Para celebrar el día de la poesía, en este mes de marzo, el cub de
lectura juvenil ha leído el poemario de Tim Burton, la melancólica
muerte de Chico Ostra, unas páginas llenas de personajes raros,
inadaptados, que se han ganado un hueco en nuestro corazón.
Pero no solo eso, además hemos creado un poema en conjunto:
EL POEMA MÁS RARO QUE TE PUEDAS ENCONTRAR TRAS LEER AL CHICO OSTRA
En
un mundo literario en el que cada día salen novelas más “trepidantes” y
“sorprendentes” y en la que cada mes nos encontramos con un nuevo valor
que va a cambiar el panorama negrocriminal, volver a Fred Vargas es un
lujo. En Cuando sale la reclusa
(Siruela, traducción de Anne- Hélène Suárez) me encuentro con todo lo
que me gusta del género: un argumento llevado con solidez y sin
artificios, un personaje central poderoso y original, grandes
secundarios, inteligencia y respeto por el lector y diálogos brillantes.
La
llega de Frédérique Audoin-Rouzeau (París, 1957), alias Fred Vargas, a
la literatura desde la arqueozoología fue una suerte para todos, aunque
contado por ella parece casi un accidente. En una entrevista, y no da muchas, en 2005 aseguraba
a este diario: "No sé por qué empecé a leer de pequeña novelas
policiacas, cuando nadie las leía en casa. No he dejado de leerlas desde
entonces. En cuanto a decidir escribirlas, es bastante sencillo: era
arqueóloga, tenía 28 años y conocía mi oficio. Pero, a pesar del mito,
es una ocupación bastante científica, bastante austera. De vez en cuando
sentía la necesidad de ir a jugar a otra parte. Entonces, una
noche, después de trabajar en una excavación, decidí escribir una novela
policiaca. Para divertirme. Al día siguiente compré un cuaderno y un
bolígrafo, y así empezó".
Al inicio de la novela tenemos al bueno de Jean- Baptiste Adamsberg
a su aire en Islandia con un hijo que ha descubierto hace poco y con el
móvil hundido en un montón de mierda de oveja. De allí le saca una
llamada para volver a París a un asunto que necesita de su inteligencia.
Se trata de un homicidio solucionado rápidamente y solo sirve como
puesta en escena de un caso mucho más imbricado que Vargas lleva de
maravilla y del que va enseñando poco a poco el andamiaje mientras nos
lleva por las vicisitudes nada banales y a veces muy divertidas de
Adamsberg y su brigada.
Al principio es verdad que no se
sabe muy bien de qué va eso de la reclusa y las arañas pero el lector
entra en materia a la vez que el comisario y en la página 200, con todo
el lío puesto encima de la mesa, puedes sonreír y celebrar que quedan
otras 200 páginas.
Hay momentos de humor de nivel, de
ironía delicada, escenas de gran ternura, que no de sensiblería, como
esa en la que Adamsberg moviliza a toda la brigada para socorrer y
salvar a cinco crías de mirlo que han nacido en el patio de la
comisaría. Me encanta el grupo humano del que Vargas rodea a su héroe,
pero siento especial debilidad por él. Me gusta que su pensamiento
funcione mejor cuando tiene alguien enfrente, que sea un despistado con
dos relojes que no funcionan, que use su inteligencia tanto como su intuición,
que sea tan buen tipo. “Lo juzgaban a menudo, soñador y utópico
obstinado (...) sin entender, sencillamente, que el comisario veía entre
brumas”, dice el narrador.
Además, Vargas juega con los
prejuicios del lector, con su pensamiento y sus inquietudes. A medida
que van apareciendo distintos sospechosos y conocemos la catadura moral
del infame grupo de víctimas, uno tiene que luchar contra la tentación
de justificar al asesino y pensar que, sea quien sea finalmente, nos
está haciendo un favor al quitar de en medio a estos tipos.
El
final está, como todo en las novelas de Vargas, muy bien llevado pero
en el fondo es lo de menos porque todo lo bueno nos lo hemos disfrutado
ya. Dice Gullermo Altares en su crítica para Babelia que "Cuando sale la reclusa,
que podría ser calificada sin exagerar como obra maestra de la
literatura negra (la versión de su traductora habitual, Anne-Hélène
Suárez, es además impecable)". Y asegura Fernando Savater que tiene a
Fred Vargas como “una de las mejores novelistas francesas del momento en
cualquier categoría y género". Amén. Vive le noir.
Fred Vargas, el arte de mezclar leyenda, tradición, historia, humor y suspense
Por
Rosa Mora
La ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Letras es una
escritora que rompió los esquemas de la novela policiaca. Presentamos
una cartografía sobre las claves de su literatura y de por qué gusta a
los lectores
Fred Vargas (París, 1957) es maestra
indiscutible en el arte de mezclar leyendas, tradiciones, fantasía,
historia, humor y suspense, con imaginación y una prosa excelente. Sus
argumentos son sólidos y complejos y se disparan en varias direcciones.
No deja nada al azar. Así es la Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018 que no ha podido asistir a la ceremonia de entrega del galardón este viernes 19 de octubre en Oviedo (España).
Su nombre real es Frédérique Audoin-Rouzeau y su alias, Vargas, hace referencia al personaje que interpreta Ava Gardner en La condesa descalza:
María Vargas. La escritora es una arqueóloga de profesión y con
estudios de Historia (Prehistoria y Edad Media). Trabajó como
investigadora arqueozoóloga en el Centro Nacional de Investigación
Científica y ha publicado ensayos sobre epidemias, la pulga que
transmitía la peste, o la economía en la Edad Media.
Otras señas particulares de la Premio Princesa de Asturias de las Letras, que en España la edita Siruela, son:
Nunca aparecen detalles concretos de marcas, canciones o modas, para evitar datar la historia.
Sus personajes son extraordinarios.
No utiliza grandes golpes de efecto, sin embargo mantiene al lector en vilo.
Su humor es soterrado, a veces maligno, a veces risueño.
Consigue que su prosa sea detallista, morosa y ágil a la vez.
Sus conocimientos de arqueología e historia son patentes, pero su
erudición jamás es un lastre, la hace amena. Hace bueno aquello de
divertirse y aprender.
Vargas no tuvo un comienzo fácil. Su primer libro es de 1986, Jeux de l’amour et de la mort. Su
literatura no encajaba en las editoriales y rechazaban sus libros
porque se salían del concepto clásico de novela negra. Hasta que a la
pequeña editorial Viviane Hamy le gustáron («Si se quiere editoriales
independientes, los autores también han de serlo», ha dicho Vargas).
¿Novela negra o policiaca?
La pregunta entonces es: ¿Escribe Fred Vargas novela negra? ¿Policiaca?
Ella dice que de enigma. Quizás sólo es literatura. Quien mejor la ha
definido es el escritor y crítico José María Guelbenzu: «Muy moderna en
su clasicismo». La atrayente mezcla de leyendas y fantasía aparece en
todas sus novelas. Por ejemplo, vampiros y cazadores de vampiros (Un lugar incierto); un hombre lobo con apariencia humana (El hombre del revés) o el fantasma de una monja que degollaba a sus víctimas (La tercera virgen). En Tiempos de hielo, encontramos a un afturganga, guardián, para unos, del islote islandés, un demonio o un muerto viviente para otros. Protege y guía a Adamsberg.
Fred Vargas es difícilmente clasificable. No se parece a nadie,
aunque a mí me ha hecho pensar en otro gran innovador, el irlandés John Connolly,
que también se mueve entre el presente y el pasado. Charlie Parker y
sus amigos y ayudantes, la pareja homosexual Angel y Louis, son asimismo
muy especiales. Parker es tan compasivo como Adamsberg. Vargas y
Connolly exploran el Mal en estado puro, pero las novelas del irlandés
son duras y las de la francesa, amables. Quizá recuerda algo al Daniel
Pennac del Quinteto de los Malaussèneen
cuanto a personajes entrañables se refiere. Tanto Ben Malaussène, el
líder de la tribu, como sus numerosos hermanos y amigos del barrio
parisino de Belleville, tienen ese algo cercano. Pero toda semblanza es
remota. Vargas es única.
Una troupe sensacional
Una de las claves de porqué Fred Vargas gusta tanto son sus logrados personajes. Incluso los secundarios son brillantes.
Los disparatados miembros de la Brigada Criminal 13 de París, de Jean-Baptiste Adamsberg
son fantásticos; sería muy divertido trabajar con ese equipo. Empezando
por el propio comisario, un hombre de gran intuición y, sobre todo,
compasivo. Siempre viste de negro, lleva dos relojes que no funcionan,
hace estupendos dibujos de los implicados en el caso y nunca para
quieto. Es muy atractivo.
La poderosa y omnipontente teniente Violette Retancourt, cien kilos de masa musculada, leal aunque planta cara cuando piensa que Adamsberg descarrila.
El comandante Danglard, mano derecha del comisario,
de elegancia británica, gran bebedor de vino blanco, el más inteligente y
con más memoria del grupo, el que intenta casar las fábulas y leyendas
con la ciencia.
El hipersomne Mercadet, que necesita hacer una siesta cada tres horas, protegido por la brigada para que no se entere el gran jefe.
Voisinet, experto en peces y aves.
Mordent, gran conocedor de los cuentos de hadas.
Veyrenc, con el pelo bicolor (fue torturado de
niño); nació en el mismo trozo de montaña pirenaica de su jefe y de la
rivalidad pasaron a la amistad. A veces habla en alejandrinos y es un
gran admirador de Racine.
Helène Froissy, delgada como un alambre, come poco pero tiene pánico de quedarse sin comida y posee toda una reserva en comisaría.
Buenos también son los tres evangelistas, de otras serie de Vargas
del mismo nombre. Los tres son historiadores, sin un duro y con gran
curiosidad: Mathias (prehistoria), Marc (medievalista) y Lucien
(I Guerra Mundial). En su creación la escritora partió de su hermana
gemela Jo y de su hermano mayor, Stéphane. «Me he inspirado en él, en Jo
y en mí misma. No somos reconocibles pero somos nosotros. Y es nuestra
manera de funcionar como hermanos». Ha escrito hasta ahora tres novelas
de esta saga, Que se levanten los muertos, Más allá, a la derecha y Sin hogar ni lugar, que Siruela reunió en 2014 en un solo volumen, Los tres evangelistas.
Cuando sale la reclusa
La escritora francesa narra de forma muy original, en Cuando sale la reclusa,
el maltrato que han recibido y reciben las mujeres. En los años
cuarenta del siglo XX, un grupo de escolares martirizan a once de sus
compañeros en un orfanato. Ese mismo grupo se dedicará más adelante a
agredir sexualmente a mujeres. Lo que más les gusta es la violación en
grupo. En los años cincuenta, un padre desalmado secuestra, viola y
alquila a sus dos hijas durante más de quince años. En los ochenta,
nuevas violaciones. Ahora mismo, la teniente Froissy es acosada. La
violencia y el Mal no retroceden. Tres ancianos mueren, en la
actualidad, a causa del veneno necrótico de la araña reclusa
(Loxosceles). Un tipo de araña inofensiva, que se esconde y que no ataca
si no se ve obligada.
El teniente Voisinet, gran aficionado a la zoología, queda conmovido
tras interrogar a una mujer violada hace años y elucubra una teoría que
desconcierta al comisario Adamsberg: «Imaginemos que una mujer violada
se adueña de una araña; se adueña entonces del fluido venenoso, domina
el esperma ofensivo. De este modo, puede matar mediante la araña y
gracias a la araña».
«¿Ahora? ¿En nuestra época?», se pregunta el comisario. Voisinet se
muestra convencido: «Pero ¿qué época? ¿Civilizada? ¿Racional?
¿Tranquila? Nuestra época es nuestra Prehistoria, es nuestra Edad Media.
El hombre no ha cambiado un ápice. Y menos aún en sus pensamientos
primarios». Este es el quid de Cuando sale la reclusa, la nueva
novela de Fred Vargas. De rabiosa actualidad pero que se remonta a la
Edad Media y recorre los tiempos hasta llegar a los foros de internet.
Todos los finales (Editorial Bala Perdida), resulta ser uno de los poemarios más potentes que recuerdo en lengua castellana. Te sorprende la capacidad de Bea Gómez para jugar y subvertir el verso, para queerizar la semántica, para volver brillante lo cotidiano y hasta lo aparentemente banal.
Barroco y con aristas, también sabe ser tierno y sorprendente en su calidad de libro de poesía de una avezada conocedora de la literatura universal.
Un libro imprescindible que, desde su magia, dará mucho que hablar. Poesía en estado puro, prosa poética y subversiva, un libro valiente y necesario que sitúa la literatura y el lenguaje en el centro de un campo de batalla, el cuerpo, los barbarismos y los mitos impuestos, la soledad, la solidaridad y el amor. De poemas situados en su Castilla profunda y natal, con un tono intimista y sensual, a verdaderas declaraciones sociopolíticas contra los lenguajes del heteropatriarcado.
Bea Chinaski ha conseguido una obra redonda, cautivadora a la vez frágil y resistente, dura y delicada. La autora es profesora de secundaria y activista de Transfeminalia-Palencia y otras muchas causas, entre ellas, la de romper con el lenguaje poético y simbólico habitual.
ENTREVISTA
A BE GÓMEZ CON
MOTIVO DE LA PUBLICACIÓN DE SU POEMARIO “TODOS LOS FINALES”
por
Eduardo Nabal
Hola Be, cogí “Todos
los finales” y no podía dejar de leerlo. Cuéntanos todo el proceso que hay
detrás de este poemario tan bello e iconoclasta a la vez. Da la impresión de que
has trabajado mucho pero nadie mejor que tú para ponernos en situación.
Hola Edu. No sabes lo importante que es para mí que un
lector me diga que cogió mi libro y que no pudo parar de leerlo, como si fuese
droga dura, o algo así. Es maravilloso, gracias. En cuanto al libro, es verdad
que hay detrás mucho trabajo, y de muchos años además, pues aunque si bien es
cierto que esta es la primera obra que publico, el libro lleva gestándose mucho
tiempo. En este sentido, además de la fase más puramente compositiva, han
venido días de trabajar mucho el diálogo entre unos poemas y otros, entre
portada, contenido, y todo lo demás para que todo fluyera en permanente
conversación. La labor de la edición ha sido fundamental, y si no hubiese sido
por mi mujer y mi editora, que me han aportado todo lo aportable,
en ese sentido, el producto final de “Todos los finales” no hubiese sido ni la
mitad de poderoso y molón de lo que es ahora. Además, contar con un prólogo
maravilloso como el que Nacho Vegas ha
escrito con tanta generosidad es una suerte para un autor novel como yo, y todo
eso es posible porque hay más personas como el propio Nacho y sobretodo mi
editora, implicadas en el proyecto. Muy poca gente lo sabe, pero sentirte
arropado por el buen hacer de la editora es fundamental, no sólo para lo
relativo a la difusión y venta del libro, sino también a su calidad, a lo que
tiene que decir. Y en este sentido, con Lorena Carbajo (editora de Bala Perdida) tengo una
suerte enorme.
- Percibo una diferencia, nunca clara, entre poemas intimistas en que
reconocemos a la autora en su entorno cotidiano y otros más políticos
como “El género y otras ficciones” donde pones una cita de Judith Butler en el
encabezamiento. ¿Ves tú esa diferencia?
Entiendo lo que planteas, pero la verdad es que yo no lo percibo así. Se
repite continuamente que lo personal es político, y es verdad, pero también
creo que la política siempre acaba por ser personal, y por tanto, no entiendo
otra manera de hacer política que no sea desde la intimidad, ni mejor manera de
conectar con lo propio, que ponerlo a dialogar con lo social, con lo común y
con lo cotidiano. En mi cotidianidad, en mi cuerpo, en mi vida, todo lo que
está presente en “Todos los finales” me atraviesa de un modo u otro, y entiendo
que, a menudo, quedarme en casa cuidando de mi perro anciano es un gesto más
político que ir a una manifestación. De hecho, entiendo que ahí está la
verdadera revolución, el verdadero cambio. Yo entiendo la ternura como un acto
político y, de hecho, el poema al que haces alusión, “El género y otras
ficciones”, es una especie de autorretrato, es el “mi infancia son recuerdos de
un patio de Sevilla” particular. Otra cosa es que, en ese poema, como ocurre en
otros, se pongan de relieve situaciones, creencias y aspectos sociales y
políticos que hieren directamente al sujeto poético, que en este caso soy yo,
lo que provoca en el lector una extraña empatía incómoda, porque le obliga a
aceptar el sinsentido de determinados convencionalismos sociales, especialmente
relativos al género, del que él, muchas veces, también ha formado parte. Dicho
de otra manera: utilizo mi dolor para que el lector conecte con él, y una vez
que lo he logrado le digo: vale, pues toda esta mierda también es, en
parte, responsabilidad tuya. Y ahí lo dejo pensando. Por eso no entiendo
bien que la gente crea que la poesía es una especie de trajecito cantarín hecho
a medida para ricos y snobs. La poesía puede ser vibrante y brutal, y puede
convertirse en una ventana abierta a la luz en un día de mierda o en una
atmósfera irrespirable que irrumpe en medio de tu apacible existencia. Y
siempre lo hará para quedarse. La gente que no lee poesía vive flojito; es como
si fuesen por ahí con cara de velocidad montadas en sus bicis y no se hubiesen
atrevido todavía a quitarle los ruedines a sus vidas; y me da mucha pena,
porque es como si no se atrevieran a vivir de verdad. A palpitar muy en serio y
ver ese pálpito de frente.
- La cotidianidad
puede ser explosiva y también la batalla con el lenguaje y la literatura
tradicionales. ¿Te has peleado simbólicamente con una profesora de literatura a
la antigua usanza que escamotea todo lo que tú cuentas en el libro?
Jajajaja. No. Y tampoco he peleado ni con el lenguaje ni con la
tradición literaria, porque la verdad es que ambas, junto con muchas otras
influencias como el rock, el pop o la filosofía, por ejemplo, son el material
con el que yo he construido “Todos los finales”. Otra cosa es que yo utilice el
lenguaje y la literatura de maneras distintas, pero creo que ahí también está
el trabajo del poeta. Creo, sinceramente, que ya es muy difícil, además de
acrónico, hablar de literatura tradicional y cosas así. Entiendo la idea, pero
la verdad es que no tengo una lucha con las antiguas usanzas ni las antiguas
escuelas. Simplemente, estoy en otra frecuencia. No me interesa respetar el
canon ni por supuesto la historia. No soy historiador. Pero sí me interesa, en
cambio, todo lo que no nos han contado de esas historias. La literatura
silenciada, las biografías no contadas, las inventadas, las recreadas a medias
entre ficción y recuerdo, entre invención y poesía. Creo que la Historia con
mayúsculas, en su obsesión por la fidelidad de los hechos, traiciona multitud
de lecturas “no oficiales” y, en ese sentido, siempre tiende a conservar el
statu quo. Por eso en “Todos los finales” yo doto a muchos autores respetados,
otras vivencias, otras biografías y otras lecturas. Si no dotamos a los
clásicos de nuevas lecturas, aun a riesgo de traicionarlos, se mueren. A la
tradición hay que traicionarla por pura supervivencia.
- No solo pones en solfa tu feminidad sino que no olvidas las
masculinidades de los grandes nombres para subvertirlos como Bécquer en
tu poema Be Queer. ¿Crees que hay que reescribir la historia de la literatura?
Y ya de paso. ¿El lenguaje es un campo de batalla sobre nosotros y nosotras
nuestros cuerpos y nuestras subjetividades y creencias?
No considero que en “Todos los finales” yo ponga en solfa mi feminidad,
sobre todo porque yo no me entiendo ni me explico desde la feminidad, y tampoco
entiendo desde ahí mi voz poética. En todo caso, planteo, eso sí, otro tipo de
masculinidad que, claro está, no es la hegemónica ni la biologicista. Por otro
lado, en relación al poema Be queer, en el que juego con la biografía del poeta
romántico por excelencia, debo decir que, efectivamente, me interesaba proponer
ahí también otro tipo de masculinidad y proporcionar otra biografía a un poeta
claramente amanerado en su lirismo, pero que marcó un antes y un después en la
poesía española contemporánea. Me planteé subvertir la biografía del poeta
haciendo un poco lo mismo que hace la academia y la tradición: borrando lo que
no interesa contar y maquillando un poco lo que sí. Sólo que mis intereses, mi
manipulación, por así decirlo, es un poco más bestia evidente que la oficial. Y
bueno, que me pareció un poco como un juego macarra y divertido, porque el
libro está también lleno de humor.
Y lo de que hay que reescribir la literatura, absolutamente de acuerdo.
Nos llevan contando el mismo cuento muchos años, y a lo mejor ya va siendo hora
de revisarlo, porque depende de quién sea el narrador, el malo es el lobo, o
caperucita. Tantas autoras silenciadas, tantas intelectuales al servicio de sus
maridos poetas o escritores que ni siquiera llegaron a poder firmar sus obras,
tantos autores maricas encerrados en poéticas heterosexualizadas, tantas
autoras lesbianas disfrazando su erotismo y su calidad literaria, tantos y
tantas autoras bisexuales, trans y queer cuyas identidades y orientaciones
sexuales han sido, en el mejor de los casos, borradas de la historia de la
literatura. Quizá no sea fácil explicar la historia de la literatura desde un
punto de vista transversal, desde el feminismo, desde las prácticas e
identidades no heterosexuales, pero puede –y debe- hacerse. Siempre digo que
necesitamos un Renacimiento marica, y un Barroco trans. El Barroco es muy
trans, si te fijas, con sus mutas mutandis y su vanitas vanitatis y todo eso.
Tenemos esa obligación, porque el discurso del mundo y sus manifestaciones
culturales podrán ser monolíticas, unidireccionales y homogéneas, pero el mundo
y quienes lo habitan jamás lo serán, por fortuna. Por eso creo también que
“Todos los finales” devuelve, de un modo extraño, nuevas identidades a
personajes literarios a los que les fueron arrebatadas otras lecturas,
dotándolos así de nuevas interpretaciones y esa es la savia de la literatura.
Be Gómez es licenciada en Filología Hispánica
y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de
Valladolid. Participa en revistas universitarias
como Imaginando (Fundación Jorge Guillén) y ganó el Premio Trinidad Arroyo de
Narración. Fue finalista del Concurso Internacional de Cuentos Cosecha Eñe 2007
y ha colaborado con diversas publicaciones, como la revista queer Una buena
barba, Zoozobra Magazine o el Norte de Castilla. Es docente de Lengua
castellana y Literatura y es miembro del colectivo Transfeminalia.
Toda biografía es una invención. Pero es que la autobiografía, además, siempre tiene un algo de mascarada masturbatoria, cierto aire de autocomplacencia voraz y dulce, que nos pone al borde de un abismo en el que, a menudo esperamos, ahí al fondo, nosotros mismos.
Trataré, por tanto, de que esto no se convierta —o no sólo- en una orgía solitaria y se parezca más, sin embargo, a un cuarto propio -gracias, Woolf-, a un lugar seguro al que volver cuando vengan mal dadas y yo necesite —porque tarde o temprano no hay quien no necesite algo así- volver a un lugar que no me mienta nunca a cerca de quien soy yo y, sobre todo, a cerca de quien siempre he querido llegar a ser.
Mi cuarto propio tiene memoria, pero no tiene historia y lleva dentro el abrazo de mi amor, las manos de mis amigos y la arena que levantan las patas de mi perro en todas las playas por las que hemos corrido juntos. Dice Cesare Pavese que es bonito pasear junto a un perro, pues mientras camina olisquea y reconoce por nosotros las raíces, las madrigueras, los acantilados y las vidas ocultas; lo que multiplica en nosotros el placer del descubrimiento. Y dice también que ir por el campo sin un perro hubiese supuesto perder demasiado de la vida y de lo oculto de la tierra. Eso dice Pavese, y quién soy yo para llevarle la contraria.
Ese cuarto propio mío tiene una puerta pero también varias ventanas que abrir para que entre lo torcido, lo inadecuado, lo que incomoda, lo que insurrecta; tendrá sudor, saliva y piel y vivirá en las notas discordantes de los cuerpos disfóricos y distópicos con euforia y utopía; y todo aquello que, de un modo u otro, no va a ser nunca bienvenido será bien hallado en este cuarto.
Hay que decirlo: mi cuarto propio es del todo inapropiado. Es excesivo, imperfecto, amanerado, y lo custodian la tortilla de patata de mi abuela, el Hora 25 de mi padre y un solsticio de verano de esos que aún relucen en las casas con relumbrón vacacional que veranean infinitamente en los poemas de Jaime Gil de Biedma. No sé si lo he dicho, pero de mayor —además de una idea no escrita de Judith Butler y una canción de Los Punsetes-, quiero ser un verso desocupado de Jaime Gil de Biedma.
Este cuarto propio tiene las paredes empapeladas de humor idiota, de canciones tontas y de chistes que son cobijo seguro contra el dolor y la intemperie de la edad adulta y sus amaestrados y domésticos monstruos. Por eso adoro la adolescencia más quebradiza y más bestia y por eso trabajo con ella; porque es euforia y languidez, dolor y efervescencia a un tiempo y me conecta al yo que necesité entonces, para poder hacer algo con quienes lo necesiten ahora. Para poder acompañar con fuerza y con ternura a esas balas que ya proyectan desviadas direcciones: las que no encajan, los que no juegan al fútbol y las que quieren jugar, las del pelo raro y la lectura triste, los mariquitas miopes y las marimachos furibundas y quienes sienten que lo que sienten —belleza monstrua, cómo no amarla- no tiene un discurso que los salve. El humano piensa, dios ríe, como decía Kundera. Ríe y se divierte a nuestra costa. Quizá por eso mis alumnes piensan que soy dios —jamás se me ocurriría desmentirlo-, aunque en bachillerato empiezan a sospechar del asunto (se ve que ya tienen un pie en la zafia realidad, los muy adultos).
Todos los finales, mi primer libro, es el impulso con el que se abren todos los caminos posibles. Es el mapeo jakeado de un tránsito, una suerte de aleph de callejuelas y avenidas que explora la identidad y sus categorías como estados provisionales y la transformación como única forma de vida posible (¡Viva Heráclito!).
Y si mi «pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor» adopta hoy la forma de balazo negro y amarillo, es porque Lorena tiene la pituitaria hecha a la pólvora que incendia los cuerpos en todas direcciones y la valentía y la generosidad suficiente para apretar el gatillo.
Si Todos los finales os laceran la piel, mi satisfacción crecerá en vuestra herida. Ojalá vengan muchos más y no queráis esquivarlos.