más de derechas cuando estaba en Uruguay, pero
al volver sentí que me había movido considerablemente a la derecha
mientras me quedaba en el mismo sitio».
Sí,
porque todo el mundo se había movido hacia la izquierda. Tiene que ver
con la clase de los opinadores. Es todo la cuestión del islam. Están
aterrorizados por si parecen racistas. Puedes hacer lo que te dé la puta
gana en el mundo moderno siempre que tu piel sea lo bastante oscura; si
es así todo vale.
Esta es una afirmación poco sutil.
Si
hubiera un montón de rubios haciendo este tipo de cosas en Oriente
Medio, ¿crees que les tendrían alguna simpatía? No lo creo.
Hace unos años, tuvo que refinar su posición pública sobre el islam y el islamismo porque le etiquetaron de islamófobo.
Poco
antes de Pearl Harbor, cuando los líderes japoneses hicieron sus
cálculos, uno de ellos dijo: «Podemos crearles un infierno durante un
par de años, pero no tenemos ninguna posibilidad contra la potencia de
la economía norteamericana». Piensa en todas las locuras y toda la
crueldad que vino después: la masacre de Nanking, todo lo que hicieron
en China, los campos de prisioneros, y todo lo demás. A ser anti-eso lo
hubieran llamado «fobia a lo japonés», pero no lo es. Algunas cosas
están muy claras y son muy obvias. Esta es una de ellas.

En su ensayo Terror y aburrimiento dice: «Las costumbres y tradiciones varían de país a país y uno no puede sostener razonablemente que un ethos es mejor que otro». ¿Es esta su apuesta por el relativismo cultural?
Pueden
ser tan diversos culturalmente como quieran. El problema es cuando
aparece la coerción. EI es básicamente un gran código penal. Obliga a
los demás a comportarse de una cierta manera. Mi hija de dieciséis años
se quejaba el otro día justamente de esto, cuando discutíamos sobre esa
funcionaria de Kentucky que se negó a emitir una licencia de matrimonio a
una pareja homosexual. Mi hija dijo: «no es de su incumbencia, lo que
hagas es cosa tuya. Cuando fuerzas tus creencias en otra persona…» y
tenía escalofríos de rechazo.
¿Ha leído la decisión del Tribunal Supremo sobre el matrimonio gay?
He leído citas en la prensa: muy conmovedora, escrita con mucho estilo.
Algunos críticos sostienen que el argumento no es muy bueno, a pesar de lo bella que pueda ser la prosa.
La
cuestión de la igualdad me pareció que era muy clarificadora: si tú te
puedes casar, ¿por qué ellos no? Y, como dijo Christopher Hitchens, los
conservadores se equivocan por completo cuando dicen que se trata de
algo radical por parte de los gais. En realidad es muy conservador. Es
un compromiso muy cuco: ¡es burgués!
Me ha dicho que no entiende por qué la gente se une a EI y, en su última novela, La Zona de interés, hay un epílogo en el que dice no entender a Hitler tampoco. ¿Son casos extraordinarios? ¿Fue el nazismo tan distinto de lo que hizo, por ejemplo, el Imperio británico con sus colonias? ¿Qué
es tan distinto en el nazismo que escapa nuestra comprensión, si la
historia, y la historia de Europa en particular, está repleta de
limpiezas étnicas, destrucción, odio y dominación?
Normalmente
puedes encontrar una razón coherente para explicarlo. Por ejemplo, en
Darfur gran parte de la limpieza étnica se explica por el cambio
climático. Está cambiando el carácter de las tierras y uno las necesita
para cultivarlas. Existe una causa, una causa razonable, por muy
moralmente discutible que sea. Pero no hay nada para entender a Hitler, solo el antisemitismo, que a él le duró toda la vida.
También era parte del sustrato cultural europeo.
Sí,
pero incluso en su último testamento Hitler escribió que el veneno de
la humanidad era la judería internacional. Es ridículo, estaba basado en
la nada. Se sustentaba en Los protocolos de los sabios de Sión.
Una falsificación. No, no era una falsificación, fue un invento, una
fabricación. Todo el mundo lo llama una falsificación. Todos los
historiadores usan esta palabra: falsificación. ¿Una falsificación de
qué? Falsificación sugiere algo real, un documento auténtico. No es una
falsificación, es una fabricación. Lo creó la policía secreta zarista,
la Okhrana, a principios de siglo. Hitler siempre decía que era
auténtico porque necesitaba una razón para hacer lo que hacía.
El
antisemitismo en sí mismo es algo muy raro, y no lo entendemos. La
gente que odia a los negros no dice que son responsables simultáneamente
de traer enfermedades y de controlar Wall Street. El antisemitismo es
una idea esquizofrénica, una clásica idea esquizofrénica.
Pero
tiene una larga historia. A solo un par de paradas de metro de aquí,
está el barrio judío hasídico. Vinieron de Ucrania, donde los pogromos
rusos casi los exterminaron dos veces. Les culparon de la muerte
del zar. Oleadas de judíos huyendo de esa esquizofrenia han estado
levantando barrios en Brooklyn desde el siglo XIX. Hay una continuidad, no solo la locura de Hitler.
Viene y va. Saul Below
dijo una vez que la historia del mundo es la historia del
antisemitismo. Y estaba siendo deliberadamente hiperbólico, pero es
cierto que es una especie de termómetro en la boca de la humanidad:
cuando la fiebre sube, sube el antisemitismo. Es la manifestación de una
enfermedad que siempre está latente. Parece estar constantemente a
punto de la erupción en Europa y en el resto del mundo.
El mapamundi del antisemitismo que elabora la Anti-Defamation League —te
lo recomiendo, lo puedes encontrar en Google— es un mapa muy bien hecho
con porcentajes de antisemitismo. Miden qué apoyo obtienen en cada país
una serie de proposiciones antisemitas: «Los judíos tienen demasiado
poder», y cosas así. Los números de Oriente Medio son para reírse: 90 %
de antisemitas (en Arabia Saudí, Iraq, etc.). No son tan
incontrolablemente altos en Rusia: 30 %. En Alemania: 27 %; en Austria:
28 %. Lo más sorprendente es que, en Europa, muy por delante de los
demás, está Grecia: 70 %. Este dato sugiere que una crisis económica
lleva a la gente a mirar a su alrededor en busca de un enemigo. Pero el
siguiente en la lista es Francia: 37 % ¡Francia! Estuve en Francia no
hace mucho y la gente dice que el sur ya es fascista. Francia parece
siempre estar lista para algo así. Recuerda el caso Dreyfus: dudo que el
Estado de Israel hubiera existido sin el caso Dreyfus. Fue la conmoción
del caso Dreyfus lo que llevó a los padres del sionismo a la acción.
Pero
Hitler es distinto. Ha habido muchos intentos, particularmente entre
historiadores alemanes, de mostrar una continuidad entre Stalin
y Hitler. «Hitler lo aprendió todo de Stalin, son lo mismo». Y las
cifras son ciertamente comparables, pero si uno quiere entender a Stalin
no es muy difícil. Basta con ir a Marx, está todo allí. Cuando Stalin apareció y las cosas se pusieron muy violentas, hacia 1930, todo el mundo —incluido Bukharin, el bolchevique hippy—
estaba de acuerdo en que no colectivizar la agricultura era equivalente
a abandonar el experimento y aburguesarse. Y, como Hitler le dijo a
Stalin, diez millones de personas murieron con las colectivizaciones. O
piensa en el genocidio de la hambruna en Ucrania, perfectamente
comparable al Holocausto en su crueldad. Marx estaba equivocado,
ciertamente muy equivocado respecto al comunismo en Rusia, pero a
diferencia del marxismo, el hitlerismo no tiene ideología. ¿Qué? ¿El Lebensraum, el espacio vital? Eso es todo. Se trata de una idea del siglo XIX en realidad: la conquista.
La
historia de la formación del Estado moderno en Europa es precisamente
esa historia de conquista y de dominación de las minorías por parte de
las mayorías, a menudo étnicas. El hitlerismo podría ser simplemente el
intento alemán de convertirse en lo que Francia devino tras la
Revolución francesa.
Ciertamente.
La idea de unidad estuvo claramente detrás de todo. También hay
alemanes que sostienen que toda la distorsión que acabó en el hitlerismo
venía de Bismarck: la unificación de un país que no
tenía ninguna necesidad de convertirse en Estado. Realmente fue
colonizado por Prusia y esos ducados y principados, pequeños y amables,
fueron amordazados hasta convertirlos en un solo Estado, un Estado con
el mismo derecho a ser un imperio que el resto. Esa es la gran
distorsión, dicen.

Volviendo a La zona de interés, sus editores franceses y alemanes no quisieron publicarla. Confieso que no entiendo la polémica ni el argumento sobre el respeto y los límites del humor. Hay
humor en la novela, cierto, pero es un libro serio que hace una
pregunta profunda sobre la vida que llevaban los encargados de los
campos de extermino, y su capacidad para amar, para enamorarse y para
odiar por cosas insignificantes.
Yo
tampoco la entiendo, pero tampoco le veo gran cosa. En Francia, por
ejemplo, el fin de la relación con Gallimard no fue muy parsimonioso.
Fue muy desagradable, una putada. Y no dieron ninguna razón. Los
alemanes sí dieron una razón, pero los franceses no. La señora que manda
en Gallimard ahora se ha visto forzada a dar explicaciones porque la
gente está cuestionándolo. Así que se inventó una razón: dijo que era
una novela cliché. Ya, seguro. Cuando los editores dicen que no,
especialmente a alguien a quien han estado publicándole libros durante
mucho tiempo, es porque no ganan suficiente dinero. Esa es la única
razón. No pueden decirlo directamente porque se supone que son editores,
con ideales. Así que se inventan una razón o leen mal la novela, como
hicieron los alemanes. Los alemanes creyeron que la evolución de Thomson
[un personaje central de la novela], de nazi a saboteador, era
ambigua. Pero de hecho es muy clara. Simplemente les seguía el rollo a
los nazis, hasta que dejó de hacerlo.
Parece que Thomson simplemente se prepara para el futuro cuando ve que Alemania va a perder la guerra.
Sí,
bueno, más bien hace lo que puede siguiendo la ideología y dando malos
consejos. Dice que el único lenguaje que los judíos entienden es el
látigo porque no quiere que la fábrica del campo produzca nada, y esa es
la forma segura de hacerlo. Luego, cuando se enamora, siente que debe
hacer más. En cualquier caso, no hay ninguna ambigüedad. Así que ni se
me pasa por la cabeza que la decisión de no publicarme tenga que ver con
la mala conciencia sobre el Holocausto.
En la novela los nazis son todos idiotas. Echo
de menos la idea de un nazi esperanzado, sensible, inteligente: un nazi
de veinte años en enero de 1933, exultante porque Hitler finalmente ha
llegado al poder. ¿Es ese el gran tabú?
Hay
novelas con ese tema. Sebastian Haffner, que es alemán y consiguió huir
en 1939, escribió un libro sobre el momento en que los nazis llegaron
al poder —él era un niño entonces—. Dice que ya no podías confiar en tus
sentidos, que todo tenía una apariencia rara y enferma. Que todo
parecía estar mal. Y así es como él lo desglosa: un 40 % de alemanes
rechazaba a los nazis, algunos realmente odiaban a los nazis; un 20 %
los amaba; y el 40 % restante simplemente pensaron: «mantén la cabeza
gacha, vamos a salir de esta, todas las cosas pasan». Nunca estuvieron
tan cohesionados como los nazis creyeron. Las SS estaban unidas, y las
SA también, hasta que las destruyeron, pero eran un núcleo duro de
jóvenes adoctrinados de arriba abajo. Cuando la guerra comenzó, hubo
muchos jóvenes que dijeron: «Hemos nacido para esto: para morir en esta
guerra, para dar nuestras vidas». Ese nihilismo es considerable.
Usted
sostiene que la extrema crueldad de los campos de exterminio revela la
verdadera naturaleza de cada uno, que hay una verdad que se desvela
cuando uno es arrastrado a situaciones extremas.
Un
superviviente dijo que en la vida normal, en tiempos de paz, nunca usas
más del 10 % de lo que eres. No hay ninguna razón para profundizar en
ti mismo. Sin embargo, cuando las cosas son extremas, cuando te metes en
lo que un escritor describió como «una situación productora de
atrocidades», entonces tienes que hacerte preguntas realmente severas.
Durante el Holocausto, para víctima y verdugo por igual, esta era la
cuestión: ¿estoy hecho del material humano que puede pasar por esto?
Una
de las consecuencias colaterales más inquietantes de leer historia es
que siempre te estás preguntando: ¿Y yo qué hubiera hecho? Como inglés
sé muy bien que, si hubiera nacido veinte o treinta años antes, habría
sentido que esta era una guerra de la que tenía que ser parte. Me habría
alistado, habría ofrecido mis servicios.
¿Y si hubiera sido un alemán de dieciocho años en 1933?
Entonces
eres como Günter Grass. Él tenía diecisiete años cuando se alistó,
hacia el final de la guerra. Es la presión del grupo y el
adoctrinamiento. No sé cómo era la vida de Grass, pero ciertamente no
fue adoctrinado en sentido contrario en su casa. La presión del grupo es
algo asombroso. ¿Has leído el libro Ordinary Men de Christopher Browning?
No, no lo he leído.
Es
un libro breve sobre un batallón policial de la reserva que se encargó
de muchos asesinatos en Polonia y Rusia —asesinatos de judíos—. Iban de
pueblo en pueblo y mataban a todo el mundo. Eso es lo que hacían todo el
día. De vez en cuando, alguien se negaba a hacerlo y al poco tiempo le
mandaban a otro trabajo. Podían recibir algún codazo en la cola del
almuerzo. A lo mejor les llamaban cobardes. Pero eso era todo. Browning
señala, en una cita muy útil, que entre los miles de juicios en Alemania
y Polonia, no hay ni un solo caso de alguien castigado severamente por
no obedecer este tipo de órdenes criminales. Ni uno solo. Todos
quisieron dar la impresión de estar obedeciendo órdenes por miedo al
castigo. Pues no hay ningún caso que lo pruebe. La presión del grupo fue
todo lo que necesitaron: nunca lo descuentes como fuerza. La gente
preferirá matar a mujeres y niños todo el día, cada día, antes que vivir
con el desprecio de su grupo, antes que recibir codazos en el comedor.

En
la novela, los nazis son muy conscientes de que los judíos son seres
humanos con dignidad, y no es la deshumanización intelectual lo que les
permite matarlos sin piedad, como suele sugerirse. Más bien es a
partir de tratarlos con crueldad como los judíos se vuelven bestias y
entonces, sí, los nazis pueden decirse: «¡Son bestias! ¡Podemos matarles!».
El ejemplo más claro en la novela de esto que dices es cuando Doll [el comandante del campo]
escribe un informe sobre su visita al gueto y dice: mira a esta
gentuza, si los dejas solos ni siquiera cuidan a su propia gente. Yo
creo que simplemente con los guetos, el pensamiento que hay detrás de
los guetos, ya tienes un crimen de guerra de gran envergadura y maldad.
Hannah Arendt
se metió en problemas con la comunidad judía por decir (y hay cierta
verdad en ello) que los Consejos Judíos de los guetos hicieron posible
que el Holocausto siguiera su curso de manera ordenada. Sin embargo, Michael Burleigh,
en su nueva historia del Tercer Reich, escribe que si pudieras oír pero
no ver lo que ocurría, te daría la impresión de que el líder del
Consejo Judío y el líder de los nazis de, pongamos, Loitz, están
conversando razonablemente sobre cuotas y sobre a quién le toca ser el
siguiente en irse. Pero una vez entras en la habitación, enseguida te
percatas de que el líder judío está temblando de horror y odio. El nazi
está fumándose un puro, echándole el humo en la cara, exudando desprecio
porque sabe que lo tiene bajo su dominio.
O sea que Hannah Arendt se equivocaba.
Era
una mujer increíblemente brillante. Era casi demasiado brillante. Tenía
una gran mente de abogado. Se le notaba. Aunque también se lio con un
nazi [Heidegger].
Es tentador leer Eichmann en Jerusaléni, de Arendt, como un rastro de migas o un juego de pistas para entender cómo pudo enamorarse de un nazi.
¡Exacto!
Pero en realidad es un tema colateral. No está presente en sus libros.
No es como si te encontraras de pronto con un: «¡Uh! Ahora me mola
Heidegger» [ríe]. De todas maneras, la banalidad del mal no ha
envejecido bien. Recientemente leí que la describían como «la peor
periodista de sucesos de todos los tiempos», porque se tragó la
presentación de Eichmann en el juicio de Jerusalén. En
realidad Eichmann no era banal de ninguna manera. Llegó a decir:
«Saltaré riendo a la tumba porque la idea de tener sobre mi conciencia
la muerte de cinco millones de judíos me da especial satisfacción».
Quizás fueran banales al principio, como dijo mi viejo amigo Robert Jay Lifton (autor de The Nazi Doctors).
Eso es perfectamente cierto. La mitad lo eran, incluido Hitler, quien
podría haber sido un pintor bisexual en algún estudio austríaco de gusto
exquisito si hubiera tenido algo más de talento. Rudolf Hess podría
haber sido, quizás, un burócrata menor en algún cuartel perdido de
Alemania. Pero no fueron banales una vez empezaron. Dejaron de ser
banales. Sebastian Haffner dice que nunca fue una ideología, que era el
grito del disturbio. El quid era: «Los que pegaríais, robaríais,
torturaríais y mataríais a quien nunca os ha hecho ningún mal, venid y
uníos a mí. Esa es nuestra raison». Esto no tiene nada de banal.
Como unirse a EI.
Sí, unirse a algo. Haffner dice que es la debilidad alemana. Y Goethe
dijo de la naturaleza alemana que es impresionante individualmente,
pero increíblemente deprimente en masa. Creo que esta es una gran verdad
de los seres humanos. Todos están bien si están solos. Son unos
muchachos fantásticos cuando están solos, pero cuando se juntan, en fin,
todos, en nuestra experiencia, lo hemos visto y hecho. Yo solía
tirarles los sombreros a las viejecitas por la calle cuando estaba con
mis colegas; nunca lo hubiera hecho estando solo.
¿Cree que existe el carácter o la naturaleza alemana o inglesa?
Creo que es de locos decir que no existe. A nadie le importa si lo que dices es agradable. Orwell
dijo que a los ingleses les gustan las flores. Nadie podría objetarle
nada. «Los irlandeses son grandes conversadores». Lo son. Nunca he
conocido a un irlandés que no hable bien. Pero a la que es algo
negativo, tolerancia cero.
Por eso lo pregunto. Es una forma controvertida de describir el mundo.
Claro,
pero claramente hay características nacionales. Sería muy raro que no
las hubiera. Tal y como lo cuenta Sebastian Haffner, los alemanes eran
una nación de poetas y filósofos, hasta que se convirtieron en un
Estado-nación, algo que no eran. De ahí que siempre estuvieran
insistiendo en lo de ser una comunidad orgánica, porque es lo que no
tenían. Demasiados alemanes, novelistas además, han dicho que sienten el
deseo fatal de ser una comunidad. Los alemanes, parece, son muy
susceptibles a eso. Pero habla con cualquier ruso y te dirá que el gran
tormento del alma rusa es no saber hasta qué punto son europeos y hasta
qué punto son tártaros, del este. Así que sí, hay características
nacionales, aunque sean negativas.
Cuando su hermana murió, usted dijo que fue víctima de la revolución sexual (de la que habla en la novela La viuda embarazada).
Fue aplastada, dijo, por las presiones a las que las mujeres se han
visto sometidas desde que la idea del sexo antes del matrimonio se
convirtió en la norma. ¿Cree que las mujeres sufren las secuelas de la revolución sexual? ¿Y los hombres?
No,
no: yo creo que ha sido algo fantástico para las mujeres. Ha sido
fantástico para todo el mundo. Pero no hay revoluciones sin bajas. Hubo
mujeres que probaron la liberación y no les gustó, y se retiraron a sus
vidas burguesas…
¿No fue la revolución sexual una revolución burguesa?
Acabó
siéndolo, pero al principio fue algo radical. En cualquier caso, la
mayoría de las mujeres encontraron su camino, dijeron: «no me gusta
esto, me gusta aquello», y simplemente se crearon un modus vivendi
a su medida en la nueva realidad. Sin embargo, hubo mujeres como mi
hermana que no pudieron soportar la libertad. Una de las principales
razones por las que incluí esa suerte de tema islámico en La viuda embarazada
es la convicción de que es el único tipo de régimen cultural contra el
que mi hermana no habría tenido que luchar tanto. Podría haber vivido
con esas reglas. Cualquier libertad era demasiado para ella. En lo que a
mí se refiere, nunca fui un contrarrevolucionario. Fue asombroso,
sorprendente, extraordinario lo rápido que cambió todo. Fue una
revolución auténtica.

Ha
dicho: «La edad diluye a los escritores. El peor de todos los destinos
trágicos es perder la habilidad de impartir vida a tus creaciones (tus
creaciones, en otras palabras, ya nacen muertas)». ¿Se está usted diluyendo con la edad?
¿Me
estoy diluyendo con la edad? ¡Argh! Todavía no. En este momento, he
escrito ciento cincuenta mil palabras de una novela autobiográfica. En
realidad no es sobre mí, es sobre ciertos escritores, amigos, gente que
conocí. Sí que siento que está como desbravado en el sentido de que
estoy escribiendo sobre la vida. Es ese nuevo género que llaman
literatura sobre la vida. ¿Has oído hablar de él? [Ríe].
Me suena, sí [río].
Pues
eso. Bueno, Saul Bellow es muy interesante en este sentido, como en
tantos otros. Él tomaba personas directamente de la vida real y las
ponía en la página sin alterar nada. Algunos de sus mejores amigos
tuvieron que firmar documentos comprometiéndose a no denunciarle. Nunca
estuvo muy interesado en lo que creo que es la responsabilidad de la
novela con la forma. Se ha dicho de las novelas sobre Auschwitz que o
bien no son sobre Auschwitz o bien no son novelas. Algo hay de cierto
ahí, creo. Normalmente no son novelas. Hay algo en Auschwitz que se
resiste a la forma de la novela. Cuando tuve la idea para La zona de interés
supe que sería una novela. Quizás no sea sobre Auschwitz, pero es una
novela. Tampoco es que tuviera una necesidad acuciante de desahogarme
sobre Auschwitz porque ya había escrito una novela sobre el Holocausto.
La flecha del tiempo.
Es, creo, la más esperanzadora de sus novelas. La narrativa va hacia
atrás en el tiempo y el Holocausto se transforma en una historia de
curación en lugar de una historia de destrucción. La guerra se convierte en un proyecto europeo: usar sus ruinas para fabricar judíos.
[Ríe]
Sí, convocarlos de las cenizas. Pero es esperanzadora en un sentido
terrible. Funciona porque la flecha del tiempo es la flecha de la
moralidad, curiosamente con una consistencia del 100 %. Hazlo correr
para atrás en el tiempo y un moralista se tornará un inmoral y
viceversa.
En cualquier caso, lo que sentí cuando estaba empezando a escribir La zona de interés
fue que sería una novela, y con esto quiero decir que tenía que ser muy
coherente, que todas las escenas que no contribuyeran de alguna manera
al tema central serían cortadas.
Cuando
te preguntas si cortar o no, siempre se trata de lo mismo: ¿tiene que
ver con el tema central? Si no, o si albergas dudas al respecto, se
elimina. Si tienes tus dudas, pero tiene que ver con el tema central,
entonces se queda y arreglas lo que sea que está mal. Las imágenes serán
coherentes, habrá un sistema de imágenes. Todo esto va con la novela,
en mi opinión. Infliges gran violencia a las cosas para darles la forma
correcta para una novela. A Saul Below nunca le interesó todo esto.
Así que, dado que el libro en el que está trabajando es autobiográfico…
Son unas memorias de ficción. De ficción. Insisto en ello porque la ficción te da libertad, te puedes inventar cosas.
Pero el uso de material autobiográfico, ¿es una retirada por su parte?
Sí,
pero cuando termine con esto —que me va a llevar unos seis meses más—
entonces quiero escribir algo sobre la cuestión racial en Norteamérica.
¿Ha cambiado su opinión sobre el racismo desde que se mudó a Nueva York?
Viví
un año en Estados Unidos cuando tenía nueve años, mi mujer es
norteamericana, y mi primera mujer es norteamericana. Cuatro de mis
cinco hijos son medio americanos. Mi madre vivió muchos años en Estados
Unidos. Pero cuando vienes a vivir aquí —llevo cuatro años ahora—, las
cosas que ignoras con un gesto de los hombros —«Ah, América es así»— ya
no puedes ignorarlas más. Te das cuenta de qué lugar más históricamente
cruel es este. Un país increíblemente cruel. Hacen muy buen trabajo
manteniéndolo bajo control, pero la profundidad de la crueldad necesaria
para la esclavitud, y luego un siglo entero tras la guerra civil,
cuando simplemente encontraron la manera de mantener la esclavitud con
otra forma… En fin. Como dice el último libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow: «La solución más reciente al problema de los negros es encerrarlos a todos, encarcelamiento masivo».
Al principio del mandato, usted dijo: «Un excelente escritor en la Casa Blanca: amo a Obama».
Es maravilloso tener a un escritor en la Casa Blanca. Y es un buen escritor además. Es bueno rítmicamente, el mejor desde Lincoln.
Dicen que hacia el final de su primer mandato, Obama sufrió una
depresión clínica, y que no podía medicarse porque el historial médico
del presidente es público. Es posible que así fuera. Se le veía tan
claramente frustrado, no conseguía aprobar nada. Ahora está teniendo un
par de años muy buenos, el tío está que se sale: el matrimonio gay, el
acuerdo con Irán, cuando cantó «Amazing Grace», la reforma sanitaria.
Algún tipo de control de las armas de fuego sería un gran final, porque
lo de las armas es algo realmente idiota que tienen aquí. Pero mi teoría es que tener un presidente negro ha empeorado la cuestión racial.
¿Empeorado?
En
el buen sentido: la ha visibilizado. Ahora hay una conversación en
curso, antes no. La ha empeorado porque el más despreciable de los
palurdos siempre podía decirse a sí mismo: «Soy mejor que esos putos
negros que viven allá abajo». Ahora ya no pueden decirlo. El día que
Obama fue elegido, algunos se dijeron: «Bueno, si un puto negro puede
ser presidente, entonces Jimmy puede tomarse otro trago». Pero si un
puto negro puede ser presidente es algo brutal para América. Obama está
muy seguro de sí mismo, es inteligente, tiene una gran educación, y ya
no pueden decir: «Soy mejor que todos los negros de América», que es lo
que antes decían. Así que ciertamente su presidencia ha exacerbado las
cosas. Es un momento muy interesante para vivir aquí.
¿Qué piensa de Donald Trump?
Es
la era de la personalidad, no de las políticas. Trump se ha beneficiado
de ello. Si lo hace conscientemente no lo sé. Ha perdido la cabeza. ¿Le
has visto últimamente en alguna entrevista? No puede parar de hablar.
Ha perdido un tornillo. Es un megalomaníaco; siempre lo ha sido, pero
ahora lo es a nivel nacional. Nos está mostrando la ruina del partido
republicano, un partido noble que nació a mitad del siglo XXI contra la esclavitud y, mira ahora, todos son horribles.
De
niño, con Franco aún coleando, vivió unos meses en Sóller, Mallorca.
Iba al colegio en Palma. En sus memorias parece más preocupado por su
paisaje interior —la separación de sus padres— que por el paisaje
exterior. ¿Tiene recuerdos de Mallorca?
Hemos
ido a Mallorca este verano y fuimos a Sóller. Está todo muy cambiado.
Recuerdo, eso sí, a la Guardia Civil con metralletas diciendo a las
chicas que no podían ir en bikini. Además, mi madre vivió en Ronda
muchos años y dos de mis hermanos todavía viven allí. Fue allí donde
tomé más conciencia de la presencia de la dictadura. En Mallorca iba a
una escuela internacional y para mi hermano mayor y para mí, dos
chavales extranjeros, había un margen de libertad que no teníamos en
Inglaterra. Recuerdo que me gustaba meterme en los vagones de tercera
clase del tren porque allí podías ver a mujeres amamantando a sus bebés.
Increíble [ríe]. España es mi segundo país europeo. Mi hermana
fue a una escuela local y aprendió español. El que fue marido de mi
madre durante muchos años tenía un español fluido. Y mi hermano, el que
vive en Ronda, prefiere hablar español a inglés. El inglés le da mucho
trabajo y cuando se relaja habla en español.
¿Está al caso de la literatura, la cultura o la política españolas?
No
sigo ninguna literatura extranjera porque no hablo la lengua. Es una
especie de superstición, siento que no sacas mucho de las traducciones.
Algunos escritores se traducen fácilmente, como Kafka, por ejemplo.
Tolstoi parece traducirse con gran pureza. Dostoievski, en cambio, sé
que sería mucho más divertido si no fuera por esa traducción victoriana
tan tradicional. A veces leo literatura traducida, pero como un deber, a
ver si saco ideas. Nunca por placer. Leer traducciones es como mirar la
fotografía de un cuadro.
De la política solo soy consciente del separatismo en Barcelona. Es imposible ir a Barcelona y no darse cuenta.
