El 18 de octubre fuimos a Oviedo, invitados un año más por la Fundación Princesa de Asturias, a manteneun encuentro de clubes de lectura con John Banville y Leonardo Padura.
miércoles, 13 de noviembre de 2024
El secreto de Christine, de Benjamin Black
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John Banville, nacido el 8 de diciembre de 1945 en Wexford, Irlanda, es un aclamado novelista, dramaturgo y periodista, considerado uno de los autores más importantes de Irlanda. Es conocido por su prosa sofisticada, rica en detalles y estilísticamente densa, lo que lo ha convertido en una figura literaria destacada en el panorama de la narrativa contemporánea. A lo largo de su carrera, Banville ha explorado con profundidad temas como la identidad, la memoria y la naturaleza de la realidad, lo que le ha merecido comparaciones con escritores como Henry James, Vladimir Nabokov y Marcel Proust.
Primeros años y formación
Banville nació en una familia católica y estudió en el colegio Christian Brothers y en St. Peter’s College en Wexford. Antes de dedicarse plenamente a la escritura, Banville trabajó como editor en The Irish Press y más tarde en The Irish Times. Durante su tiempo en la prensa, fue desarrollando su estilo, que finalmente le llevó a publicar su primera novela en 1971.
Trayectoria literaria: de los inicios al reconocimiento
Su primera novela, Nightspawn (1971), es considerada una obra experimental y de corte filosófico que ya mostraba algunos de los temas recurrentes de su carrera, como la percepción distorsionada de la realidad y el conflicto interno de los personajes. A esta le siguió Birchwood (1973), una oscura pero lírica narración ambientada en una Irlanda distópica.
Banville alcanzó mayor reconocimiento con su trilogía científica, compuesta por Doctor Copernicus (1976), Kepler (1981) y The Newton Letter (1982). Estas novelas combinan la biografía novelada con la ficción, en las que Banville explora las vidas de grandes científicos y filósofos, examinando sus dudas, sus obsesiones y el conflicto entre la razón y la naturaleza humana. Doctor Copernicus ganó el Premio James Tait Black Memorial, lo que marcó el comienzo de una serie de elogios literarios.
Sin embargo, la consagración internacional de Banville vino con la publicación de The Book of Evidence (1989), que fue finalista para el Premio Booker y ganó el Premio Guinness Peat Aviation. Este libro es el primero de una trilogía sobre el antihéroe Freddie Montgomery, que continúa con Ghosts (1993) y Athena (1995). La trilogía examina la mente criminal y la distorsión de la verdad a través de una prosa de gran precisión y belleza.
El Premio Booker y The Sea (2005)
En 2005, Banville ganó el prestigioso Premio Booker por The Sea, una de sus obras más conocidas. La novela narra el regreso del protagonista, Max Morden, a un pueblo costero donde pasó su infancia tras la muerte de su esposa. El libro es una meditación sobre el duelo, la memoria y el paso del tiempo, y está escrito con un estilo lírico y evocador. El lenguaje de Banville en The Sea ha sido elogiado por su intensidad poética, algo que lo diferencia de muchos otros ganadores del Booker, ya que es más conocido por su estilo literario que por su narrativa accesible.
Otros premios obtenidos han sido el Franz Kafka en 201, el Irish PEN Award en 2013 por su contribución a la literatura irlandesa, o el Princesa de Asturias de las Letras en 2014.
Benjamin Black: su alter ego en la novela negra
En 2006, Banville decidió explorar otro género literario bajo el seudónimo de Benjamin Black. Con este nombre, comenzó a escribir novelas de crimen más accesibles, que aún contienen su sello distintivo en el uso del lenguaje. La primera de ellas, Christine Falls (2006), es una novela policíaca protagonizada por el patólogo Quirke y ambientada en el Dublín de los años 50. La serie de Quirke ha sido muy bien recibida y se ha convertido en una saga de éxito.
Aunque las novelas de Benjamin Black tienen un enfoque más narrativo y menos introspectivo que las de Banville, su incursión en el género de misterio no ha sacrificado su habilidad para crear atmósferas densas y personajes complejos. Según Banville, escribir como Benjamin Black le permite relajarse y disfrutar de un tipo de escritura más fluida y menos exigente en cuanto a la precisión estilística.
Estilo y temas recurrentes
Banville es conocido por su prosa detallada, su sensibilidad estética y su habilidad para jugar con la estructura de las novelas. Las críticas literarias a menudo destacan la calidad casi musical de su escritura, llena de metáforas complejas y una sintaxis elaborada. Muchos de sus libros tratan sobre la memoria y cómo esta es moldeada y distorsionada por el tiempo y el trauma. En este sentido, Banville suele explorar la naturaleza fragmentada del ser y la imposibilidad de alcanzar una verdad única sobre uno mismo o el mundo que nos rodea.
En entrevistas, Banville ha citado a autores como Samuel Beckett, James Joyce y Marcel Proust como influencias clave en su trabajo, especialmente en su enfoque sobre la forma y el lenguaje.
Fuente: The book prize foundation y The Irish Times
BANVILLE: "EN UN MUNDO DE CAOS, LA GENTE NECESITA NOVELAS DONDE TODO ENCAJE"
El prestigioso escritor irlandés John Banville ha adoptado el seudónimo de Benjamin Black para publicar El secreto de Christine, su primera novela negra.
Banville: "En un mundo de caos, la gente necesita novelas donde todo encaje"
Por Efe 12/07/2007
El prestigioso escritor irlandés John Banville ha adoptado el seudónimo de Benjamin Black para publicar El secreto de Christine, su primera novela negra, un género cuyo momento de auge atribuye a que "en un mundo de caos como el actual, la gente necesita historias en las que todo encaje". "Necesitaba un cambio y este fue el cambio más radical que fui capaz de hacer", confesó hoy Banville (Wexford, Irlanda, 1945) en una entrevista con EFE al explicar su incursión en el género policiaco, en el que el autor de novelas como El mar se ha introducido con otro nombre para informar a sus lectores de que ahora "quería hacer algo diferente".
El secreto de Christine, que ha publicado en castellano Alfaguara y de la que ya existe una edición en catalán realizada por Bromera, está firmada por Benjamin Black, pero en la propia portada del libro se advierte al lector de que detrás de este nombre está Banville, galardonado en 2005 con el premio Man Booker.
La acción de la novela se centra en la Irlanda de los años cincuenta, donde un atormentado forense aficionado al alcohol, el doctor Quirke, se enfrentará a una poderosa organización dedicada a exportar bebés huérfanos a EEUU para ponerlos al servicio de la iglesia y convertirlos de mayores en sacerdotes y monjas.
"Muchos grupos ocultan su deseo de poder diciendo que están obedeciendo la voluntad de Dios. Es fácil de hacer y se ha hecho a lo largo de la historia. Dios es el mejor pretexto de todos", afirmó Banville, autor de una serie de libros dedicados a los científicos y sus ideas.
El protagonista de El secreto de Christine, que es huérfano también él, se tendrá que enfrentar con influyentes miembros de su propia familia de adopción, que está dominada por los secretos y las mentiras. "La sociedad está construida en una hipocresía necesaria, porque no podemos vivir con verdades absolutas todo el tiempo", argumentó el escritor irlandés.
Sin crítica social
Pero no existe un afán de crítica social en esta historia. Su autor lo explica así: "Creo que a los novelistas en general lo que les interesa es escribir novelas. Somos de lo más egoístas, somos monstruos del egoísmo". Aunque Banville reconoce que "puede haber algo de cierto" en que recurrió a Benjamin Black para "escapar del monstruo del ego" que lleva dentro un escritor de éxito, en esa decisión también hubo razones literarias de peso, porque parecen dos escritores distintos.
"A Benjamin Black le gusta contar una historia y no le preocupa en exceso su estilo, algo que a John Banville, en cambio, sí le preocupa muchísimo", explicó el autor. También existen diferencias en la manera de trabajar. Banville escribe "muy despacio", entre 200 y 300 palabras al día; Black, "muy deprisa", de 2.000 a 3.000.
El secreto de Christine tiene su origen en un guión que el autor irlandés escribió para una miniserie de televisión que nunca llegó a realizarse. "Como no me gusta desperdiciar nada, decidí convertirlo en novela", explicó el escritor, quien se aficionó desde niño a la novela negra a través de las obras de Agatha Christie.
Su incursión en este género ha coincidido con un boom de la novela negra. Banville relaciona este fenómeno con el desorden del mundo actual, que, en su opinión, deriva de un error de cálculo cometido tras la Guerra Fría, cuando "creíamos que íbamos a iniciar un periodo de paz relativa, e ignorábamos la llegada de Al Qaeda".
Fuente: El Confidencial
miércoles, 15 de mayo de 2024
La última vez que fue ayer
Agustín Márquez: «Me atrevería a decir que leer es una forma de vivir»
10·06·19
Eric Gras – El Periódico
Meditarráneo
Narrada en primera persona, con un estilo directo y voluntariamente aséptico, dicen desde la editorial Candaya, La última vez que fue ayer tiene algo de crónica íntima de unos de esos barrios periféricos de nuestras ciudades, castigados por la miseria, el deterioro y la violencia. El autor de esta novela es Agustín Márquez. —Disculpa si soy demasiado directo, pero… ¿Cómo te has enfrentado a la escritura? No me refiero al enfrentarse a la página en blanco, sino al hecho de atreverse a «hacer literatura».—Nunca he tenido la sensación, o al menos no lo recuerdo, de tener que dar el paso de decidirme a escribir literatura. Hubo un momento, hace ya varios años, en el que empecé a escribir porque necesitaba plasmar ideas que tenía en la cabeza sobre el papel, porque por entonces escribía en papel. Por eso este atrevimiento ha sido algo espontáneo. Lo que sí me ha costado es hacerme a la idea de que al publicar iba a estar expuesto, y eso para mí ha sido complicado porque soy una persona bastante introvertida y además no me gusta hablar de mí, de hecho, en la novela, una de las primeras cosas que tenía clara es que la novela no iba a hablar sobre mí, no iba a ser una novela autobiográfica. —Lector, bloguero, editor y ahora autor. Eso sí es dedicación o vocación literaria, ¿no?—Creo que la verdadera vocación es la de lector, incluso me atrevería a decir que una forma de vida, no podría vivir sin libros, sin leer. Al final cada una de estas condiciones, la de lector, bloguero, editor y autor, cubren cierta necesidad en esta vida junto a los libros: uno lee porque a veces necesita escapar; crea un blog porque necesita hablar con los demás lectores sobre los libros que lee; edita porque quiere compartir con otros lectores libros y autores que considera que vale la pena ser leídos; y escribe porque necesita contar algo. —¿Qué ha supuesto ver publicada tu primera novela cuando normalmente estás al otro lado, en el de la lectura, análisis y valoración de un texto?—Lógicamente es una gran alegría, me siento muy afortunado de ver publicado un texto escrito por mí. Por otro lado me siento algo extraño, ya que, como decía antes, me cuesta hablar de mí, me cuesta aceptar algunos elogios, quizás porque siempre he estado más acostumbrado a recibir y aceptar críticas. Y por otra parte, es curioso ver tu libro junto a otros grandísimos escritores, porque uno no deja de ser un liliputino junto a gigantes. —Háblanos de La última vez que fue ayer—Como he comentado antes, cuando empecé a escribir la novela tenía dos cosas claras: no iba a hacer autoficción, es decir, no iba a hablar de mí; pero lo que tenía claro es que iba a situar la novela en algún espacio y un lugar que conociera, ya que de algún modo me iba a dar seguridad. Por tanto, de mí hay poco en la novela, casi nada; ahora bien, de mi barrio hay mucho. No hay ningún personaje que sea exactamente alguien de mi barrio, pero el espacio sí es muy similar al barrio en el que he crecido. -Una de las características que más me han impresionado de la novela es su planteamiento, alejado de la estructura clásica. A veces, me recordaba a la forma de escritura de un Pablo Gutiérrez, por ejemplo. ¿Qué aspectos te interesan más de la literatura como autor/escritor?—Me interesa la literatura que plantea preguntas, la que de alguna forma tiene cierto pacto social. No pretendo hacer literatura social, pero sí creo en la literatura que plantea cuestiones sobre lo que nos ocurre como seres humanos que viven en sociedad. —Antes de que la novela haya llegado a muchas librerías, se ha anunciado ya una segunda edición. No es éste un dato baladí. Sabiendo que tu respuesta será «no», debo preguntar: ¿Podrías haber imaginado que algo así llegara a suceder?—Pues, como dices, desde luego que no lo esperaba, de hecho, todavía no me lo creo. Lo único que puedo decir y que quiero decir en voz alta es que estoy muy agradecido a todas las personas que han creído y creen en este libro, puesto que si esto ha ocurrido es por las personas que han confiado en él. —¿Qué ha supuesto que una editorial como Candaya confiara en tu novela y decidiera publicarla?—Al principio pensé que era un lujo que una editorial como Candaya, que hoy en día tiene un catálogo de autores en lengua castellana envidiable, fuese a publicar la novela. Pero a medida que iba comentando a las personas que iba a publicar mi novela Candaya me decían: "Si la publica Candaya seguro que es buena". Así que llegó un momento en el que ya no pensaba que era un lujo que Candaya publicase la novela, sino que era un honor, porque está claro que hoy en día Candaya tiene un prestigio que, viéndolo como editor, es dificilísimo conseguir, de hecho, es a lo que toda editorial aspira, a tener un prestigio gracias al cual los lectores confían en lo que publicas. No lo he dicho antes, pero está clarísimo que el hecho de que la novela vaya por la segunda edición es culpa de Candaya. Además, trabajar con la familia Candaya, porque son una familia, es muy fácil, son unos grandes profesionales y unas magníficas personas. Poder compaginarlo con mi trabajo y La Najava Suiza es mérito de mi pareja sobre todo; y por supuesto, también es gracias a Bárbara y Pedro, que son las otras dos patas de La Navaja Suiza. De momento, mientras ellos me aguanten, podré seguir compaginándolo. -Luis Rodríguez, lector, escritor y amigo, siempre me insta a que pregunte a mis entrevistados qué están leyendo en el momento de hacerles la entrevista. Así pues, ¿qué está leyendo Agustín Márquez? ¿Qué nos recomendarías?—Ahora mismo estoy leyendo un par de libros. La llama, de Arturo Barea, el tercer libro de la trilogía de La forja de un rebelde, y del que creo que no hace falta decir demasiado; por otro lado estoy releyendo el libro de relatos de Eduardo Ruiz Sosa, Cuántos de los tuyos han muerto. A Eduardo posiblemente muchas personas le conocen por la novela Anatomía de la memoria, una novela que, en mi modesta opinión, podría formar parte del catálogo de cualquier editorial, pero está en Candaya, ¡por algo será! Del libro de relatos de Eduardo me interesan mucho más allá de las historias, el estilo y el ritmo de los relatos. Bien, hay un tercer libro, pero tampoco quería hacer publicidad gratuita, estoy releyendo el próximo libro que publicamos en breve en La Navaja Suiza, Rey de gatos, de Concha Alós, un libro de relatos que la autora escribió en 1972 y cuyo estilo es muy cercano a los de Mariana Enríquez.
Agustín Márquez. Aquel olor olvidado, por Óscar Brox
4 septiembre, 2019 por Óscar Brox
En paralelo a la explotación comercial de la nostalgia, de la EGB, de las J’Hayber o de los chicles Boomer, queda ese poso de amargura, también llamado madurez, que se esfuerza en pensar el pasado sin tenerlo por una arcadia irrecuperable. La gentrificación existía en los 80 (y a finales de los 70, también) y su velocidad de transformación ha erosionado tanto lo material como, sobre todo, lo sentimental. Adiós a barrios, edificios y comercios, carreteras que necesitan asfalto y extrarradios que parecen planetas a años luz del centro de la ciudad. Hola a la comodidad, a las plantillas urbanas que reproducen un modelo mientras desdibujan los rasgos de pertenencia a un lugar. Tus vecinos ahuecan el ala y tú ya te has olvidado de cuándo y, fundamentalmente, de por qué lo hiciste. Así que regresas, un poco como un turista, para ver lo que se cuece entre fincas destartaladas, obras congeladas y rostros deprimidos que fantasean con todos esos futuros que el tiempo se ha encargado de cancelar.
Para Agustín Márquez el barrio es un conglomerado de rostros, voces y gestos, de rutinas empastadas entre fincas feas y vidas tristes. Un barrio de letras, como las de los chicos que van de la A a la D; o las de ese sonido, clic-clac, que acompaña al encendedor. Un barrio que, a ratos, se lee a toda velocidad, cada vez que su autor embiste, desde la escritura, los recuerdos de un pasado casi perdido, y que también encalla cuando toca detenerse en las heridas de sus protagonistas. En los accidentes y los suicidios, en la búsqueda de una causa y, en fin, en la necesidad de un motivo. Porque el tiempo pasa, más aún en una narración breve, y nos deja con la sensación de hacernos mayores sin saber el porqué.
Uno de los aspectos que destaca en La última vez que fue ayer es ese ritmo incesante, a través de juegos de lenguaje y de un estilo veloz, que prácticamente nos precipita de una acción a la siguiente. Quizá es porque imaginamos la memoria como una biblioteca compacta de hechos y fechas y, sin embargo, la realidad es que se trata de un trastero destartalado en el que lo que sucedió antes de ayer brilla tanto o tan poco como lo de hace quince años. Sin jerarquía. Sin control. Quizá, también, porque Márquez hace con ese barrio, con aquellas vivencias pasadas, lo que un cineasta con un travelling, acompañando y coloreando cada anécdota con el matiz requerido para que no se olvide, dejando que el choque, casi el atropello, entre tantas voces construya el tapiz de un tiempo perdido. De una época de hermanos mayores y amigos del alma, de pandillas que aún no se han descompuesto y familias en proceso de desarticulación, de vecinos extraños y profesores gilipollas, en la que te sabes hasta el nombre del quiosquero y caminar en cualquier dirección augura un trayecto tan largo como de aquí a China.
Y eso que el de esta novela es paradójicamente corto, apenas unos años que acompañan el dolor por el hermano muerto y la necesidad de expresarlo de alguna manera cuando la realidad se empeña en dictar que todo cambia, que nada permanece. Que hasta el olor se disipa como el humo y solo queda el dolor, esta vez físico, de unas axilas llenas de ampollas de tanto desodorante que has gastado. Que la tristeza también puede ser, pese a todo, tragicomedia, y que bajo el asfalto yacen los que ya no están. Esos cuyos gestos, cuya añoranza, cuya melancolía prematura, intentamos trazar en lo poco que de familiar queda en el barrio.
No creo que La última vez que fue ayer trate sobre la necesidad de recordar, porque al fin y al cabo todos lo hacemos de alguna manera; sí, en cambio, creo que narra su importancia, casi su anhelo. Los 80 pueden ser los de Parchís o los de la explosión del caballo, la década prodigiosa para los nostálgicos más babosos o aquel tiempo incierto en el que una reformada democracia trataba de dar sus segundos balbuceos. Creo que Agustín Márquez es consciente de esta disyuntiva y sabe fintar las numerosas cucharadas de cultura popular momificada para afear lo bonito y embellecer lo feo, que en cierto modo es lo que todos hacemos con nuestras memorias. De ahí que su visión de un barrio en plena descomposición emocione en sus pequeños gestos, en esos rasgos personales que conceden viveza a un retrato acelerado de un pasado muerto. De ahí que sus personajes, que cualquiera diría esquemáticos, desplieguen un abanico de historias, anécdotas y cosas reales que reconectan con eso que pensábamos cuando vivir y morir no tenían una importancia especial. O, mejor dicho, cuando nos empezábamos a percatar de la importancia especial de todo eso.
A menudo se dice de Patrick Modiano que se dedica a excavar literariamente en los barrios de París en busca de esas voces fantasmales de su vida. Para describir la novela de Márquez se podría utilizar una fórmula parecida, acaso con mayor acento crítico con las formas con las que se ha gestionado el paso del tiempo. Si hay tanta velocidad en las palabras de La última vez que fue ayer es, precisamente, porque uno teme que en cualquier momento dejen de importarnos, como tantas otras cosas del pasado; que se conviertan en objetos o en sucursales gentrificadas de alguna marca de alimentación. En cualquier cosa menos en lo que fueron. Y, al final, lo único que piden, más que compasión, es que alguien las escuche. Antes de que venga alguien y les quite la importancia que merecen. Esa poca vida que la escritura se ha encargado de devolverles.
Fuente: Detour










