martes, 23 de enero de 2024

La hoja roja, de Miguel Delibes

La hoja roja

Situémonos, para empezar, en esa noche en que se jubila Eloy, el anciano protagonista de la novela. Tras medio siglo de trabajo en el Departamento de Sanidad, el festejo que organizan ante su marcha es bien poca cosa, sobre todo si se advierte el desinterés de quienes asisten a él. Tras el adiós, previsiblemente, llega el vacío, la sensación de ausencia, y sobre todo, la idea de que las manecillas del reloj no han de seguir girando por mucho tiempo. Ese periodo, todo sea dicho, es particularmente intenso y decisivo para Eloy, cuya única compañía fiel es Desi, la joven pueblerina que le atiende en las tareas domésticas. En torno a este par de personajes deambulan otros de no menor interés: Leoncito, el hijo desagradecido y egoísta; Isaías, amigo de Eloy; y Picaza, el violento bribón con quien Desi pretende casarse y que acabará en la cárcel. Al final, puesto que la soledad incumbe tanto al viejo protagonista como a su criada, él le hace una propuesta que puede atenuar el desconsuelo: un matrimonio de conveniencia, sin otro fin que buscar el beneficio común; esto es: la compañía para Eloy y el hecho de que, a la muerte de éste, ella reciba la pensión de viudedad. Al fin y al cabo, cuando el jubilado plantea ese propósito a Desi, le confiesa algo que resume toda la enjundia de la novela: «Tendrás estorbo por poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar» (Los estragos del tiempo, ed. definitiva de El camino, La mortaja y La hoja roja, col. Mis libros preferidos, vol. i, prólogo de Giuseppe Bellini, Barcelona, Ediciones Destino, 1999, p. 474).

A pesar de que hoy figura entre los títulos que han de ocupar cualquier biblioteca de literatura española contemporánea, La hoja roja llegó al público tras curiosas vacilaciones. Cabría resumir tales dudas reproduciendo esta carta fechada el 14 de febrero de 1959, y remitida por Delibes a su editor, Vergés. «Me da la impresión —escribe— de que La hoja roja no te ha llenado. Yo, en mi perpetua vacilación, no sé ya qué pensar del libro. He meditado sobre el título. Sospecho que la dificultad tuya proviene de la cuestión personal que tenéis los catalanes con la “jota”. Para un castellano, la cacofonía deliberada no le va mal, incluso puede ser un aliciente. De todos modos, he pensado que La antesala o La sala de espera, resume también la idea del libro» (Miguel Delibes, Josep Vergés, Correspondencia, 1948-1986, Barcelona, Ediciones Destino, 2002, p. 178).

A pesar de que la síntesis que ofrecíamos más arriba puede dar la idea de que se trata de una narración angustiosa, muy inspirada en el desarrollo de la pesadumbre del jubilado, lo cierto es que el tono de la obra desmiente esa sospecha. Como ya dijo Edgar Pauk, el significado de la pieza quedaría destruido de haber en ella amargura. Lo mismo en su inicio y desarrollo que en el inesperado remate, es la ausencia de aflicción «lo que caracteriza a la Desi y Eloy, ambos víctimas de vidas y eventos difíciles y tristes, pero ambos personajes llenos de calor humano y de positiva vitalidad, quienes al final pueden juntar sus dos calores para calentarse mutuamente» (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor, Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 71).

Como en todas sus demás obras, el escritor vallisoletano nos hace ver el conjunto de cualidades de cada personaje a través del modo que éste tiene de expresarse. Es verdad que en la mayoría de los diálogos el punto de tangencia con la auténtica oralidad del pueblo es un elemento obvio. Pero no es menos cierto que ese afán realista, cuyo valor ha sido destacado por su riqueza estilística y su minuciosidad, tiene un profundo valor humano, pues arrastra episodios de enorme emoción. «Los personajes de Delibes —escribe Francisco Umbral— están siempre presentes porque hablan como son, se definen por lo que dicen y, sobre todo, por cómo lo dicen. Yo creo más en el significante que en el significado. Opino que lo que configura una novela es el significante, más que el significado. Y el significante es riquísimo en Miguel Delibes. Y con ello consigue, precisamente, lo que yo llamaría un realismo convencional, que eso es para mí el arte» 

(«Drama rural, crónica urbana», en Miguel Delibes. Premio Letras Españolas 1991, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas, Centro de las Letras Españolas, 1993, p. 71)

fuente: Cervantes Virtual  

 

Monográfico Delibes: La hoja roja o la cotidianidad como materia novelable

El 7 de febrero de 1897, en su discurso de entrada en la Real Academia Española, exponía Pérez Galdós su concepción del arte de novelar, consistente en «reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea; el lenguaje, que es la marca de raza, las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción». O lo que se resume en «novela como imagen de la vida: La sociedad presente como materia novelable» era el núcleo de su disertación.

Miguel Delibes ingresó también en la RAE el 25 de mayo de 1975 con un discurso, que parece haber ido ganando relevancia con el tiempo, sobre El sentido del progreso desde mi obra, en el que «reivindica un progreso con rostro humano» y el respeto a la naturaleza, «porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta, a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles, (…) y nuestro progreso despiadado ha roto este equilibrio con otros seres y de unos hombres con otros hombres».

En gran medida la novelística entera de Miguel Delibes (también en ella imagen de la vida es la novela), se corresponde con estas constantes de pensamiento. Y con la reivindicación de lo humano, sobre todo en los perdedores de la sociedad, en un tiempo de globalización avant la lettre que en su imparable proceso de impuesta uniformidad de valores y formas de vivir, barre lo propio, lo subjetivo, lo pequeño, lo diferente, como advertía ya Pérez Galdós en su discurso académico: «Lo poco que el pueblo conserva de típico y pintoresco se destiñe, se borra, y en el lenguaje advertimos la misma dirección contraria a lo característico, propendiendo a la uniformidad de la dicción, y a que hable todo el mundo del mismo modo. Al propio tiempo, la urbanización destruye lentamente la fisonomía peculiar de cada ciudad; y si en los campos se conserva aún en personas, y cosas, el perfil distintivo del cuño popular, este se desgasta con el continuo pasar del rodillo nivelador que arrasa toda eminencia, y seguirá arrasando hasta que produzca la anhelada igualdad de formas en todo lo espiritual y material».

En la cuneta de una vida que avanza diferente a su paso y su mundo personal parecen ir quedándose un viejo (Eloy) y una muchacha de servir (Desi) que bullen en la 7ª novela de Miguel Delibes, publicada en 1959, La hoja roja. El viudo viejo Eloy lo percibe muy pronto, a partir del día de su jubilación como funcionario municipal en las oficinas del Servicio de Limpieza. A decir verdad, recordaba ya de tiempo atrás lo que reiteraba un amigo suyo, «aquella cosa tremenda de que la jubilación era la antesala de la muerte». Y tras su pequeño homenaje de jubilación con sabor a retiro, y retirada, a echarse a un lado a los 70 años, después de 53 de servicio, insiste muy consciente de ello: «A mí me ha salido la hoja roja en el librillo de papel de fumar, eso es. (…) Quedan cinco hojas».

Entre ese momento de llegada al retiro y el momento en que, en el cierre del relato, convierte en heredera de su pequeño patrimonio a su criada Desi, («el día de mañana estos cuatro trastos serán para ti»), tras confesarle: «Tendrás estorbo para poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar», existen, en efecto, cinco hitos de retirada en una vida cotidiana sin relieve, que marcan el declive del viejo Eloy, al igual que las cinco últimas hojas de papel que le quedan en el librillo, tras la roja, al fumador de tabaco de liar. La novela en sí, bajo la metáfora de su título, es esto: el relato de la vida cotidiana en su tramo final, en una ciudad media, de un anciano, viudo y sin familia (su único hijo vive alejado en Madrid), al que acompaña una muchacha salida del pueblo a servir en la ciudad.

El argumento, a priori, puede ser calificado de intranscendente, débil, inatractivo, (no pasa nada, o muy poco), quizá tendente a una sucesión de cuadros de costumbres, anécdotas de poco interés y algunos lugares comunes. Casi hasta puede uno pensar en asociarlo con viejas películas de género cómico de Gracita Morales o de Paco Martínez Soria; o con radionovelas o telenovelas de escaso interés. La grandeza de la novela parece no residir, pues, en la fuerza de la trama, en la creación de un entramado de conflicto, nudo argumental y generación de expectativas de desenlace del mismo. Su fuerte reside, en efecto, en el modelado de los personajes y su circunstancia como de progresivo desamparo y alejamiento social: por declive físico y decadencia relacional a todos los niveles, en el caso del anciano; y por derrumbamiento y fracaso de ilusiones y expectativas, en el caso de la criada Desi. Parece cumplirse, pues, también en esta obra aquella afirmación del autor: «Sencillamente he poblado mis libros con unos tipos tan definidos desde el punto de vista humano que harían creíble la más absurda peripecia».

Sin embargo, y pese a haber sido escrita en 1959 y reflejar fidelidad a las formas de vida, mentalidad y gustos de aquella España, La hoja roja sigue siendo leída hoy con interés, debido, quizás, a ese carácter de imagen de la vida humana. Nos asomamos en ella a la épica de lo cotidiano, habitualmente tan alejado de la gran novelística, más proclive a la épica heroica: frente a personajes de un cierto corte exitoso, triunfador y admirable, el protagonista de La hoja roja, así como su acompañante femenina, parecen cortados con tela del antihéroe, de los secundarios alejados de la ficción novelesca, cuya vida está configurada por lo minúsculo, lo inadvertido, lo menor. ¿Cabría, en consecuencia, pensar que Delibes está proponiéndonos otro modo de lectura de su obra y de acercamiento a la realidad? ¿Pretende sin más una fotografía fiel de la realidad o, como en la obra del pintor Antonio López o los fotógrafos Alberto Schommer, Cristina García Rodero o Sebastião Salgado, por ejemplo, con sus personajes secundarios y la cotidianidad de sus vidas está persiguiendo ofrecer al lector una imagen del alma, una fotografía de la psiche, de la humanidad de estos individuos? Al restar fuerza y grado de interés a la acción, ¿se nos está orientando a considerar, tras el detalle, el pulso narrativo contenido, la descripción ajustada, la palabra expresiva y reveladora en el diálogo, el lenguaje sentencioso y escueto, el comentario y la valoración de coactantes, quiénes son y a reparar en cuánto de nosotros (o de nuestra propia familia) hay en el perfil de humanidad de estos personajes de ficción?

La vida cotidiana de Eloy y Desi aparece configurada por un conglomerado de acciones y costumbres hogareñas rutinarias, manías e intereses particulares, escasos momentos de espacio exterior, anécdotas del pasado, memorias de conversación: con sus compañeros de trabajo y amigos él; y ella, con sus compañeras, las criadas de la vecindad; evocación de infancia, poco feliz, (él, huérfano de padre; ella, de madre) y adolescencia, en la ciudad él, ella en el pueblo; recuerdos de la familia viva y fallecida. La vertebración de este acopio de momentos viene constituida por la secuencia vital (a la inversa, por cierto) de ambos personajes: la línea del tiempo de Eloy parece declinar, ir del más al menos, decrecer: del retiro de la vida activa como funcionario municipal al momento final de su vida. La del tiempo de Desi parece progresar, ascender, crecer: del menos de su infancia y adolescencia en el pueblo, (con madrastra desafecta, sin educación y con estrecheces económicas, sin expectativas de futuro mejor) al más, (mejor vida en la ciudad, gana dinero, aprende a leer y escribir, elabora su ajuar, tiene fundadas expectativas de un matrimonio estable y vida mejor). Las dos secuencias vitales convergen en el establecimiento final de vínculo afectivo de conveniencia para ambos: él, próximo ya a su punto final; y ella, frustradas sus expectativas de amor y matrimonio (preso su novio por un crimen cometido en una casa de perdición y desfondada ella moralmente), acceden a una convivencia como en familia, superando la mera relación laboral señor-sirvienta

Sobre esa disposición narrativa de doble línea, (la narración se centra primordialmente en el anciano en los caps. I, V, VII, X, XIII, XVII, XVIII, XX), en la sirvienta, en los caps. II, IV, VI, IX, XII, XIV, XVI, XXI), y en la vida en común, relatada preferencialmente los caps. III, VIII, XI, XV, XIX, XXII), el narrador va incorporando, con reconocida habilidad, algunos elementos costumbristas y peculiaridades locales e individuales, en un relato no exento de humor: vida y fiestas del pueblo, escenas del mundo laboral, hipérboles festivas, latiguillos o giros idiomáticos recurrentes y ocurrentes, manías, filias y fobias.

¿Qué se percibe bajo todo este entramado narrativo? Pues a dos personas muy solas y solo a medias pertenecientes a su tiempo actual: su cotidianidad incorpora con mucha fuerza y como en un intento de superación de la vivencia de soledad vital, la presencia permanente de la memoria, personal y social, del recuerdo del pasado en cuanto a personas, episodios y momentos vitales; su pasado convive con ambos y se lo entregan mutuamente también. El relato retrospectivo ocupa gran parte de sus vivencias y de sus conversaciones.

El presente, sobre todo en el caso de Eloy, viene a tener, progresivamente, mucho menos interés. Y futuro parece no existir ya para él: «Tendrás estorbo por poco tiempo, hija».  Él es un ser en retirada, como reitera con su latiguillo «a mí me ha salido la hoja roja en el librillo de papel de fumar, eso es». Consecuencia de ello, ha de ser un progresivo ensimismamiento, de consciente ajenidad con respecto a la realidad presente: el cartero no trae la esperada carta del hijo, su amigo Isaías se le va, siente cada vez más frío, la próstata comienza a darle guerra… «Mientras la nieve se descolgaba, el viejo Eloy pensó que la vida es una sala de espera y que, como en las salas de espera, hay en la vida quien va de la Ceca a la Meca para aturdirse y olvidarse de que está esperando. (…) Un día se le ocurrió pensar que los viejos se ponen al sol porque ya llevan el frío de la muerte dentro. La depresión que en su ánimo pudieran producir estos pensamientos se compensaba por la creencia de que eran unas ideas lúcidas e inteligentes».

En realidad, en todo momento es muy consciente de que le han salido, ha consumido ya cuatro de las cinco hojas del librillo de papel de fumar. Nótese la gradación de intensidad en el afecto que supone cada una de las pérdidas: la primera, sus compañeros de trabajo lo han dejado de lado y tratado con desaire en su única visita; la segunda, al óptico Pacheco, amigo y presidente de la Sociedad Fotográfica, le incomodaban y estorbaban sus visitas: Eloy no vuelve porque molesta, y se da de baja en la Sociedad; la tercera, su mejor amigo desde la infancia, Isaías, ha fallecido, con un tremendo impacto para Eloy que marca el momento climático de su declive; la cuarta, su única familia, su hijo Leoncito y Suceso, su esposa, a quienes visita en Madrid (y que realmente están ya al margen de la existencia de Eloy), lo reciben con frialdad, lo tratan sin afecto y a ratos con desaire («¿Por qué los viejos no se bañan, Leo? Tu padre tiene ese olorcillo característico de la gente humilde, oye comentar a su nuera Suceso»), y lo despiden con alivio y sin pizca de cariño: «Su nuera lo acompañó a la estación, pero al despedirle le dijo Eloy y no padre como él deseara»). Le queda la última hoja, la de su final, no muy lejano.  

Y en el caso de Desi, a medida que va haciéndose a la ciudad, va echando fuera el pueblo y su tiempo y su envoltorio, como le recomienda su amiga Marce. Pero su crecimiento moral, su aprendizaje de leer y escribir, su esperanza de llegar a ser novia de El Picaza, conseguirlo, e incluso pensar en firme en boda y en asentamiento definitivo en la ciudad, se desmoronará con el tremendo final de su novio que, ofuscado por su mala veta, comete un asesinato a la puerta de un prostíbulo, que «¿qué se te había perdido a ti donde esas mujeres, Picaza, di? ¿Qué pintabas tú allí?». La expectativa de un futuro mejor de Desi parece haberse derrumbado con ese episodio que marca su desengaño, la frustración de sus ilusiones y esperanzas de futuro. O, como poco, perdida la relación con sus amigas sirvientas de la vecindad, sola en la vida, le cabe pensar en una vuelta a empezar por la solidaridad del viejo que la acoge, la lleva al cine, le da esperanzas y la invita a ahogar juntos sus penas con reiteración de salidas al cine e incluso a cenar para celebrar la llegada de la primavera como en nochebuena, los dos en la cocina y con un vino embotellado de la tierra. Y con su confesión de afecto paternal y el ofrecimiento de convivencia en familia parece reabrirle la puerta de un presente con sentido y la esperanza de un futuro mejor con la promesa de herencia de sus escasos bienes.

Cierra así Miguel Delibes su novela con la elegancia moral de la generosidad de Eloy en la aceptación serena de un final no lejano y la reconstrucción de la esperanza de un futuro para Desi. Y con una especie de justicia poética para ambos: la vida de Eloy concluirá confortada por el cuidado del afecto de su sirvienta-hija; y Desi estará en condiciones de superar su soledad y desesperanza con el afecto y el beneficio material de la herencia del anciano-padre, importante, sin duda, para una huérfana en desamparo y en un mundo en el que nada le fue fácil.

La hoja roja cierra así, con esta última hoja, de ejemplaridad moral y sugerencia de superación de la soledad y el desamparo mediante un amor de benevolencia y ternura, (el amor al prójimo, como gusta decir el autor), el librillo del papel de fumar, lúcida metáfora del librillo de la vida humana.

fuente:  homosapiens

 


Historia de una escalera, Antonio Buero Vallejo

 

Apunte biobibliográfico de Antonio Buero Vallejo

Diálogo con Antonio Buero Vallejo - Cuadernos Hispanoamericanos

Antonio Buero Vallejo nació el 29 de septiembre de 1916 en Guadalajara. Su padre, Francisco, capitán del Ejército y profesor de Cálculo en la Academia Militar de Ingenieros, era natural de Cádiz; su madre, María Cruz, de Taracena (Guadalajara). En 1911 nace su hermano Francisco y en 1926 su hermana Carmen. En Guadalajara pasa toda su infancia, salvo dos años, desde 1927 a 1928, que vivió en Larache, adonde fue destinado el padre.

Pronto se aficionó a la lectura gracias a la completa biblioteca que poseía su padre, lo que le permitió el acceso a textos literarios y dramáticos. Aficionado a la música y a la pintura y el dibujo, desde los cuatro años dibuja incansablemente, porque quería ser pintor. De la mano paterna acude al teatro y, hacia los nueve años, en su teatrito de juguete dirige «ingenuas representaciones» en las que es también un entusiasmado actor.

Estudia Bachillerato en Guadalajara entre los años 1926 y 1933. Siente curiosidad por la Filosofía, la Ciencia y la Política. En 1932 recibe el primer premio de un concurso literario para alumnos de Segunda Enseñanza y de Magisterio de Guadalajara por la narración El único hombre, sin editar hasta 2001 en Antonio Buero Vallejo, dramaturgo universa1. Comienza a redactar unas Confesiones que posteriormente destruye.

En 1934 la familia se traslada a vivir a Madrid, y allí ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Le sigue interesando la pintura, pero las lecturas son continuas, así como su asistencia al teatro. Aunque no milita en ningún partido, se acentúa su sensibilidad por la política y se siente próximo al marxismo. Al comenzar la Guerra Civil piensa en alistarse voluntario para ir al frente; finalmente desecha esta idea ante la oposición de su familia. En la contienda su padre es detenido y fusilado el 7 de diciembre de 1936.

En 1937 se incorpora a un batallón de infantería. Con sus escritos y dibujos colabora en murales, en La Voz de la Sanidad, así como en otras actividades culturales. En Benicasim conoce a Miguel Hernández. Al finalizar la guerra Buero se encuentra en la Jefatura de Sanidad de Valencia, donde es recluido unos días en la plaza de toros y durante un mes en el campo de concentración de Soneja (Castellón). Es autorizado a volver a su lugar de residencia, pero con la orden de tener que presentarse a las autoridades, que nunca cumple. Comienza a trabajar en la reorganización del Partido Comunista, al cual se había afiliado durante la contienda y de cuya militancia se va alejando años después. Es detenido en mayo o junio de 1939 y condenado a muerte en un juicio sumarísimo, junto a otros compañeros, por «adhesión a la rebelión». La condena a la pena capital se mantiene durante ocho meses y, finalmente, la sentencia fue conmutada por una pena de treinta años. Pasa por diversas cárceles: en la de Conde de Toreno permanece año y medio y en ella realiza el famoso retrato de Miguel Hernández, con quien intimó mucho. En esta misma prisión ayuda a un intento de fuga que le inspiró más tarde ciertos aspectos de La Fundación. En la de Yeserías apenas estuvo mes y medio; unos tres años en El Dueso; un año en la prisión de Santa Rita. En estas cárceles escribe «notas y especulaciones, sobre todo acerca de la pintura», pero no literarias; hace retratos a muchos compañeros y sigue en su empeño de aprender el oficio pictórico.

Del penal de Ocaña sale en libertad condicional, pero desterrado de Madrid, a comienzos de marzo de 1946, por lo que fija su residencia en Carabanchel Bajo, aunque pasa la mayor parte del día en la capital. Se hace socio del Ateneo y publica algunos dibujos en revistas para conseguir ingresos, pero su afición pictórica empieza a decaer en pro de la escritura. Refleja a través de la narrativa los pensamientos de su último año de cárcel, si bien pronto abandona ese género por el teatro. El tema de la ceguera, que siempre le había interesado, se convierte en el centro argumental de su primer drama, En la ardiente oscuridad, redactado en una semana del mes de agosto de 1946. Escribe Historia despiadada y Otro juicio de Salomón en 1948.

Entre 1947 y 1948 compuso Historia de una escalera, inicialmente llamada La escalera, que se modificó por coincidir con el título de una obra de Eusebio García Luengo. El estreno de la obra tuvo una excelente acogida de la crítica y un inesperado éxito de público, hasta el punto que llegó a suspenderse la acostumbrada puesta en escena de Don Juan Tenorio en noviembre. De 1948 es Las palabras en la arena, única pieza bueriana en un acto, presentada al primer concurso íntimo, de los tres que se convocaron, en la tertulia del Café Lisboa; con ella lo ganó, como el de narración con «Diana». Olvidado quedó el proyecto de Nos están mirando, del que Buero escribió un primer acto en 1948 ó 1949.

Su labor como dramaturgo se amplía, y publica y estrena de forma constante sus obras en varios teatros de Madrid, incluso, como es el caso de Historia de una escalera, es llevada al cine por Ignacio F. Iquino.

En la década de los 50 se intensifica su labor dramática: La tejedora de sueños, La señal que se espera, Casi un cuento de hadas, Madrugada, Irene, o el tesoro, Hoy es fiesta y su primer drama histórico, Un soñador para un pueblo, son algunas de las obras que escribe y estrena en esta década. Llegan las primeras representaciones en el extranjero, como las de Historia de una escalera, en marzo de 1950 en la Ciudad de México y la de En la ardiente oscuridad en diciembre de 1952 en Santa Bárbara, California. Se inicia una considerable y muy frecuente presencia posterior en numerosos escenarios de todo el mundo.

La Dirección General de Cinematografía y Teatro prohíbe el estreno de Aventura en lo gris en 1954. Al año siguiente aparece en el diario Informaciones «Don Homobono», irónico artículo contra la censura. También se prohíbe la representación de El puente, de Carlos Gorostiza, cuya versión había realizado Buero.

Escribe Una extraña armonía, que no llega a estrenarse ni se publicó hasta su Obra Completa2. En el número 1 de la revista Primer Acto aparece el artículo «El teatro de Buero Vallejo visto por Buero Vallejo». Se publica su ensayo sobre «La tragedia». En 1959, Daniel Tinayre dirige en Argentina una película basada en En la ardiente oscuridad, con ese mismo título pero modificó el final del drama, cambiando su sentido, por lo que Buero sólo permitió su distribución en España, y en 1962, con un título distinto: Luz en la sombra. En ese mismo año, 1959, se casa con la actriz Victoria Rodríguez, con la que tuvo dos hijos: Carlos, que nace al año siguiente, y un año más tarde nace Enrique, en 1961.

En los años sesenta, consigue estrenar algunos títulos, aunque sigue teniendo bastantes problemas con la censura que había en el país Los estrenos de esta década son: El concierto de San Ovidio, Aventura en lo gris, El tragaluz, así como las versiones que realiza de Hamlet, príncipe de Dinamarca, de Shakespeare y Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht.

Con el estreno de Las Meninas, el 9 de diciembre de 1960, con dirección de José Tamayo, obtiene el mayor éxito de público logrado hasta entonces.

En estos años tiene lugar la polémica del posibilismo-imposibilismo que mantuvo con Alfonso Sastre en las páginas de Primer Acto. En este año publica «Un poema y un recuerdo», temprano artículo sobre Miguel Hernández en el que rememoraba su convivencia y ofrecía un poema de Miguel en aquella etapa.

En 1963 se le propone su incorporación al Consejo Superior de Teatro, pero Buero renuncia a ello. Encabezados por Bergamín, firma, con otros cien intelectuales, una carta dirigida al ministro de Información y Turismo solicitando explicaciones sobre el trato dado por la policía a algunos mineros asturianos. El Ministerio publica la carta en la prensa con una respuesta, y aunque no se adoptan medidas públicas contra los firmantes, hay una condena al silencio por parte de la prensa y cierto «desvío de editoriales y empresas». Buero no podrá estrenar hasta 1967 a pesar del interés de algunos empresarios por La doble historia del doctor Valmy (escrita en 1964), que permaneció sin representarse en España hasta 1976, ya pasada la dictadura.

Ante las dificultades económicas que padece, se ve obligado a viajar a Estados Unidos. Durante dos meses de 1966 visita una quincena de universidades y, contra su costumbre y sus deseos, da charlas acerca de su teatro, así como conferencias sobre diferentes temas: «Valle-Inclán y el punto de vista del dramaturgo», «¿Cómo era Velázquez?», «Esencia del problema trágico», «El problema de la esperanza trágica» y «El teatro español después de la guerra civil».

En 1967 estrena El tragaluz, y la crítica consideró el drama como una de las cumbres de la producción de su autor y el público lo recibió con entusiasmo. Se mantuvo en cartel desde el 7 de octubre hasta el 16 de junio de 1968, con quinientas diecisiete representaciones.

Escribe Mito, libro para una ópera cuya música había de componer Cristóbal Halffter, que se lo había propuesto para un estreno en el extranjero. Había de centrarse en uno de «los más universales temas españoles»; Buero eligió a Don Quijote. La música no llega a componerse y la ópera no se estrena.

En 1969 escribe El sueño de la razón, y desde que en junio se terminó el texto, se solicitó en varias ocasiones la aprobación de la censura, sin obtenerla; coincidiendo con un cambio ministerial, ésta se autorizó en octubre sin modificaciones.

Viaja a Estados Unidos, invitado a un simposio acerca de su obra y del teatro español en la Universidad de North Carolina en Chapel Hill, en el que participa con la ponencia «Las modernas corrientes escénicas vistas por un autor español». Buero viaja a Las Palmas de Gran Canaria para asistir al XXVII Congreso Mundial de Autores, en el que interviene con la conferencia, después publicada, «Problemas del teatro actual».

Es miembro de The Hispanic Society of America.

A propuesta de Vicente Aleixandre, Emilio García Gómez y Pedro Laín Entralgo, el 28 de enero de 1971 es elegido miembro de número de la Real Academia Española, para ocupar el sillón X. El 21 de mayo de 1972 lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española, «García Lorca ante el esperpento», con contestación de Pedro Laín Entralgo.

Sigue estrenando sus obras, como La Fundación en el año 1974 y La detonación en el 77.

En un homenaje a Miguel Hernández, organizado por estudiantes de la Universidad de Madrid en 1976, reproduce sobre una pared su dibujo del poeta de Orihuela.

En los primeros años de la democracia aumentan los ataques al autor y se producen incluso anónimas amenazas de muerte contra él.

Es miembro fundador de la Unión de Ex Combatientes de la Guerra de España y de la Asociación de Ex Presos y Represaliados de la Guerra Civil.

El reconocimiento internacional es constante: participa en Caracas en la IV Sesión Mundial del Teatro de las Naciones; se le hace un homenaje en una sesión extraordinaria de la Modern Language Association, en Nueva York; el Congreso de la Asociación Alemana de Hispanistas, en Tubinga, se dedica al teatro español del siglo XX y en especial a la obra dramática de Antonio Buero Vallejo, que fue su invitado de honor y pronunció la conferencia «De mi teatro», publicada ese mismo año; pronuncia diversas conferencias en las Universidades de Friburgo, Neuchâtel y Ginebra; viaja a la URSS, invitado al Congreso de la Unión de Escritores; fue conferenciante en el PEN Club de Oslo, con ocasión de un estreno suyo en esa ciudad.

En estos primeros años de la democracia los estrenos de sus obras son constantes: Jueces en la noche, Caimán y Diálogo secreto, así como su versión de El pato silvestre, de Ibsen, en 1982.

Asiste en Murcia, en 1984, a la presentación del volumen Estudios sobre Buero Vallejo, editado por la Universidad de Murcia, ciudad a la que volverá en otras ocasiones.

En 1986 en el Teatro Español de Madrid se celebra el Seminario Internacional «El concierto de San Ovidio y el Teatro de Buero Vallejo» y la «Exposición Antonio Buero Vallejo».

En junio de este año muere en accidente de tráfico su hijo menor, el actor Enrique Buero Rodríguez, a cuya memoria está dedicada Lázaro en el laberinto. El día del estreno se le concede el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, por primera vez otorgado a un dramaturgo. El premio se le entrega al año siguiente y el discurso de Buero aparece en el volumen conmemorativo editado por el Ministerio de Cultura y la Editorial Anthropos.

Se celebra en Murcia, en 1987, el Simposio «Buero Vallejo (Cuarenta años de teatro)», que contó con la participación del autor, así como de diversos estudiosos de su teatro y directores de sus obras. En él se presentó el extraordinario de la revista Anthropos dedicado a Buero (La tragedia, transparencia y cristal de la palabra). Las ponencias y coloquios del simposio quedaron recogidos en el libro del mismo título publicado en el año siguiente.

En 1989 se celebra el III Congreso de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Málaga que tiene como tema «El Teatro de Buero Vallejo. Texto y espectáculo», con asistencia del autor; las ponencias, comunicaciones y coloquios se editan en 1990 en un volumen así titulado. También la I Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, celebrada en Alicante, en 1993, se dedica a la obra de este autor, así como diversos cursos de verano de la Universidad Complutense.

En 1993 publica su Libro de estampas, donde se recogen abundantes muestras de su «vocación pictórica», con textos inéditos del autor. El volumen, al cuidado de Mariano de Paco se presenta en Murcia con asistencia del dramaturgo. En 1994 la editorial Espasa Calpe publica su Obra completa en la edición crítica de Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco cuya «Cronología» y «Bibliografía» tomamos como referencia en esta Biblioteca de Autor.

Entre los diversos premios que se le conceden, tenemos que destacar el Premio Nacional de las Letras Españolas en el año 1996, otorgado por primera vez a un autor teatral, hecho que ya se había dado cuando recibió el Premio Cervantes.

En 1997 concluye su última obra, Misión al pueblo desierto, que se estrena en Madrid el 8 de octubre de 1999.

El 29 de abril de 2000, a los 83 años, muere Antonio Buero Vallejo en una clínica madrileña tras sufrir un infarto cerebral. Su capilla ardiente se instaló en el Teatro María Guerrero, por donde pasaron más de seis mil personas, desde las autoridades hasta el pueblo llano, para rendirle un último homenaje.

Tuvo lugar el 29 de septiembre un homenaje de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha con la lectura dramatizada de Antonio Buero Vallejo: La realidad iluminada, texto preparado por Virtudes Serrano y Mariano de Paco, y dirigido por Miguel Narros, en el Teatro Moderno de Guadalajara.

Los lunes del mes de octubre de 2000 se celebraron cuatro mesas redondas, compuestas por autores teatrales, estudiosos, actores y actrices, así como directores de escena, dedicadas a Buero. Desde ese momento hasta hoy los reconocimientos han sido constantes, como el Curso Universitario «El teatro de Buero Vallejo» celebrado en la Fundación Juan March y el Curso Internacional «Antonio Buero Vallejo, dramaturgo universal», celebrado ese mismo año en Murcia.

fuente: Cervantes Virtual 

 

Historia de una escalera, veinticinco años más tarde

     Cúmplense ahora veinticinco años del estreno de Historia de una escalera en el Teatro Español de Madrid y, con la perspectiva que este tiempo y el resto de la producción bueriana ofrecen, nos parece de interés examinar con detalle el significado de esta pieza, la primera de las propias que su autor pudo ver en un escenario.

     Historia de una escalera se volvió a representar en un teatro madrileño en 1968, con general aceptación por parte de la crítica, que comentó que conservaba «toda su vigencia teatral» y que el gran autor que Buero prometía ser había logrado su plena madurez . Esta representación tuvo lugar cuando aún  continuaba la de El tragaluz, por entonces su último drama, y la presencia simultánea de ambas en los escenarios era un buen testimonio de la esencial unidad y de la constante evolución del teatro bueriano a lo largo de una veintena de años -

     Hay una serie de aspectos y valores en la pieza que comentamos que tienen completo sentido veinticinco años después y nos hacen estimarla, junto con En la ardiente oscuridad, como base y sustento del teatro de su autor. En Historia de una escalera pueden advertirse ya gran parte de las preocupaciones temáticas y formales de la dramaturgia de Buero Vallejo, de ahí su importancia, potenciada en el momento de su estreno por la casi absoluta ausencia en España de un teatro de verdadera calidad.

     Historia de una escalera significó en 1949 el nacimiento de un nuevo autor, del dramaturgo más apreciable del teatro español de la posguerra, como está admitido generalmente. El mero repaso de las críticas de la prensa diaria tras el estreno muestra la evidencia de que, con mayor o menor agudeza, se indicaba en unas y otras la originalidad de la obra y la excepcional valía de su autor. El drama «contenía una nueva escritura», al decir  de Pérez Minik) y de algún modo terminaba con el vacío que caracterizó a nuestro teatro durante la década anterior.

     Este estreno supone, por tanto, un rotundo cambio de perspectiva y de intención respecto a las obras entonces al uso. Buero intenta sencillamente reflejar la realidad española que le rodea, hasta ese momento olvidada o ignorada por completo, con un sentido crítico. Esta renovación realista, no exclusiva del teatro, fue oportunamente constatada por los estudiosos, y muchos cifraron en Buero el origen de lo que más tarde y no con total acierto ni aceptación se denominó «generación realista».Buero Vallejo se coloca resueltamente y de una vez por todas frente a la autorizada opinión de que «bastantes angustias sufre ya el mundo para entenebrecerlo con tragedias de invención, a las que da ciento y raya la realidad», porque de lo que se trata justamente es de acudir a esas tragedias de la realidad  dejando de lado cuanto de falso y adormecedor, de engañoso e ilusorio, puede tener la invención.

     Comienza el primer acto de Historia de una escalera sugiriendo el medio opresor y degradante en que se mueven los personajes. La pobreza del escenario tiene justa correspondencia con las reacciones ante la necesidad y la dificultad de pagar los recibos al cobrador de la luz, con cuya presencia se inicia la acción. Casi insensiblemente, con dos diálogos (Fernando-Urbano y Femando-Carmina) y una disputa, disponemos de los datos básicos para la comprensión de la pieza. Los actos posteriores sirven como elemento de ruptura (segundo) y de enlace (tercero), modificando esencialmente la apariencia de sainete con final almibarado que podría tener, de forma aislada, el primero.

     En el escenario los diez años transcurridos al empezar el acto segundo «no se notan en nada». Sólo las personas han cambiado, hasta el punto de que, en lo que a ellas concierne, la historia parece otra. La infidelidad al amor es la más notoria muestra de la continuidad de la miseria de los moradores de la escalera. El amor ha sido traicionado para vivir con más comodidad y el resultado adverso no se hace esperar. Los buenos deseos, las nobles ilusiones, han sido vencidos por el interés. Pero el fracaso amoroso de Fernando y de Elvira, y de cierto modo también el de Carmina y Urbano, son parte esencial de un fracaso más grave y de mayor amplitud. Ni Fernando ni Urbano han conseguido nada de lo que se proponían. Y lo verdaderamente terrible y cruel es que los dos, con pensamientos, deseos, procedimientos y voluntad distintos, se han dejado igualmente derrotar por el tiempo o, dicho con más precisión, en el tiempo.

     Ellos apuntan ya la oposición entre el soñador y el hombre de acción, que será una constante en toda la producción bueriana.  Si siempre es necesaria, en opinión de Buero, la fusión de ambos caracteres, su síntesis dialéctica, quizá en ninguno de sus dramas se muestra más insuficiente cada uno de ellos ni más urgente la necesidad de un equilibrio superador. Ni Urbano ni Fernando tienen la personalidad, recia aunque unilateral, de un Carlos, un Ignacio, un Silvano, un Daniel, un Vicente o un Mario . La unión de ambos extremos, de deseos y actividad, el «sueño creador», es el ideal que ha de lograrse. La expresión «contemplación activa», que cristaliza la opinión de Buero Vallejo sobre el arte , es útil para manifestar la dualidad que también en la vida se requiere.

     Se abre el acto tercero mostrando unas insignificantes reformas que pretenden «disfrazar la pobreza» de la «humilde escalera de vecinos»  Llama, sin embargo, la atención, la presencia de un Señor y un Joven, ambos «bien vestidos», que aparecen hablando de la necesidad de un ascensor, del pluriempleo, de los nuevos modelos de automóviles, de sus deseos de conseguir un exterior de los que disfrutan quienes para ellos son «indeseables» vecinos. Su charla es un signo revelador de los valores del mundo en que vivimos, y de una aspiración primordial: un nivel  de vida que mejore a costa de todo. Es un acierto, en este sentido, su fugaz presencia.

     Su significado en ese lugar no es, empero, muy explícito. ¿Por qué los viejos inquilinos están rodeados de gentes que, con su trabajo, viven bien, mientras ellos continúan igual? W. Giuliano los une a don Manuel, padre de Elvira, y cree que «teniendo en cuenta el bienestar económico de estos tres personajes, se podría interpretar el final de una manera optimista; es decir, los hijos romperán el molde de la frustración si tienen voluntad». Nos parece, efectivamente, que el Joven y el Señor pueden tomarse como símbolos de la posibilidad de «salir» de la escalera, aun viviendo en ella misma. Un aspecto, sin embargo, nos impide una interpretación decididamente optimista de esa pareja. Se nos dice en una acotación acerca de los dos matrimonios que conocemos que «socialmente su aspecto no ha cambiado: son dos viejos matrimonios, de obrero uno y el otro de empleado»; Urbano y Fernando siguen en el mismo sitio y con idéntica posición. Esto no depende, como veremos, totalmente de ellos y, por tanto, no podemos admitir que la simple actitud individual del Joven y del Señor bien vestidos sea suficiente para conducirlos a un resultado enormemente complejo y producto de la interacción de varios elementos bien definidos.

     Se ha llegado a un fracaso colectivo que se muestra de modo rotundo en distintos niveles. La frustración de una necesaria convivencia se representa dramáticamente en la agria reyerta que pone de manifiesto el odio que tanto tiempo todos han ocultado y ahora se desborda provocando el asco y el rechazo de Carmina y Fernando hijos.

     La escena final, cuando éstos se confiesan su amor, es, en gran medida, idéntica a la que sus padres vivieron treinta años antes. La positiva actitud de rebeldía adoptada es un buen comienzo, pero no podemos olvidar los resultados de la otra declaración. Ellos, además, tienen en la desengañada oposición de su familia una nueva dificultad. No sabemos a ciencia cierta qué presagian las miradas de Fernando y Carmina que, «cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera, sin rozar el grupo ilusionado de los hijos», mientras éstos se miran arrobados .

     Es, en definitiva, el espectador quien ha de juzgar el sentido de esta repetición. De las bellas palabras, de las promesas de Fernando a Carmina, sólo se ha perdido en las de su hijo el «libro de poesías» que el primero pensaba escribir. ¿Se significa con ello una mayor y saludable atadura al mundo real o la terminante pérdida de lo único que guardaba un halo de inmaterial ilusión? La ambivalencia es constante, aunque en estos momentos se acentúe. Y queremos recordar al respecto que en cada acto hay una violenta disputa y una declaración amorosa en una medida y buscada ambigüedad, que en Buero tiene categoría de presupuesto dramático.

     Es evidente que los sucesos que ocurren en Historia de una escalera, aparentemente particulares y muy concretos, tienen un alcance más amplio, poseen un doble sentido: el real inmediato, ya de por sí valioso, y el de símbolo abierto, partiendo de dicha situación. No es posible olvidar esta doble faz para entender de modo conforme el teatro de Buero Vallejo. Con todo, más que escudriñar infructuosamente el simbolismo de una serie de personajes, detalles o aspectos parciales, es conveniente una búsqueda más general . «Una meditación española» ha subtitulado con atinada precisión Ricardo Doménech su estudio sobre el teatro de Buero, y «una meditación española» es especialmente Historia de una escalera, como de un modo particular lo serán luego Hoy es fiesta, El tragaluz, La Fundación o sus dramas históricos.

     Historia de una escalera es un análisis de la sociedad española en una época singularmente difícil. Es cierto que la obra tiene lugar en tres momentos, correspondientes a los actos, temporalmente alejados entre sí, pero también los dos primeros actos son en gran manera trasunto de la realidad social de los años cuarenta y de acontecimientos interesantes en cuanto génesis de ellos. Entre los actos segundo y tercero ha transcurrido una guerra civil, la nuestra, que por obvias razones no es tratada directamente, pero cuyas consecuencias son palpables. Historia de una escalera es una dolorida reflexión sobre la España de la posguerra, como La Fundación es, en buena parte, un examen crítico de algunos aspectos de dicha guerra.

     Se ha resumido el significado de la obra que estudiamos diciendo que es «la historia de una frustración». Tal juicio nos parece completamente cierto. En esa frustración hay, a nuestro modo de ver, tres aspectos o factores esencialmente interrelacionados y que mutuamente se condicionan: el personal, la actitud y el modo de ser de cada individuo; el contexto social en que éstos se encuentran; y, finalmente, un factor que se ha tenido menos en cuenta, el metafísico, que con ciertas reservas llamaremos «existencial», y se refiere sobre todo al tiempo, elemento dramático de especial importancia en la pieza que comentamos. Cada uno de ellos influye, no obstante, de diferente modo en cada personaje. Baste recordar, por ejemplo la distinta actitud individual de Urbano y Fernando o de Rosa y Trini y, sin embargo, el común resultado.

     La infidelidad al amor es, probablemente, la más llamativa causa del malogro de los moradores de la escalera. El amor ha sido traicionado y de ello se deriva la infidelidad . Este fracaso se integra en otro más extenso, el del individuo que se somete y ha de continuar en el mismo sitio. Fernando emplaza a Urbano para dentro de diez años, pero la trágica realidad es que la obra termina, treinta años después, sin que haya habido variación alguna, y todos siguen «atados» a la escalera, símbolo del inmovilismo y de los males que aquejan a los que por ella suben año tras año.

     Las razones individuales no eran suficientes para desencadenar tan negativas consecuencias. Indica Borel, completando la idea anterior: «Este error en la orientación de la vida no justifica, por sí sólo, el sentimiento de total fracaso que pesa sobre la obra. Y es aquí donde encontramos el mundo. Para tener éxito, en nuestra sociedad actual, y muy concretamente en la sociedad española contemporánea, hay que tener una fuerza excepcional, fuerza de carácter, pujanza espiritual. No sólo hay que ser verdadero hombre -es decir, fiel a sí mismo-, sino que además es preciso ser fuerte, muy fuerte. A medida que avanza la acción, nos preguntamos si es posible ser lo bastante fuerte para triunfar». Y este «éxito» debe entenderse también como posibilidad de vivir con dignidad, realizándose como persona.

     La situación crítica de la sociedad española se representa a través de la simple consideración de unas vidas determinadas, en una casa de vecindad, sin que el autor como tal diga nada sobre el particular, limitándose a ser testigo de unos sucesos que, evidentemente, necesitan urgente solución . Buero advierte el «Palabra final» que «observaciones respecto a la falta de una solución clara de tipo social o trascendente, tampoco han faltado a la comedia. Padecemos tal prurito racionalista de resolverlo todo, que nos avenimos mal a tolerar una obra sin explicación o moraleja. Pero una comedia no es un tratado, ni siquiera un ensayo; su misión es reflejar la vida, y la vida suele ser más fuerte que las ideas. Claro es que debe [113] reflejar la vida para hacernos meditar o sentir sobre ella positivamente...»

     Este realismo testimonial supone un teatro social de nueva factura. García Pavón ha afirmado que «el nuevo teatro social, con las características de clase social, ambiente, elisión, ausencia de antagonistas, indeterminación de causa, etc. aparece en España y en Estados Unidos en el mismo año, con dos obras que no se conocían entre sí. Me refiero a la Muerte de un viajante e Historia de una escalera, ambas estrenadas en Nueva York y Madrid, respectivamente, en l949» .

     Es muy cierto que los males que aquejan a los personajes de este drama no son únicamente, como ya hemos dicho, imputables a la estructura social que les rodea, pero no lo es menos que la sociedad es también responsable de ellos. García Pavón precisa: «La infelicidad se da en todas las capas sociales, pero hay un linaje muy frecuente de infelicidades, a veces hereditarias, ocasionadas por una mantenida e injusta estrechez de medios y de oportunidades». Si tanto fracasan la actitud individualista de Fernando como la comunitaria de Urbano, es porque hay una instancia superior a ellos, causante a su vez de dicho estado.

     La sociedad no es, pues, la única culpable, ni tampoco los individuos labran totalmente su ruina. Sólo en parte podemos  estar de acuerdo con Robert Kirsner cuando afirma: «The real limitations which surround the characters of Historia de una escalera emanate from within. They are not economic in nature. The grave problem rests on man's inability to dream, to see beyond the material confines of his existence». Sí hay limitaciones, y muy graves, de orden económico y social. También es cierta la inexistencia de una lucha continuada y tenaz frente a ellas. En una dinámica interacción entre ambiente y persona se hace la desgracia de los que viven en la escalera de vecindad, que se presenta como un abreviado mapa de una parte de nuestro país en esa época.

     Ruiz Ramón señala que Fernando y Urbano son «creadores de fatalidad», de su propia fatalidad. Pero hay que entender en el sentido que venimos mostrando su afirmación de que «el origen de su fracaso y de su destrucción se encuentra en un acto de libertad humana y no en un decreto del destino, que es aquí destino de clase» . Utilizando las palabras de Ricardo Doménech hemos de «considerar insuficiente, en igual medida, cualquier interpretación que se atenga sólo a la pobreza como causa inmediata del fracaso familiar de estos personajes (no es causa inmediata, sino mediata) o bien que estime este fracaso como igualmente seguro en un medio social distinto, soslayando así las duras condiciones de vida que la sociedad les ha impuesto. Disociar estos dos planos equivaldría a tejer una historia diferente, y de lo que se trata es de comprender ésta, en la cual ambos planos se entrecruzan y yuxtaponen» .

     Este es el modo adecuado de comprender la acción dialéctica de la obra, que no es otra que la del concepto bueriano de tragedia como lucha entre el destino y la libertad, entre la necesidad social (o metafísica) y las posibilidades individuales, o, lo que es lo mismo, entre el contorno vital y el personaje, la escalera y Urbano o Fernando.

     Es, finalmente, esencial la consideración del tiempo. En Historia de una escalera tiene su transcurso un alcance metafísico y un sentido destructor. La historia se vuelve sobre sí misma porque pasan los días y los años y nada se enmienda. El tiempo es, sin que ellos sepan expresarlo así, una radical limitación de cuantos viven en la casa de pisos y, tomado como símbolo, de todos los hombres. Fernando, más desamparado que Urbano en su soledad, se siente perdido ante su monótono fluir, que nunca se detiene y le arrastra sin que pueda resistirse:

                                  ¡Es que le tengo miedo al tiempo! Es lo que más me hace sufrir. Ver cómo pasan los días, y los años... sin que nada cambie. Ayer mismo éramos tú y yo dos críos que veníamos a fumar aquí, a escondidas, los primeros pitillos... ¡Y hace ya diez años! Hemos crecido sin darnos cuenta, subiendo y bajando la escalera, rodeados siempre de los padres, que no nos entienden; de vecinos que murmuran de nosotros y de quienes murmuramos... Buscando mil recursos y soportando humillaciones para poder pagar la casa, la luz... y las patatas. (Pausa.) Y mañana, o dentro de diez años que pueden pasar como un día, como han pasado estos últimos... ¡sería terrible seguir así! Subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a ningún sitio; haciendo trampas en el contador, aborreciendo el trabajo..., perdiendo día tras día... (Acto I).

     Buero no trata el tema del tiempo en Historia de una escalera de un modo puramente literario, ni se hace eco de investigaciones científico-cosmológicas, más o menos precisas, como sucede por ejemplo con Priestley en sus piezas sobre el  tiempo  El que aparece en este drama es un «tiempo real»  y está concebido en un sentido ontológico existencial. Antes que esta obra ya había escrito En la ardiente oscuridad, donde se lleva a cabo un análisis de determinadas limitaciones humanas. El ansia de inmortalidad de Ignacio, de honda raíz unamuniana, no podría verse colmada; los ciegos no llegaban a la luz. Era, sin embargo, necesario luchar por ello.

     Como la ceguera en En la ardiente oscuridad, es en Historia de una escalera el tiempo una condición ineludible, una sustancial limitación de nuestro existir, contra la cual, no obstante, es preciso combatir. Hay un hecho cruel y perturbador: el tiempo no perdona; sin embargo, necesitamos levantarnos contra él; el conformismo no es una actitud válida, auténtica (como también se percibía en En la ardiente oscuridad) y la culpa de los personajes de Historia de una escalera está justamente en dejarse arrastrar en ese fluir temporal entre sueños vacíos y castillos de arena.

     Una explicación coherente y completa de esta obra debe tener en cuento estos tres factores que mutuamente se condicionan y cuya dialéctica interacción hace posible una visión de conjunto. A nuestro juicio son parciales e insuficientes las que olviden la interdependencia de estos tres elementos. El fracaso de Urbano y Fernando, como el de cada uno de los personajes del drama, tiene su origen en ellos, y sólo en la medida en que varíen se modificará el resultado. Es cierto que el más sencillo de transformar será, precisamente, el individual, y que el tiempo como limitación es un hecho irreversible. También lo es, sin embargo, que el resultado puede ser muy distinto de lo que en Historia de una escalera fue, que es posible superar, aunque no se ocultan las tremendas dificultades para ello, el fracaso.

     El tiempo se presenta en la obra con una estructura cíclica, que ha sido advertida y comentada por la mayoría de los críticos . El amor de Fernando y Carmina hijos tiene visos de ser [118] un calco del que sus padres se tuvieron y al que fueron infieles. Farris Anderson afirma que la ironía que impregna la obra se muestra en su misma configuración dramática. Los tres actos no se organizan, según la tradición aristotélica, como principio, medio y fin, o exposición, nudo y desenlace; la división en actos es irónica, pues sólo hay en realidad un comienzo seguido de un fluir que no lleva a los personajes a ningún sitio. El proceso de la acción del drama no es lineal, sino cíclico, y los actos se estructuran esencialmente del mismo modo

     La configuración cíclica invitó a pensar en una construcción cerrada y la más común acusación, entre las alabanzas que se multiplicaron para el autor de Historia de una escalera, fue la de su pesimismo. Buero salió al paso de estas interpretaciones, que él creía en desacuerdo con sus pensamientos y con la obra. En «Cuidado con la amargura» defiende la libertad del creador para tratar temas amargos y alude a su relación con «la más evidente tradición artística española». No pueden olvidarse estas realidades menos gratas y «al amargo de la vida no se le vence con la explosión mecánica de la risa o el aturdimiento de las distracciones, sino con su contemplación valerosa». Añade después algo que recrudece la dificultad del problema a que nos referimos: «Yo no creo que la falta de soluciones en la comedia implique que éstas no existan; creo, por el contrario, que en una obra de tendencia trágica es precisamente su amargura entera y sin aparente salida la que puede y debe provocar, más allá de lo  que la letra exprese o se abstenga de decir, la purificación catártica del espectador».

     La interpretación pesimista ha sido muy frecuente. Anderson concluye su artículo afirmando la poca validez del optimismo que se ha visto en el teatro bueriano y que también Buero ha señalado, si nos fijamos en esta obra, y, finalmente, que se trata de «a work that projects a world in which human beings are trapped and human efforts are futile»  Para Kirsner, «only an excessive hunger, a virtual halucinatory longing for heroes, would make one believe that Fernando and Carmina hijos will continue in their ecstatic state of defiance» . Charles V. Aubrun cree que «le désabusement sur quoi se termine la pièce ressemble bien plus à la déception de l'idéaliste désenchanté qu'à la prise de conscience de notre faiblesse au coeur de notre grandeur, et à la prise en charge des servitudes qui donnent sa valeur à notre liberté»

     La cuestión no carece de importancia y trasciende la consideración de esta pieza concreta para incidir en la de todo el teatro de nuestro autor. Buero sostiene con absoluta razón y total acuerdo con los críticos que su teatro es «de carácter trágico». Pero, a su juicio, la tragedia es un género esencialmente «abierto». «Tragedias que se muestran para liberar, no para aplastar... Sí. Eso ha pretendido ser mi teatro, escrito frente a 'Fundaciones' que nos deforman, o nos miman, o nos anulan», ha dicho recientemente. Existe siempre una posibilidad de solución al conflicto planteado en el escenario, si tenemos en cuenta que «las posibilidades de reacción individual que posee el protagonista de una tragedia [...] pueden llegar hasta el vencimiento del hado», y que precisamente surge la tragedia «cuando, consciente o inconscientemente, se empieza a poner en cuestión al destino», puesto que «la tragedia intenta explorar de qué modo las torpezas humanas se disfrazan de destino» El pesimismo es imposible dentro de esta concepción de lo trágico.

     Historia de una escalera es una tragedia. Tal era la intención de su autor  y así la definió Arturo del Hoyo en una lúcida crítica, que suscribimos: «Tragedia en el sentido de dramatización del hombre entero; pues la dramatización de aspectos parciales de la vida del hombre es asunto siempre del drama. La tragedia surge cuando el autor se enfrenta no con una situación especial de algunos personajes, sino al cogerlos a todos por los  cabos de las raíces de su humanidad. [...] El sentimiento trágico de la vida arranca de la totalidad de nuestro existir, no de un momento de nuestra existencia...»

     Hay en esta obra una posibilidad de que los jóvenes personajes que en el tercer acto repiten las palabras de sus padres rompan el círculo, modificando el camino que ellos siguieron en otro tiempo. Su incipiente rebelión, al estar juntos a pesar de las prohibiciones, es un buen augurio. No olvidemos, sin embargo, que el resultado del fracaso en Historia de una escalera es debido a la acción recíproca de tres factores y que sólo el cambio individual está plenamente en sus manos. La sociedad dificulta el desarrollo de la propia personalidad. (Esta dialéctica sociedad-individuo, de base unamuniana, es una constante en toda la producción de Buero).

     No podemos pensar en un ilusorio y engañoso final feliz. Los hechos actuales marchan por sí solos hacia una repetición del sentido de los anteriores, aunque no, quizá, de su materialidad. La decidida acción individual puede mudar el resultado, pero sin ocultarnos la precisión de unos cambios a nivel social y la realidad de unos condicionamientos de índole metafísica. Es muy dudoso, pues, pero posible, que Fernando y Carmina hijos eviten la frustración en esa sociedad y a pesar del tiempo. El círculo puede convertirse en un movimiento en espiral.

     Existe, además, una apertura desde otro punto de vista: la purificación catártica del espectador. Éste ve que los jóvenes caminan en idéntica dirección que sus padres y debe evitar en él mismo semejantes derroteros. La obra le hace consciente de limitaciones a las que debe hacer frente. La esperanza del espectador es dura porque, y aquí se une con el destino de las criaturas escénicas, su vida es igualmente difícil que la que ha visto representada y debe tener conciencia de que a nivel personal es incapaz de una radical transformación de la realidad  Es en esa lucha entre la libertad (posibilidad individual de lucha) y el destino (elementos que nos vienen dados y condicionan la libertad, factores sociales y existenciales) donde radica la íntima esencia de la tragedia tal como Buero Vallejo la concibe.

     En la «Autocrítica» de Historia de una escalera afirmó Buero algo que nos parece de sumo interés. «Pretendí hacer, dice, una comedia en la que lo ambicioso del propósito estético se articule en formas teatrales susceptibles de ser recibidas con agrado por el gran público». En estas palabras se hace ya visible el noble y dificultoso intento bueriano de crear un teatro que llegue al mayor número de espectadores sin perderse en peligrosas concesiones. José Monleón ha observado con agudeza que Buero acepta una tradición teatral que parte de Benavente y Arniches «para excederlos», planteando todo su teatro como un «experimento o investigación formal» que no ha cesado en ningún momento.

     Desde estos presupuestos ha de entenderse, a mi juicio, una cuestión que ha suscitado encontradas opiniones. Me refiero a lo costumbrista y lo sainetesco en Historia de una escalera. Los críticos aludieron enseguida a ello, si bien de modo dispar. Alfredo Marqueríe no admitía que la obra fuese un «sainete dramatizado», «porque en ella hay mucho más que un desfile de tipos o un trivial costumbrismo», mientras que Díez Crespo, por no citar a otros, dice que «está dentro de un teatro muy español que arranca en don Ramón de la Cruz -recordemos La casa de Tócame Roque, que también se desarrolla en un patio y en una escalera de casa de vecindad- y continúa en nuestros más típicos sainetes de fin de siglo», aunque añade que «el autor de esta obra [...] va de lo puramente sainetesco a un intenso dramatismo, que culmina en escenas de carácter trágico»

     Con posterioridad, Torrente Ballester sostiene que «la estética del sainete dista de la concepción de Buero tanto como dista lo típico de lo individual, lo accidental de lo esencial»  y Ruiz Ramón niega cualquier «relación esencial con el sainete». Juan Emilio Aragonés afirma, por el contrario, que «el Buero de Historia de una escalera es ya el autor de dramas costumbristas -o de sainetes dramáticos, por más que a él no acabe de gustarle esta última denominación- que después ha probado ser en forma eminente, aun sin ser ésta su única ni su más personal modalidad expresiva»

     Contemplando la cuestión desde un punto de vista más amplio, Ricardo Doménech piensa que Buero consigue unir dos caminos de nuestra tradición teatral que, en realidad, no tenían mucho de común, pero podían completarse: «Historia de una escalera toma del sainete, con una lógica depuración, todo o casi todo lo que es cauce expresivo. Toma asimismo su ambiente, su lenguaje y hasta situaciones más o menos típicas -discusiones de vecindad, por ejemplo- e inclusive rasgos arquetípicos de personajes, si bien sometidos a severas matizaciones. De Unamuno toma su visión trágica y desgarrada del hombre y del mundo [...]. Esta singular mixtura entre costumbrismo y pathos unamuniano precipita una corriente nueva o, si se prefiere, cierra y trasciende dos corrientes dramáticas anteriores...»

     A nuestro modo de ver, es muy cierto que en la obra hay situaciones y tipos aislados susceptibles de aparecer en cualquier pieza del género chico (recordemos, por ejemplo, la escena del cobrador de la luz, las disputas de cada acto, las murmuraciones de Paca, los personajes Pepe y Rosa, etc.), pero están integrados en el drama y ampliamente trascendidos en cuanto tales. Hemos dicho, incluso, que el primer acto, sin los demás, podría considerarse externamente como una obrita breve de aquel género, con sus trazos de humor, sus gotas de sentimentalismo y su final feliz, pero desde el momento en que se articula con el resto es imposible pensar fundadamente en relación directa alguna.

     Un rasgo que separa definitivamente esta parcela del teatro de Buero Vallejo del mundo costumbrista y del sainete es su visión «desde dentro», no superficial, de los personajes que en escena aparecen. El tratamiento de los infelices habitantes de la escalera (o de la terraza en Hoy es fiesta, o de la casa de Dimas en Irene, o el tesoro) no pretende ser deformador ni humorístico, aunque sí irónico, a diferencia de lo que el sainete requiere. Porque estamos de acuerdo con Ángel Fernández-Santos en que «el sainete, forma típica del costumbrismo español y en especial del madrileño, es una mistificación dramática por la que la burguesía española, y en especial la madrileña, deforma a los tipos más despiertos del proletariado»

     Nos parece, pues, que la denominación de «sainete», al referirse a una parte de la producción bueriana, debe emplearse con suma cautela. Es innegable, en efecto, que en Historia de una escalera, y en alguna otra pieza a las que ya hemos aludido, hay un tono heredado del sainete y algunos elementos aislados que en tal género tienen su cabal presencia; pero el conjunto de la obra está lejos del mundo sainetesco y de su estética, y su realismo es evidentemente supracostumbrista  Lo que estos dramas tengan de allegable al sainete ha de considerarse como un medio de expresión que pudiera ser aceptado y comprendido por el público, como la utilización de una tradición teatral que permitiese, bajo formas no inusitadas, ofrecer contenidos caracterizados por su novedad

     En «Palabra final» había manifestado Buero: «Creo que fueron dos preocupaciones simultáneas las que me llevaron a escribir la obra: desarrollar el panorama humano que siempre ofrece una escalera de vecinos y abordar las tentadoras dificultades de construcción teatral que un escenario como ese poseía, o, dicho de modo más ceñido y unitario: la visión del fluir del tiempo en unas familias, que se hace angosta por la angostura del espacio donde ocurre. Técnicamente, quise resolver esto presentando toda la acción en absoluto de puertas afuera; y en ello estriba, a mi juicio, aparte de su argumento, la novedad o mérito mayor que pueda tener mi comedia frente a otra u otras escaleras que se hayan podido ver en el teatro y que alguno ha pretendido invocar como antecedentes». Estos, efectivamente, se han buscado desde el estreno, aunque no creemos que la cuestión interese excesivamente.

     La escalera es, por una parte, un notable acierto técnico  una «dificultad de construcción» superada airosamente por Buero, al lograr una acción natural y nunca forzada en un medio nada propicio (es muy útil en este sentido el «entrante» del primer término derecho, un lugar relativamente apartado del resto de la escena), y, además, es el adecuado vehículo para conseguir la intención del autor. Los acontecimientos del drama se desarrollan en la escalera no sólo por constituir ésta su obligado espacio escénico, sino por ser un factor determinante y decisivo, a través de su dimensión simbólica, en las vidas de sus moradores. La escalera hace posible asimismo la consideración colectiva de los personajes de la historia.

     La escalera como símbolo abierto es uno de los más importantes hallazgos de Historia de una escalera. Sorprende aún más su complejidad, su valor múltiple, si lo comparamos con la unívoca facilidad del símbolo de la leche derramada al final del primer acto. Quizá sea el del paso del tiempo, en tanto que todos siguen unidos a los viejos peldaños, subiendo y bajando para volver a bajar y a subir de nuevo, su más palmario significado, pero las posibilidades simbólicas y representativas, y por ende su riqueza, son prácticamente innumerables. De ahí su singularidad frente a los antecedentes o modelos señalados.

Buero Vallejo, En la escalera (pluma), 1947.


Historia de una escalera, 1949.

     Concluye Alfredo Marqueríe su «Prólogo» a la primera edición de Historia de una escalera diciendo que «lo más importante de esta pieza dramática es que en ella el protagonista no habla. El personaje principal y fundamental, inmóvil y mudo, es LA ESCALERA de la historia escénica. Todo está ahí centrado y concentrado. ¿Dónde?... En los peldaños desgastados y gimientes por los que pasaron los ágiles y alegres pies de los cortejos de bodas y bautizos; por los que descendieron cuidadosas y lentas las pisadas grávidas de los que llevaban sobre sus hombros los pesados y negros ataúdes...» Y García Pavón añade: «La escalera, en la obra de Buero, no es sólo un personaje, como quiere Marqueríe, es algo más: el símbolo de la inmovilidad de nuestra organización social que impide a la jerarquización existente evolucionar con mayor fluidez. La escalera que suben y bajan dos generaciones con la misma angustia, estrechez y desilusión de progresar, es imagen simbólica de la gran barrera que divide a los hombres en una serie de estadios económicos y de oportunidad social, sin la menor concesión en treinta años» .

     Para Ángel Valbuena Briones, «la escalera que da acceso a los dos pisos con sus descansos y rellanos se inviste del simbolismo de aquellas escaleras de las historias medievales, cuyo fin se suponía en el cielo, y cuya base en el reino de las tinieblas. La escalera significa, por tanto, el afán de felicidad del hombre, deseo que en el caso de la obra de Buero no se sacia». Pondremos fin a estas citas, que sólo pretenden dar una idea del complejo panorama de las interpretaciones de la escalera, con  una de Joelyn Ruple que apunta sus múltiples posibilidades: «The stairway in Historia, for example, can symbolize the government, poverty, human personality, fate, society, or all of these things».

     Hemos llevado a cabo un estudio de Historia de una escalera que pretendíamos fuese una visión de conjunto. Por ello aludimos a otras opiniones para cotejarlas con las nuestras, buscando una más amplia perspectiva. Desde su primera obra, estrenada hace ahora cinco lustros, a la última, hace pocos meses; de la «miseria del ambiente» de Historia de una escalera a la «alegría enajenada» de La Fundación, Buero Vallejo ha venido realizando un lúcido y complejo análisis de la vida española individual y socialmente considerada y de la condición del ser humano. La frustración que padecen los personajes de aquella pieza es, como hemos visto, fruto de factores individuales, sociales y existenciales y, en gran parte, producto de un modo inauténtico de vida.

     Historia de una escalera, drama con el que se inició una nueva época en nuestro teatro y primera manifestación pública del más importante dramaturgo español actual, debe ser considerada con justicia raíz y fundamento del teatro de Buero Vallejo, y tiene en lo esencial cumplida validez veinticinco años más tarde.

                                                                                          (Publicado en Estudios Literarios dedicados al Profesor Mariano Baquero Goyanes, Murcia, Universidad, 1974)

 

jueves, 14 de diciembre de 2023

Orlando, de Virginia Woolf

 

Orlando, de Virginia Woolf

Una hipótesis preliminar sobre la vida, la memoria y la literatura. El “novum” de la inmortalidad

«Orlando: una biografía», de Virginia Woolf, es la narración de las desconcertantes aventuras de un joven miembro de la nobleza inglesa desde sus dieciséis años, a finales del siglo XVI (1586), hasta cumplidos los treinta y seis años, el 11 de octubre de 1928, el día en que se publicó por primera vez la novela. 342 años de historia que, para el protagonista, son solo veinte años de vida, porque como nos desvela la autora «Ese maravilloso desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma no se conoce lo bastante y merecería una profunda investigación». Su personal indagación sobre este tema y lo que podríamos describir como una hipótesis preliminar es lo que Virginia nos ofrece esta obra singular.

El paso del tiempo, la memoria y la edad del protagonista no son la única transgresión de lo «evidente» que nos descubre la obra, ni siquiera la más debatida por críticos y comentaristas. Virginia Woolf encontró con Orlando una original forma de liberar su imaginación y mostrarnos una mirada asombrosa y diferente de la vida, la sociedad, la literatura… y mucho más. En realidad, es la propia Virginia a quién nos encontramos y con quien conversamos en Orlando.

La obra se presenta y se destaca de manera habitual como un clásico del feminismo, inspirado por la “tumultuosa historia de familia” y, de hecho, una oda a Vita Sackville-West. Su hijo Nigel Nicolson, lo resume así:

💬 La influencia de Vita sobre Virginia está por completo contenida en Orlando, la más larga y encantadora carta de amor de la literatura.

Virginia dedica la obra, efectivamente, a Vita y algunas de las “supuestas” fotos de Orlando que aparecen en la edición original y que se reproducen en la edición de Alianza Editorial son de la propia Vita y de algunos de sus ilustres antepasados. Sin embargo, ella no aparece en ningún momento en la obra como personaje ni como referencia, y nadie que no conozca la historia personal de Virginia Woolf podría descubrir jamás a Vita solo a través de la lectura de Orlando. No tengo ninguna duda de que biógrafos y críticos han hecho su trabajo y han buceado en lo que Virginia quiso escribir, Orlando como un homenaje a su amante y amiga. Pero no veo ninguna diferencia, más que táctica u oportunista, al destacar a Vita como elemento central o nuclear de la obra, porque es evidente que similares fuentes de inspiración, hombres, mujeres, circunstancias históricas y personales, son siempre la fuente de inspiración y la materia de la que está hecha toda obra literaria, como por otra parte, Virginia deja claro en el prólogo:

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💬 Muchos amigos me han ayudado a escribir este libro. Algunos están muertos y son tan ilustres que apenas me atrevo a nombrarlos, aunque nadie puede leer o escribir sin estar en perpetua deuda con Defoe, Sir Thomas Browne, Sterne, Sir Walter Scott, Lord Macaulay, Emily Brontë, De Quincey y Walter Pater para no mencionar sino a los primeros que se me ocurren. Otros están vivos, y aunque quizás igualmente ilustres a su manera, son por esta misma razón menos formidables.

y, como veremos, a lo largo de toda la obra. Las fotos en esa primera edición de la editoral Hogarth Press, (porque sí, dejémoslo claro desde el principio, Virgina se autoeditó y publicó) me parecen la primera y muy brillante provocación de la escritora, una broma ingeniosa que como el néctar goloso de la flor atrae a críticos, historiadores y comentaristas oportunistas. Kudos para Virginia.

Sobre el carácter feminista y activista de la obra de Virginia, ¿qué podría yo añadir? Es evidente y brillante. Pero la denuncia y el activismo libertario de Virginia van mucho más allá del sexo y el género. Orlando es una crítica feroz a los convencionalismos y las ataduras a las que nos somete la sociedad, y creo que el foco de la crítica y los comentarios que se centran exclusivamente en un aspecto destacado y central, limita en gran medida la extraordinaria temática y el logro creativo de Virginia Woolf. Su crítica a la sociedad no se limita a la interpretación de la sexualidad o el género. Su denuncia de los convencionalismos y las ataduras morales, interesados o estúpido subproducto de la costumbre, es constante a lo largo de toda la narración, por momentos brutal y brillante. Su anhelo de libertad queda expuesto de manera magnífica por medio de la extensa muestra de reflexiones en las que la escritora se detiene y se recrea a lo largo de la narración con un virtuosismo gracioso y mordaz. El estilo satírico y el autodesprecio tan inglés de la autora, contribuyen a suavizar la crítica, a marcar distancia. Más que centrales, que lo son, el sexo y el género (o mejor, la identidad y el yo) diría que son la bandera que Virginia escoge para reivindicar su libertad.

Pero lo más interesante es que Orlando es mucho más que denuncia, crítica y expresión personal de una mirada libre. Lo que hace auténticamente singular y destaca en la obra de Virginia Woolf es la originalidad de la narración y la profundidad que alcanza su prospección epistemológica y ontológica en una obra difícil de catalogar.En Orlando hay una teoría de la esencia del ser, del yo, y de la propia existencia humana, de lo que es la vida. Las reflexiones de Virginia y la idea que subyace bajo la historia de Orlando podrían haberse expresado en forma de ensayo filosófico o, por qué no, como una obra de ciencia ficción dura. La teoría de la inmortalidad de Orlando podría rivalizar sin duda y posiblemente con ventajas, con el novum de los muchos autores que se han aproximado a este tema desde el género de la ciencia ficción.

Virginia escoge, sin embargo, el género de la biografía como excusa perfecta para la caricatura del trabajo de los profesionales (en este caso biógrafos, otro convencionalismo más) pero sobre todo como vehículo de gran flexibilidad para el juicio y la introspección. La autora es el narrador presente en prácticamente todo momento de la narración. En muchos casos, por medio de interjecciones y paréntesis explícitos que nos muestran sus valoraciones. La biografía y su constante exégesis convierten la obra en algo que podríamos caracterizar como ensayo ficción.

La obra es una profunda reflexión sobre el sentido de la vida. Qué es la vida y qué la define, por una parte. Y cómo nos la contamos a nosotros mismos, la simplificamos y la enlatamos en una serie de convencionalismos, perdiendo de vista muchas de sus dimensiones. Con la historia de Orlando, Virginia enuncia una serie de identidades o equivalencias que definen, casi como un sistema de ecuaciones matemática, su teoría.

  • La vida es un propósito, en el caso de Orlando expresado por la metáfora de la escritura, la creación de un Roble, una labor quizás imposible, pero que da sentido a sus desvelos.
  • La memoria es la única consciencia, de hecho, la costurera de la vida (y por cierto, bien caprichosa). La trayectoria que identificamos con ella solo está en nuestra cabeza, nuestros recuerdos, y en alguna medida en lo que los otros saben y recuerdan sobre nosotros.
  • La escritura y la literatura son por tanto la tecnología esencial para esa forma de entender y construir una vida. Orlando es lo que Orlando recuerda, su memoria. Si la memoria puede ir más allá de una simple vida entonces quizás la vida no se limita necesariamente a la vida que identificamos con una persona. Orlando quizás no es un único Orlando, como sus diversas transformaciones ponen de manifiesto. Virginia las utiliza como énfasis y metáfora de los costurones que hacen posible la inmortalidad del protagonista.

No me cuesta mucho imaginar a una Virginia viéndose ella misma más allá de la vida a la que ella misma decidió poner un final antes de que, como les ocurre a tantos, continuara con una historia que nadie querría recordar ni contar. La muerte de Virginia es la interrupción del capítulo que hoy conocemos de ella, su entrada en un sueño que, puede que cuando despierte, si lo hace, ella sienta que ha durado solo siete días.

Lo que sigue a continuacion no es más que una breve síntesis y colección de momentos y citas brillantes del texto de Virginia Woolf(*). Pura arbitrariedad y concesión a mi propia y endeble memoria. Spoilers a discreción.

Sinopsis idiosincrática

La Gran Helada

Él – porque no cabía duda… es un joven noble en la Inglaterra de la reina Isabel I. A finales del siglo XVI, con 16 años, el apuesto personaje sirve como paje en la corte y se convierte en el «favorito» de la anciana reina Isabel I de Inglaterra (1558 – 1603). Cuando la reina muere, se encuentra con la Princesa Marusha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovich, que está de visita en Inglaterra como parte de la delegación rusa con motivo de la coronación del rey Jaime.

Pero ¿de qué Jaime se trata? El detalle temporal que escoge Virginia es la “Gran Helada” del Támesis. Pero ¿de qué gran helada se trata? Virginia solo menciona el nombre del rey Jaime (James), pero sin indicar de qué Jaime se trata. Tras la muerte de Isabel I, heredó el trono Jaime I (Jacobo) en 1603, pero ese año no hubo ninguna gran helada conocida en el Támesis. La primera denominada así data de 1608. Es posible, por tanto, que Virginia se sitúe en el invierno de 1683-84 (y juegue con la coronación al año siguiente, 1685, de Jaime II). Esta helada es mucho más famosa. Por otra parte, la conocida como Gran Helada data de 1709, y aunque parece un encaje menos probable, también podría ser la referida, sobre todo por algunas de las alusiones que la autora introduce en el texto.

Creo que, de manera muy deliberada, Virginia juega con esta ambigüedad temporal de las heladas y con las personas (los reyes Jaime), introduciendo (aún estamos casi al comienzo de la novela) uno de los temas principales. La Gran Helada son muy probablemente todas las grandes heladas del Támesis. Y los reyes… los reyes poco importan, son poco más que un elemento decorativo.

La naturaleza, por otra parte, es uno de los protagonistas a lo largo de toda la obra. Virginia se detiene en numerosas ocasiones a contemplar el paisaje, en ocasiones con largas descripciones, y a incorporarlo en sus reflexiones como hará también con innumerables seres inanimados y todo tipo de ideas y conceptos abstractos. La naturaleza es uno de los refugios y confidente de Orlando, pero como casi todo en la obra, tiene siempre un lado hostil, sospechoso o amenazador. Y por supuesto, la naturaleza también es excusa para el virtuosismo de la mordaz Virginia que, realmente, no deja títere con cabeza. La Gran Helada es quizás el momento en que Virginia se muestra, por primera vez en la narración, confortablemente instalada ya en el estilo de la obra que ha creado y en todo su esplendor.

💬 La Gran Helada fue, los historiadores lo dicen, la más severa que ha afligido estas islas. Los pájaros se helaban en el aire y se venían al suelo como una piedra. En Norwich una aldeana rozagante quiso cruzar la calle y, al azotarla el viento helado en la esquina, varios testigos presenciales vieron que se hizo polvo y fue aventada sobre los techos. La mortandad de rebaños y de ganados fue enorme. Se congelaban los cadáveres y no los podían arrancar de las sábanas. No era raro encontrar una piara entera de cerdos, helada en el camino. Los campos estaban llenos de pastores, labradores, yuntas de caballos y muchachos reducidos a espantapájaros paralizados en un acto preciso, uno con los dedos en la nariz, otro con la botella en los labios, un tercero con una piedra levantada para arrojarla a un cuervo que estaba como disecado en un cerco. Era tan extraordinario el rigor de la helada que a veces ocurría una especie de petrificación; y era general suponer que el notable aumento de rocas en determinados puntos de Derbyshire se debía, no a una erupción (porque no la hubo), sino a la solidificación de viandantes infortunados que habían sido convertidos literalmente en piedra. La Iglesia pudo prestar poca ayuda, y aunque algunos propietarios hicieron bendecir esas reliquias, la mayoría las habilitó para mojones, postes para rascarse las ovejas, o, cuando la forma de la piedra lo permitía, bebederos para las vacas, empleo que desempeñan, en general admirablemente, hasta el día de hoy.

El primer gran amor.

En esa naturaleza al mismo tiempo desbocada y domesticada, Orlando va a tener su primera gran revelación. El amor.

El encuentro de Orlando con la princesa rusa nos muestra de manera muy explícita el tema central de la sexualidad. Orlando queda inmediatamente prendado y se enamora perdidamente de la princesa, a la que él llamará Sasha.

💬 …vio salir del pabellón de la Embajada Moscovita una figura —mujer o mancebo, porque la túnica suelta y las bombachas al modo ruso, equivocaban el sexo— que lo llenó de curiosidad. (…) Cuando el muchacho —porque, ¡ay de mí!, un muchacho tenía que ser, no había mujer capaz de patinar con esa rapidez y esa fuerza— pasó en un vuelo junto a él, casi en puntas de pie, Orlando estuvo por arrancarse los pelos, al ver que la persona era de su mismo sexo, y que no había posibilidad de un abrazo.

Pero el patinador se acercó. Las piernas, las manos, el porte eran los de un muchacho, pero ningún muchacho tuvo jamás esa boca, esos pechos, esos ojos que parecían recién pescados en el fondo del mar (…) Era una mujer. Orlando la miró azorado, tembló; sintió calor, sintió frío; quiso arrojarse al aire del verano; aplastar bellotas bajo los pies; estirar los brazos como las hayas y los robles.

La forastera, averiguó, era la Princesa Marusha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovich…

El amor de Orlando y Sasha nace con este “flechazo” inicial, pero se nutre y crece con sus complicidades, como todo amor. Entre ellas está, por ejemplo, el conocimiento del francés, que es excusa inicial para una conversación privada en público, y la burla de la corte.

La huida (el plantón) de Sasha coincidiendo con el hielo del Támesis que se derrite lleva a Orlando a encerrarse en su mansión y pronto se sumirá en un profundo sueño que dura siete días. El sueño es claramente un paréntesis en la conciencia del protagonista, y un elemento que introduce Virginia Woolf para crear uno de los elementos esenciales de la narrativa.

El amor por la escritura

Cuando despierta, Orlando se volcará en lo que ya era una obsesión y, de pronto, toma forma: la obsesión por la literatura y la escritura. En la primera parte del capítulo II, Virginia se introduce de manera muy evidente en la narración con una extensa reflexión sobre algo que, sin duda, ella ha experimentado como escritora.

💬 Su afición por los libros era temprana. (…) Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura.

Un apuesto caballero como él, decían, no necesitaba libros. Que dejara los libros, decían, a los tullidos y a los moribundos. Pero algo peor venía. Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que habita en el tintero y que supura en la pluma. El miserable se dedica a escribir. (…) Se le escapa el sabor de todo; lo torturan hierros candentes; lo roen los gusanos. Daría el último centavo (¡tan virulento es ese mal!) por escribir un solo librito y hacerse célebre.

escribir (y no hablemos de publicar) era, bien lo sabía, una imperdonable falta en un noble.

La memoria

Mientras está en esta reflexión, Virginia introduce otro ingrediente esencial: la memoria. Su relación con la creación, la vida, y la historia que se desarrolla a continuación es, en gran medida evidente, pero creo que nunca lo había encontrado desarrollado de una manera tan detallada, tan explícita y central como en esta obra. Virginia consigue establecer una identidad entre la vida, la memoria, la literatura y la búsqueda de trascendencia: la inmortalidad. En ciencia ficción, esto sería un auténtico novum.

💬 La costurera es la Memoria, y por cierto bien caprichosa. La Memoria mete y saca su aguja, de arriba abajo, de acá para allá. Ignoramos lo que viene en seguida, lo que vendrá después.

De pie en la soledad de su cuarto juró ser el primer poeta de su linaje y dar brillo inmortal a su nombre.

Sin embargo, no tardó en advertir que las batallas libradas por Sir Miles y los otros para ganar un reino contra caballeros con armadura, eran menos arduas que la emprendida ahora por él para ganar inmortalidad contra la lengua inglesa. El lector que haya intimado con las severidades del trabajo de redactar no necesitará pormenores…

el hombre que había escrito un libro y que lo había hecho imprimir, efúndía una gloria que oscurecía todas las glorias de la sangre y del rango.

Para salir de su aislamiento y la reflexión en la que ha caído, Orlando invita al poeta Nicholas Greene, a quién al parecer admira, a pasar un tiempo con él para poder conversar con un «verdadero poeta». Orlando tenía la intención de que Greene le proporcionase una opinión fundada sobre su creación y, en particular, The Oak tree (El Roble, que Borges elige traducir como la Encima), el poema que está escribiendo. Pero cuando conoce a Greene no se atreverá a hacerlo.

Green es, por una parte, gracioso y brillante intelectualmente y Orlando disfruta con la conversación, sus reflexiones y su crítica.

💬 Tenía unas facultades de imitación capaces de devolver la vida a los muertos

Pero, por otra, el conocido poeta es una decepción y se desmorona ante él. Green es feo, vulga..

💬 Era inevitable que Orlando, al apresurarse a recibirlo, padeciera algún desencanto. El poeta no sobrepasaba la estatura mediana; era de figura mezquina; era flaco y algo encorvado, y al entrar, se llevó por delante un mastín, que le hincó los dientes.

… y trágicamente preocupado por el sustento material. Tiene diez hijos y tiene que darles de comer. Su máximo ideal es una renta vitalicia (trimestral) que Orlando accederá a proporcionarle.

💬 La Glor—dijo Greene—, es la espuela de las grandes almas. Si yo tuviera una pensión de trescientas libras al año pagada trimestralmente, me consagraría entero a la Glor. Me quedaría hasta el mediodía en la cama leyendo a Cicerón. Imitaría su estilo tan bien que ya no se sabría cuál es cuál. Eso es lo que yo llamo literatura, eso lo que yo llamo la Glor. Pero es imprescindible para eso la pensión.

Al final, cuando se marcha, Orlando le deja una de sus obras, que a Greene le parece vulgar y que ridiculizará públicamente en una de sus publicaciones.

💬 De la naturaleza de la poesía, Orlando sólo sacó en limpio que era de venta más difícil que la prosa, y que su fabricación llevaba más tiempo aunque eran más cortas las líneas.

Así, a los treinta años más o menos, este joven Señor había experimentado todo cuanto la vida puede ofrecer, y la vanidad de ese todo. La ambición y el amor, los poetas y las mujeres eran igualmente vanos. La literatura era una farsa.

Sólo dos cosas le quedaban; en ellas puso toda su fe: los perros y la naturaleza; un mastín y un rosal.

Decepcionado por el amor y por sus tentativas literarias, decide embarcarse hacía Turquía como embajador de su majestad el rey Carlos II de Inglaterra, período conocido como la Restauración. Virginia vuelve a jugar con la misma ambigüedad, identificando al rey solo por el nombre Carlos, sin decir qué Carlos. Ciertamente, aquí introduce a la actriz Nell Gwyn, por lo que las ediciones identifican a Carlos II (1630 – 1685).

💬 hizo lo que cualquier otro joven hubiera hecho en su lugar, y le pidió al Rey Carlos que lo nombrara Embajador Extraordinario en Constantinopla. Él se paseaba por Whitehall con Nell Gwyn del brazo. Ella le tiraba avellanas. Qué desgracia, suspiró la amorosa dama, que semejantes piernas dejen el país.

Crítica social

La vida de Orlando en Constantinopla, como embajador, le ofrece a Virginia una oportunidad para la crítica despiadada de la burocracia y el vacío de los usos y costumbres en ese tipo de puestos representativos.

💬 La jornada de Orlando, según parece, era más o menos así…

La ceremonia era siempre igual. En el patio de honor, los Genízaros golpeaban con los abanicos la puerta principal, que inmediatamente se abría, descubriendo un vasto salón, amueblado espléndidamente. Ahí estaban sentados los personajes, generalmente de distinto sexo. Se cambiaban zalemas y reverencias. En el primer salón, sólo se podía hablar del tiempo. Tras de haber dicho que era seco o lluvioso, caliente o frío, el Embajador pasaba al otro salón, donde otras dos figuras se incorporaban para recibirlo. Allí sólo era lícita la comparación de Constantinopla con Londres como lugar de residencia: naturalmente, el Embajador no ocultaba que prefería Constantinopla; los otros, naturalmente, preferían Londres, aunque no lo habían visto. En el otro salón, se discutía sin apuro la salud del Rey Carlos y la del Sultán. En el otro se discutía la salud del Embajador y de la esposa del huésped, pero con menos detenimiento. En el otro, el Embajador elogiaba los muebles de su huésped, y el huésped elogiaba el traje del Embajador. En el otro, convidaban con golosinas; el huésped lamentaba su insulsez, el Embajador alababa su dulzura. Daban término final a la ceremonia una pipa indiana y una copa de café; pero aunque los diversos ademanes de fumar y beber se cumplían escrupulosamente, no había tabaco en la pipa, ni café en la copa; ya que si el humo o la infusión hubieran sido reales, no había en la tierra un organismo capaz de tolerarlos. Pues apenas el Embajador había efectuado una de esas visitas, tenía que hacer otra. La misma ceremonia se repetía en el mismo orden, siete u ocho veces consecutivas en las residencias de los otros altos funcionarios, de suerte que era muy común que el Embajador no volviera hasta ya entrada la noche.

La vida de Orlando cambia cuando, tras una de estas celebraciones en las que se emplea a fondo, cae de nuevo en un profundo sueño que se prolonga siete días. Cuando despierta es una mujer.

La metamorfosis

Virginia se detiene en una poética y fantasiosa descripción de la metamorfosis en la que aparecen tres conceptos abstractos como personajes, los espíritus de our Lady of Purity (Nuestra Señora de la Pureza), our Lady of Chastity (Nuestra Señora de la Castidad) y our Lady of Modesty (Nuestra Señora de la Modestia), que representan los valores que más se apreciaban en una mujer de la época. No es el único momento de la narración en el que Virginia se refiere y personifica conceptos abstractos, identificándolos con mayúsculas, como nombres propios.

Frances Whitmore, Mary Capel, Mary Sackville. Retratos de Godfrey Kneller

Pero lo más destacado de la transformación es sin duda que, para Orlando, lejos de suponer un shock, el cambio de sexo es algo completamente natural o, al menos, no sorprendente. Aunque es consciente del cambio que ha tenido lugar, nada en realidad ha cambiado en él o ella…

💬 Debemos confesarlo: era una mujer.

La voz de las trompetas se apagó y Orlando quedó desnudo.

Nadie, desde que el mundo comenzó, ha sido más hermoso. Sus formas combinaban la fuerza del hombre, y la gracia de la mujer. (…) Sin inmutarse, Orlando se miró de arriba abajo en un gran espejo y se retiró, seguramente al cuarto de baño.

Orlando se había transformado en una mujer —inútil negarlo. Pero, en todo lo demás, Orlando era el mismo. El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad. Su cara, como lo pueden demostrar sus retratos, era la misma. Su memoria podía remontar sin obstáculos el curso de su vida pasada.

El cambio se había operado sin dolor y minuciosamente y de manera tan perfecta que la misma Orlando no se extrañó. Muchas personas, en vista de lo anterior, y de que tales cambios de sexo son anormales, se han esforzado en demostrar (a) que Orlando había sido siempre una mujer (b) que Orlando es ahora un hombre. Biólogos y psicólogos resolverán. Bástenos formular el hecho directo: Orlando fue varón hasta los treinta años; entonces se volvió mujer y ha seguido siéndolo.

Orlando huye de Estambul en el lomo de un burro con la ayuda de Rusten el Sadi, un gitano, y se embarca en un viaje sin rumbo que acaba llevándolo a la meseta central de Anatolia donde convivirá un tiempo con gitanos nómadas y sus rebaños de cabras, y donde encuentra una vida plácida en constante contemplación a la naturaleza. Pero la huida pastoral dura poco. Los gitanos pronto recelan de él, y ven con buenos ojos que Orlando decida marcharse para regresar a Inglaterra.

💬 Hizo muy bien. Ya los más jóvenes habían tramado su muerte. Parece que el honor lo exigía, ya que Orlando no pensaba como ellos.

Regreso a Inglaterra. Una nueva toma de conciencia

En el viaje de regreso, a bordo del barco Enamoured Lady, Orlando comienza a tomar consciencia por primera vez de lo que supone ser mujer, cuando la tripulación y el capitán la agasajan y la tratan como a una dama. Durante este pasaje, Virginia vuelca algunas de sus reflexiones más brillantes sobre lo que, es evidente, es su propia visión de la diferencia entre sexos en la sociedad, los brutales e injustificados convencionalismos, y los múltiples inconvenientes y exigencias.

💬 hasta ese momento, apenas había pensado en su sexo. Quizá las bombachas turcas la habían distraído; y las gitanas, salvo en algún detalle importante, difieren poquísimo de los gitanos.

Señor! ¡Señor! —volvió a gritar a esta altura de sus pensamientos—, ¿deberé resignarme a respetar la opinión del sexo contrario, por monstruosa que sea? Si llevo faldas, si no puedo nadar, si quiero que me salve un marinero, ¡por Dios! —gritó—, no tengo más remedio»

Recordó cómo de muchacho había exigido que las mujeres fueran sumisas, castas, perfumadas y exquisitamente ataviadas. «Ahora deberé padecer en carne propia esas exigencias —pensó—, porque las mujeres no son (a juzgar por mí misma) naturalmente sumisas, castas, perfumadas y exquisitamente ataviadas. Sólo una disciplina aburridísima les otorga esas gracias, sin las cuales no pueden conocer ninguno de los goces de la vida. Hay que peinarse —pensó—, y sólo eso me tomaría una hora cada mañana, hay que mirarse el corsé: hay que lavarse y empolvarse; hay que pasar de la seda al encaje, y del encaje al brocado; hay que ser casta todo el año… —Aquí agitó el pie con impaciencia y mostró una o dos pulgadas de pantorrilla. En el mástil, un marinero que miraba por casualidad, casi perdió pie; y se salvó en un hilo—. Si el espectáculo de mis tobillos es una sentencia de muerte para un sujeto honrado que, sin duda, tiene mujer y familia que mantener, mi obligación es ocultarlos —resolvió Orlando. Sin embargo, sus piernas no eran el menor de sus atractivos. Y dio en pensar a qué punto habíamos llegado, cuando una mujer tiene que ocultar su belleza para que un marinero no se caiga del palo mayor—. ¡Que se los coma la viruela!», opinó, descubriendo al fin, lo que en otras circunstancias le hubieran enseñado desde niña: es decir, las responsabilidades sagradas de la mujer.

«Y ése es el último terno que podré echar —pensó—, en cuanto pise tierra inglesa. Y no podré partirle la cabeza a un hombre o decirle miente su boca, o desenvainar la espada y atravesarlo, o sentarme en el Parlamento, o usar corona, o figurar en una procesión, o firmar una sentencia de muerte, o mandar un ejército, o caracolear por Whitehall en un corcel de guerra, o lucir en mi pecho setenta y dos medallas distintas. Sólo me será permitido, en cuanto haya pisado el suelo de Inglaterra, servir el té y preguntar a mis señores cómo les gusta. ¿Azúcar?, ¿leche?» Y al ensayar esas palabras, le horrorizó advertir la baja opinión que ya se había formado del sexo opuesto, al que había pertenecido con tanto orgullo.

«¡Gracias a Dios que soy una mujer», gritó y estuvo a punto de incurrir en la suprema tontería —nada es más afligente en una mujer o en un hombre— de envanecerse de su sexo,

«El amor», dijo Orlando. Inmediatamente —tal es su ímpetu— el amor tomó forma humana —tal es su orgullo. Los otros pensamientos se resignan a ser abstractos; éste no descansa hasta no revestirse de carne y sangre, mantilla y enaguas, calzones y justillo. Y como todos los amores de Orlando habían sido mujeres, ahora, con la culpable lentitud que ponen los organismos humanos para adaptarse a un cambio de convenciones, aunque mujer ella misma, era otra mujer la que amaba; y si algún efecto produjo la conciencia de la igualdad de sexo, fue el de avivar y ahondar los sentimientos que ella había tenido como hombre.

… se hubiera visto en apuros para explicar al Capitán Bartolus las emociones furiosas y encontradas que ahora hervían en ella. ¿Cómo explicarle que ella, que temblaba ahora en su brazo, había sido un Duque y un Embajador? ¿Cómo explicarle que ella, envuelta como un lirio en pliegues de brocato, había cercenado cabezas, y se había acostado con rameras entre los sacos del botín de las naves piratas, …

Orlando trató de retener las lágrimas que se agolpaban a sus ojos, hasta que recordó que en las mujeres el llanto queda bien y las dejó correr.

Al llegar a Londres se encuentra con una ciudad que ha cambiado en su ausencia. Una vez más Virginia no da referencias temporales explícitas. Son vagamente los tiempos de la Reina Ana (1665 – 1714), pero vuelca constantes connotaciones para recordar al lector que el tiempo que está pasando en la historia no son los años de vida del personaje.

Su ausencia y su nuevo sexo le traerán algunas complicaciones por razones mucho más procaces que las de la biología o sus sentimientos. Nuevamente asoma el terror de las rígidas leyes de la sociedad y la burocracia…

💬 Pronto sabría Orlando la insignificancia de las más tempestuosas agitaciones ante el rostro de hierro de la Ley, rostro más duro que las piedras de London Bridge y más severo que la boca de un cañón.

ella era parte en tres procesos mayores entablados en su contra, durante su ausencia, sin contar innumerables litigios menores, que derivaban o dependían de los principales. Los cargos capitales eran: (1) que estaba muerta y por consiguiente no podía retener propiedad alguna; (2) que era mujer, lo que viene a ser lo mismo: (3) que era un Duque inglés que había contraído enlace con Rosina Pepita, bailarina; y había tenido de ella tres hijos, que ahora declaraban que, habiendo fallecido su padre, les correspondía la herencia de todas sus propiedades. Cargos tan graves, requerían, naturalmente, tiempo y dinero. Todos sus bienes fueron embargados y sus títulos suspendidos mientras proseguía el litigio.

La vestimenta como constructo social:

💬 Algunos filósofos dirán que el cambio de traje tenía buena parte en ello. Esos filósofos sostienen que los trajes, aunque parezcan frivolidades, tienen un papel más importante que el de cubrirnos. Cambian nuestra visión del mundo y la visión que tiene de nosotros el mundo.

En su casa, sin embargo, los sirvientes y su entorno cercano le reciben con la natural confusión, pero sin dudas y con afecto.

💬 Mrs. Grimsditch, que al iniciar una reverencia se conmovió de suerte que no hacía otra cosa que balbucear: ¡Milord! ¡Milady! ¡Milord!, hasta que Orlando la calmó, con un beso en ambas mejillas.

Nadie mostró la menor duda de que el Orlando de hoy no fuera el Orlando de ayer. Si alguna hubieran tenido, la actitud de los perros y de los ciervos hubiera bastado a disiparla, porque es sabido que los seres irracionales nos aventajan infinitamente para juzgar la identidad y el carácter.

Hay en Orlando una pugna constante entre la soledad y la necesidad de socializar.

💬 ¿Y todo por qué? La sociedad. ¿Y qué había dicho o hecho la sociedad para trastornar de ese modo a una dama razonable? Nada, en una palabra. Por más que torturara su memoria, Orlando no recuperaba jamás una sola cosa que fuera, realmente, algo. Lord O. había estado galante. Lord A., cortés. El Marqués de C., encantador. El Señor M., entretenido. Pero cuando trataba de precisar esa galantería, esa cortesía, ese encanto, o ese entretenimiento, le parecía estar desmemoriada, porque nada podía señalar. Era siempre lo mismo. Nada quedaba para el día siguiente, pero la excitación del momento era interesante. Arribamos así a la conclusión la sociedad es uno de esos ponches que las expertas amas de casa sirven hirviendo en Navidad, y cuyo sabor depende de la adecuada mezcla y agitación de una docena de ingredientes. Pruebe uno sólo y resulta insípido. Pruebe a Lord A., Lord O., Lord C., o Mr. M. y separadamente son nulos. Agítelos a un tiempo, y producirán el sabor más embriagador, la más seductora de las esencias.

esa misteriosa mixtura que llamamos sociedad no es buena o mala en absoluto, sino que encierra un espíritu volátil y poderoso, que produce embriaguez,

Ojalá no vuelva a encontrar un ser humano en toda mi vida.

Orlando tiró la segunda media detrás de la primera y se metió en cama lóbregamente, jurando renunciar para siempre a la sociedad. Pero ese juramento, como tantos otros de Orlando, resultó prematuro. Al despertarse al otro día, encontró entre las habituales invitaciones sobre la mesa, una de cierta gran dama, la Condesa de R. Después del juramento de la víspera, sólo podemos explicar la conducta de Orlando —despachó un mensajero a toda prisa a R. House aceptando con entusiasmo la invitación—

La literatura como el novum de la inmortalidad

En este proceso de (re)socialización, Orlando se relaciona con la alta sociedad y, en particular, algunos grandes de la escritura. Lo que en apariencia es una simple historia de cotilleos que Virginia utiliza para ir pasando sobre convenciones y constructos sociales que va despachando con brillantes zarpazos de crítica y genialidad, en realidad ha de interpretarse como la conversación de la propia Virginia con esos muertos que cita en el prólogo…

Virginia puede hablar con Joseph Addison (1 de mayo 1672 – 17 de junio 1719), por medio de citas de «El espectador» (The Spectator), con Alexander Pope (21 de mayo 1688 – 30 de mayo 1744), por medio de citas de «El rizo Robado» (The Rape of the Lock), o con Jonathan Swift (30 de noviembre 1667 – 19 de octubre 1745), por medio de citas de «Los viajes de Gulliver». Virginia puede hablar con ellos porque fueron escritores y nos legaron su palabra. De hecho, ella lo explicita con total transparencia, aunque como tantas otras ideas en ese denso ponche epistemológico que es la obra, podría pasar desapercibida:

💬 Orlando se entusiasmó, y dio en hacer pedazos las invitaciones sociales; se reservó las tardes, y vivió en la continua expectativa de las visitas de Mr. Pope, de Mr. Addison, de Mr. Swift, etc., etc. Si el lector quiere consultar El rapto del rizo, El espectador o Los viajes de Gulliver, comprenderá precisamente lo que quieren decir esas misteriosas palabras. En verdad, los biógrafos y los críticos podrían ahorrarse todo su trabajo si los lectores escucharan este consejo. Porque al leer:

Whether the Nymph shall break Diana’s Law,
Or some frail China Jar receive a Flaw,
Or stain her Honour, or her new Brocade,
Forget her Pray’rs or miss a Masquerade,
Or lose her Heart, or Necklace, at a Ball.

—sabemos como si estuviéramos escuchándolo, que la lengua de Mr. Pope temblaba como la de una víbora, que sus ojos chispeaban, que su mano se estremecía, cómo amaba, cómo mentía, cómo sufría. En una palabra, todos los secretos de un escritor, todas las experiencias de su vida, todos los rasgos de su espíritu, están patentes en su obra, y sin embargo exigimos comentarios críticos y relatos biográficos. Que haya gente que no tiene nada que hacer es la única explicación de ese monstruoso tumor.

¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra?

El capítulo 4 cierra con una de las pocas referencias temporales explícitas.

💬 La pesada tiniebla turbulenta ocultó la ciudad. Todo era sombra; todo era duda; todo era confusión. El siglo dieciocho había concluido; el siglo diecinueve empezaba.

El Roble (o La Encina)

Hacia 1840 (inferido)

💬 Orlando se llevó la mano al seno, como en busca de un medallón o de alguna reliquia de amor perdido, y no sacó ninguna de esas cosas, sino un manuscrito enrollado, manchado por el mar, la sangre y los viajes: el manuscrito de su poema «La Encina». Lo había llevado consigo tantos años, y en circunstancias tan azarosas, que muchas páginas estaban manchadas, algunas rotas, y la carencia de papel entre los gitanos la había forzado a aprovechar los márgenes y cruzar las líneas hasta que el manuscrito parecía un zurcido prolijo. Volvió a la primera página y leyó la fecha 1586 en la antigua letra de colegial. ¡Casi trescientos años que estaba trabajándolo! Ya era tiempo de concluirlo.

Y ya muy posiblemente entrado el siglo XX

💬 —Listo.

Casi la derribó la extraordinaria escena que encontraron sus ojos. Ahí estaba el jardín y algunos pájaros. El mundo proseguía como siempre. Mientras ella escribía, el mundo había continuado. Exclamó:

—¡Si yo me hubiera muerto, hubiera sido lo mismo!

El manuscrito, que yacía sobre su corazón, empezó a latir y a agitarse, como si estuviera vivo, y (rasgo más raro e indicio de la fina simpatía que había entre los dos) a Orlando le bastó inclinarse para entender lo que decía. Quería que lo leyeran. Exigía que lo leyeran. Era capaz de morírsele sobre el pecho si no lo leían. Por primera vez en su vida (…) los seres humanos eran imprescindibles. Llamó. Pidió el carruaje que la llevara a Londres en el acto.

Orlando vuelve a encontrarse con Nicholas Green que, por lo que se ve, también pertenece a los inmortales, y ahora es por fin un escritor de éxito y refinado:

💬 A Orlando le costaba creer que fuera la misma persona. Tenía las uñas limpias, antes medían una pulgada. Tenía el mentón rasurado; antes asomaba una barba negra. Usaba gemelos de oro; antes las mangas en jirones se le metían en el caldo.

Había engordado; pero era un hombre que frisaba en los setenta. Se había pulido: la literatura era una carrera próspera, pero la antigua inquieta vivacidad se había extinguido

Orlando padeció un desencanto inexplicable. Todos esos años había imaginado que la literatura —sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo— era algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo: algo inestable, imprescindible y abrupto, y he aquí que la literatura era un señor de edad vestido de gris hablando de duquesas. La desilusión fue tan grande que uno de los botones o broches que sujetaba la parte superior de su traje se reventó y dejó caer sobre la mesa «El Roble», un poema.

Y ahora Green resulta providencial:

💬 Por supuesto, había que publicarlo en el acto.

Orlando no entendió. Siempre había llevado consigo sus manuscritos, en el seno de sus vestidos. El hecho le hizo mucha gracia a Sir Nicholas.

El siglo XX

Los pleitos pendientes de Orlando se resuelven. La sociedad dictamina formalmente que es una mujer. El espíritu del tiempo la presiona para que encuentre un marido y se case, cosa que hace sin perder tiempo una tarde. El capitán Marmaduke Bonthrop Shelmerdine es un marinero obsesionado con cruzar el Cabo de Hornos en mitad de una tempestad. Como Orlando, es sexualmente ambiguo, o quizás más preciso decir, no conforme a los roles binarios que establece la sociedad.

💬 —Shel, eres una mujer —dijo ella.
—Orlando, eres un hombre —dijo él.

En el último capítulo, Orlando ha concluido su libro, lo ha publicado, ha tenido éxito, está casado con un marido que siempre está ausente, intentando doblar el Cabo de Hornos en mitad de una tempestad.
Virginia se entretiene en la descripción de lo debió ser su propio presente, con el que Orlando, sin embargo, tiene que ponerse al día. La máquina de vapor, el tren, los coches, conducir, ir de compras a unos grandes almacenes, un cierto asombro ante una modernidad compleja…

💬 Después entró en el ascensor, por la buena razón de que estaba abierto, y fue proyectada hacia arriba, sin una desviación. Ahora la sustancia de la vida (reflexionó al subir) es mágica. En el siglo dieciocho, sabíamos cómo se hacía cada cosa; pero aquí subo por el aire, oigo voces de América, veo volar a los hombres —y ni siquiera puedo adivinar cómo se hace todo. Vuelvo a creer en la magia.

De alguna manera, Orlando ha entrado en un nuevo estado de consciencia, esta vez sin la brusca transición de un largo sueño, el presente:

💬 ¿Qué revelación más aterradora que la de comprender que este momento es el momento actual?

Ahora que estaba con la mano en la portezuela del coche, el presente la golpeó en la cabeza. La asaltó once veces seguidas.

El estilo de Virginia Woolf en Orlando

Es difícil definir la esencia del estilo con que Virginia se expresa a lo largo de toda la obra. La mejor comparación que se me ocurre es la de una composición musical. Una sonata o una sinfonía. Los temas de la obra van apareciendo poco a poco en las escenas de la vida de Orlando que Virginia describe, y se quedan ahí. Se repiten, en algunos casos de manera muy explícita con una clara voluntad enfática y rítmica; cambian, se transforman, reverberan y se entrecruzan como las diferentes líneas melodías de los instrumentos en una orquesta.

Virginia juega con la ambigüedad de los conceptos y los personajes. Para asimilarlos, a los primeros, los capitaliza y habla de ellos como si fueran los auténticos protagonistas. Amor, Ambición, Amistad, Literatura, Poesía, Memoria, la Providencia, la Franqueza, la Honradez, la Riqueza, la Prosperidad, la Comodidad, El Bienestar, La verdad, La Glawr! A los segundos, los caricaturiza y los reduce a meros conceptos con nombres que se convierten en entidades abstractas Lord C o Mister X.

Virginia está presente en todo momento en el relato, o al menos el narrador, ese biógrafo crítico por medio del cual se expresa. A veces se introduce en la obra, de manera muy explícita por medio de paréntesis o expresiones, interjecciones, con las que juzga los sucesos o sus propias reflexiones. En casi todo momento es Virginia la que nos cuenta lo que dicen unos y otros, y lo que podrían estar pensando.

Pero la técnica de Virginia no es la del narrador omnisciente. Cuando leemos a Tolstoi, el narrador nos introduce en los pensamientos de los personajes mientras transcurre la acción, sabemos lo que están pensando, sin ambages. El narrador es transparente e invisible, y se limita a iluminar todo lo que desea que veamos como si nosotros fuéramos los personajes. En el caso de Virginia, ella está en medio. Es ella lo que estamos viendo, con quien estamos conversando.

Los temas en Orlando

Igualmente imposible resulta poner límites a los temas que Virginia toca en Orlando.

  • El sexo y género se alzan como el principal ejemplo de las convenciones y rigores de la sociedad y la bandera del ansia de libertad ser y expresarse de Virginia Woolf.
  • Sentimiento de constante incomprensión y constricción por parte de la sociedad. Contradicción, introversión, apertura. Frustración ante un mundo que odias, pero que al mismo tiempo adoras, porque sin ese mundo no existes.
  • Vida, muerte, paréntesis del sueño que es de alguna manera morir y se alza como metáfora de las costuras de la memoria y la inmortalidad.
  • El lenguaje, inglés, francés, ruso, traducciones. La constante batalla con el lenguaje para expresar la esencia y el ser.
  • Literatura, escritura. Crítica a las convenciones de escritores y críticos… Reflexiones sobre el arte y oficio de escribir (escribiré lo que quiera, Libertad)
  • Personificación de conceptos. Amor, Ambición, Amistad, Literatura, la Poesía, Memoria, la Musa, la Providencia, La Verdad, la Franqueza, la Honradez, Riqueza, Prosperidad, Comodidad, Bienestar, La verdad,
  • La Glawr … Pienso que ni Borges ni Balseiro han sido capaces de captar la pronunciación que Virginia satiriza en el original. O por lo menos, al pensar en ella en español, se diluye.
  • El Roble como obsesión, objetivo, como proyecto del yo que será inmortal.
  • La naturaleza, descripciones y reflexión de la autora: «Soy la novia de la naturaleza»,

Tiempo, memoria, escritura, inmortalidad.

💬 el tiempo que hace medrar y decaer animales y plantas con pasmosa puntualidad, tiene un efecto menos simple sobre la mente humana. La mente humana, por su parte, opera con igual irregularidad sobre la sustancia del tiempo. Una hora, una vez instalada en la mente humana, puede abarcar cincuenta o cien veces su tiempo cronométrico; inversamente, una hora puede corresponder a un segundo en el tiempo mental. Ese maravilloso desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma no se conoce lo bastante y merecería una profunda investigación.

No sería exagerado decir que salía con treinta años después de almorzar y volvía a cenar con cincuenta y cinco a lo menos. Hubo semanas que le añadieron un siglo, otras no más de tres segundos. En resumen, la tarea de estimar la longitud de la vida humana (no nos atrevemos a hablar de los animales) excede nuestra capacidad, pues en cuanto decimos que dura siglos, nos recuerdan que dura menos que la caída del pétalo de una rosa.

Y entonces trataba de pensar durante media hora—¿o eran dos años y medio? —sobre como formular en pocas palabras y sin rodeos.

¿Por qué no decir directamente lo que uno quiere, sin una palabra de más?»

Mientras tanto la Memoria (cuyas costumbres ya hemos descrito) no dejaba de presentarle la cara de Nicholas Greene…

«Que me abrasen —dijo—, si escribo una palabra más, o trato de escribir una palabra más, para agradar a Nick Greene, o a la Musa. Malo, bueno o mediano, escribiré de hoy en adelante lo que me gusta»;

Si la fama estorba y aprieta, la oscuridad teje una bruma alrededor del hombre; la oscuridad es amplia, sombría y libre; la oscuridad deja que el alma siga su camino.

La búsqueda de trascendencia.

💬 la Ambición, esa energúmena, y la Poesía, esa hechicera, y la Codicia de la Gloria, esa prostituta,

la transacción entre un escritor y el Espíritu de la Época es de infinita delicadeza, y la fortuna de sus obras depende de un buen arreglo entre los dos.

«La fama —dijo—, es como (y desde que no lo atajaba Nick Greene se desató en imágenes, de las que apenas elegimos un par de las más tranquilas) una chaqueta recamada que entorpece los miembros, una cota de plata que oprime el corazón, un escudo pintado que cubre un espantapájaros»

«¡Qué tonta soy! —pensaba—. Nada son la fama y la gloria. ¡Los siglos venideros ni se acordarán de mí ni de Mr. Pope! ¿Qué es un siglo? ¿Qué somos «nosotros»?»

¡La fama! (se rió). ¡La fama!

¡La fama!, repitió.

¡Fama, fama! (Aquí tuvo que refrenar la marcha para atravesar el mercado. Nadie se fijó en ella. Una marsopa en un puesto de pescado atraía más la atención que una dama que había ganado un premio…

La vida

💬 ¿había estado muerto una semana y había resucitado después? Y si así fuera, ¿qué cosa son la muerte y la vida?

la vida no valía la pena de ser vivida.

Todo acaba en la muerte,

La vida, según convienen todos aquellos cuya opinión vale algo, es el único tema digno del novelista o del biógrafo.

Vida, vida, ¿qué eres? ¿Luz o sombra, el delantal de bayeta del lacayo o la sombra de la paloma en el pasto?

¿Qué es la vida?, le preguntamos asomados a la puerta del gallinero. ¡Es la Vida, la Vida, la Vida!

¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil!

«La vida y un amante», murmuró, y yendo a su escritorio, mojó la pluma en la tinta y escribió:

«La vida y un amante» —un verso fuera de metro y que no se enlazaba con lo anterior— algo sobre la mejor manera de bañar ovejas para evitar la sarna. Releyéndolo, se sonrojó y repitió en seguida:

«La vida y un amante».

«¡La vida, un amante!». No: «¡La vida, un marido!»

La vida es sueño. El despertar nos mata. Quien me roba los sueños, me roba la vida.

Vida, vida, ¿qué eres?

¿Qué es la vida?, le preguntamos asomados a la puerta del gallinero. ¡Es la Vida, la Vida, la Vida!, grita él pájaro, como si hubiera oído, y supiera precisamente lo que buscamos.

¡Es la Vida, la Vida, la Vida!

El amor

💬 El amor, lo ha dicho el poeta, es toda la vida de la mujer.

Pero el amor —según lo definen los novelistas de género masculino —¿y quién, después de todo, tiene mayor autoridad?— nada tiene que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesía. El amor es quitarse las enaguas y… Pero todos sabemos lo que es amor.

El yo (el espíritu humano).

💬 ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aun el biógrafo que registra la vida de tal hombre!

los que ejercen con más éxito el arte de vivir —gente muchas veces desconocida, dicho sea de paso— se ingenian de algún modo para sincronizar los sesenta o setenta tiempos distintos que laten simultáneamente en cada organismo normal, de suerte que al dar las once todos resuenan al unísono, y el presente no es una brusca interrupción ni se hunde en el pasado. De ellos es lícito decir que viven exactamente los sesenta y ocho o setenta y dos años que les adjudica su lápida. De los demás conocemos algunos que están muertos aunque caminen entre nosotros; otros que no han nacido todavía aunque ejerzan los actos de la vida; otros que tienen cientos de años y que se creen de treinta y seis. La verdadera duración de una vida, por más cosas que diga el Diccionario Biográfico Nacional, siempre es discutible. Porque es difícil esta cuenta del tiempo: nada la desordena más fácilmente que el contacto de cualquier arte, y quizá la poesía tuvo la culpa de que Orlando perdiera su lista de compras y regresara sin las sardinas, las sales para baño, o los zapatos. Ahora que estaba con la mano en la portezuela del coche, el presente la golpeó en la cabeza. La asaltó once veces seguidas.

Porque si hay (digamos) setenta y seis tiempos distintos que laten a la vez en el alma, ¿cuántas personas diferentes no habrá —el Cielo nos asista— que se alojan, en uno u otro tiempo, en cada espíritu humano? Algunos dicen que dos mil cincuenta y dos. De modo que es lo más natural que una persona diga, en cuanto se queda sola. ¿Orlando? (si tal es su nombre) significando con eso: «¡Ven, ven! Estoy harta de esta personalidad. Necesito otra»

Muy bien entonces —dijo Orlando, con el buen humor que practica la gente en esas ocasiones, y ensayó otro. Porque tenía muchos yo disponibles, muchos más que los que hemos podido encajar en este libro, ya que una biografía se considera completa si da cuenta de meramente seis o siete, mientras que una persona puede tener tranquilamente otros tantos miles.

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(*) Las citas corresponden, con mínimas excepciones, a la traduccion de Jorge Luis Borges de 1937.

Fuente